Manhattan (ídem, 1979) de Woody Allen.

“Cien veces he pensado que Nueva York es una catástrofe, y cincuenta veces que es una hermosa catástrofe”.
(Le Corbusier)

Isaac Davis (Woody Allen), guionista de gags para la televisión que ya pasa de los cuarenta, sale con una adolescente (Mariel Hemingway) y mantiene una difícil relación con su ex esposa lesbiana (Meryl Streep), quien está a punto de publicar un libro donde detalla algunas intimidades referidas a su fracasado matrimonio. Además, se enamora de Mary (Diane Keaton), la amante pseudointelectual de su mejor amigo (Michael Murphy).


“Capítulo Primero. Él adoraba Nueva York, la idolatraba de un modo desproporcionado…”. Con esta declaración de amor sin condiciones a Nueva York comienza Manhattan, al mismo tiempo que una sucesión de imágenes, bellamente fotografiadas en blanco y negro por Gordon Willis, muestra algunos de los rincones más reconocibles de la metrópoli estadounidense. La película que nos ocupa es, qué duda cabe, uno de los trabajos más satisfactorios de su autor, que compone un delicioso y romántico poema dedicado a su querida ciudad natal. 


Manhattan es una obra divertida, inteligente, sarcástica, tierna, amarga. Un filme que ahonda en las complejas relaciones de pareja bajo las luces de Broadway y a la sombra del puente de Queensboro. Allen escribe unos diálogos memorables acerca de la vida, el amor, el sexo o el arte. La maravillosa música de George Gershwin acompaña las idas y venidas sentimentales de unos personajes que no saben lo que quieren. La neurosis de la gran urbe de cemento ha terminado por convertir sus vidas en un caos emocional indescifrable. Ahí está Isaac Davis (genial composición del propio Allen), judío de mediana edad que odia su trabajo y ha dejado de tener fe en las personas que lo rodean. Su segunda esposa lo abandonó por otra mujer, tiene una relación erótico-festiva con una chica de diecisiete años y ahora se enamora de la amante de su mejor/único amigo, que, para colmo de males, resulta ser una esnob engreída incapaz de apreciar el cine de su admirado Ingmar Bergman (“Si llega a decir algo más sobre Ingmar Bergman le saco de un puñetazo las lentes de contacto”). Está claro que lo suyo no es encontrar la felicidad al lado de una mujer. Menos mal que siempre quedará París, o como él mismo dice: “Groucho Marx, Jimmy Connors, el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter, Louis Armstrong y su grabación Potato Head Blues, algunas películas suecas, La educación sentimental de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las increíbles manzanas y peras de Cézanne, los mariscos de Sam Wo´s, el rostro de Tracy…”.


Al margen de la ya mítica postal de Allen y Keaton sentados en un banco al amanecer frente al puente de Queensboro, la cual se utilizó en el cartel original de la película, en Manhattan hallamos otros momentos igualmente grandiosos, como el mágico paseo de ambos por el interior del planetario o la regañiña de Isaac a su amigo Yale en un aula, junto al que parece ser el esqueleto de un Australopithecus boisei. Desde luego, ¡qué poco hemos evolucionado!


Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951) de Albert Lewin.

“Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?”
(Fernando Pessoa)

Pandora Reynolds (Ava Gardner) es una mujer de arrebatadora belleza que enamora a todos los hombres que la rodean, conduciéndolos a la destrucción; sin embargo, ella parece incapaz de corresponder a ninguno, hasta que conoce a Hendrik van der Zee (James Mason), un misterioso marinero holandés que oculta un terrible secreto.


Exquisita fantasía romántica que mezcla con acierto la mitología griega, la leyenda del holandés errante y el folclore español. Desdeñada en la época de su estreno por sus pretensiones, Pandora and the Flying Dutchman constituye el que probablemente sea el mejor y más personal trabajo de Albert Lewin, director que siempre dotó a sus películas de una fuerte carga literaria. El filme, que se ubica en una población ficticia del mediterráneo español a la que se denomina Esperanza, fue rodado en la pequeña localidad gerundense de Tossa de Mar.



La obra se inicia con el hallazgo por parte de unos pescadores de los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer. Mediante una serie de flashbacks narrados por el personaje de Harold Warrender, un arqueólogo llamado Geoffrey, se nos cuenta la historia de Pandora Reynolds, hermosa cantante norteamericana, y su encuentro con Hendrik van der Zee, quien resulta ser el mismísimo holandés errante en persona. Como vemos, la película funde el mito clásico de Pandora, la Eva griega cuya curiosidad destapó la caja que encerraba los males del mundo, con la leyenda popular centroeuropea del holandés errante, marinero que fue condenado a vagar eternamente por los océanos a bordo de un barco fantasma. Partiendo de ese planteamiento inverosímil, casi demencial, Lewin consigue crear uno de los melodramas amorosos más fascinantes, febriles y apasionados de la historia del cine. Un filme que nos habla del amor y de su capacidad para redimir nuestros pecados. Una obra que sorprende por su original argumento, su enorme calidad literaria y su elegancia formal (bellísima envoltura la que le confiere la fotografía en Tecnicolor de Jack Cardiff).


El conjunto ofrece momentos difíciles de olvidar, como el primer encuentro entre Pandora y Hendrik a bordo del lujoso yate de éste, o el shakesperiano flashback que nos retrotrae al siglo XVII para asistir al origen de la maldición que lo atormenta. Lástima que el interés decaiga, aunque sólo sea en parte, con la aparición del personaje de Mario Cabré, actor español que interpreta al engreído matador de toros Juan Montalvo. Ojo a su inglés.

Ava Gardner nunca estuvo tan guapa como aquí (el rodaje de esta película supuso el inicio de su idilio con España y con el mundillo taurino), mientras que James Mason vuelve a demostrar que han existido pocos actores más refinados y con una voz más perfecta que la suya.

Pandora y el holandés errante, una película a redescubrir.


Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012) de Derek Cianfrance.

“El cielo gobierna los acontecimientos del mundo sin ser visto; esta acción oculta del cielo es lo que se llama el destino”.
(Confucio)

Luke (Ryan Gosling) es un motorista especializado en acrobacias que trabaja en un espectáculo de feria. Cuando descubre que su antigua novia, Romina (Eva Mendes), ha tenido un hijo suyo, decide abandonar ese modo de vida para intentar establecerse como mecánico en un taller. Sin embargo, la necesidad económica lo empuja a convertirse en un hábil atracador de bancos.


Hay encuentros que determinan nuestro futuro y otros que nos abren la puerta del pasado. Derek Cianfrance sorprendió a muchos (a mí me decepcionó) con Blue Valentine (2010), melodrama romántico que retrataba la progresiva decadencia de una relación de pareja formada por Ryan Gosling y Michelle Williams, y que supuso su debut tras las cámaras. Ahora, el director estadounidense vuelve a la actualidad con el estreno de The Place Beyond the Pines, un ambicioso drama criminal y familiar que constituye un paso adelante en su carrera como cineasta de talento a seguir. Es un trabajo desigual, complejo e imperfecto. Quizá excesivo, pero tremendamente interesante.


La película se estructura en tres partes de unos cuarenta y cinco minutos de duración cada una, siendo la última de ellas la que tiene menos fuerza. En la primera, que se abre con un impresionante plano secuencia, se sigue la complicada relación que el motorista Luke mantiene con la que había sido su novia. Ryang Gosling interpreta de nuevo a un tipo de pasado oscuro y carácter impulsivo, como ya hiciera en Drive, aunque aquí cambia el coche por la moto. Pese a que vuelve a salir airoso, el actor canadiense corre el riesgo de encasillarse en su rol de antihéroe lacónico si no lo abandona con prontitud. Su encuentro con el agente de policía novato al que compone un estupendo Bradley Cooper, sirve como punto de partida para el inicio del segundo acto del filme, el mejor en opinión de quien suscribe estas líneas. En este tramo, el personaje de Cooper deberá hacer frente a sus remordimientos y a la corrupción de un cuerpo de policía totalmente viciado, encabezado por Ray Liotta (otro que casi siempre interpreta el mismo papel). La última parte de la película tiene lugar quince años más tarde, y está protagonizada por los hijos de los personajes de Gosling y Cooper (Dane DeHaan y Emory Cohen respectivamente), que se conocen y hacen amigos en el instituto. Así, el círculo queda cerrado. La relación de ambos está condenada de antemano por lo sucedido tiempo atrás entre sus progenitores, que, como ellos, constituían las dos caras de una misma moneda.


El filme posee una factura visual impecable, sólidas interpretaciones y un buen pulso narrativo. En su debe, señalar que le sobra algo de metraje (ciento cuarenta minutos son demasiados) y que su ambiciosa estructura tripartita le resta cohesión dramática. De todos modos, su calidad se sitúa bastante por encima de la media, erigiéndose como una de las producciones más atractivas llegadas este año desde el otro lado del Atlántico.


Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) de Michael Powell y Emeric Pressburger.

“El arte no es algo que se pueda tomar y dejar. Es necesario para vivir”.
 (Oscar Wilde)

Victoria Page (Moira Shearer) es una talentosa bailarina que entra a formar parte de una gran compañía de ballet dirigida por Boris Lermontov (Anton Walbrook), un empresario exigente y apasionado de la danza. Allí conoce a Julian Craster (Marius Goring), el joven compositor del que se enamora, y que concibe para ella la música del ballet Las zapatillas rojas, inspirado en el cuento de hadas clásico de Hans Christian Andersen. Ante los celos que esta relación provoca en Boris, pronto Victoria se verá obligada a elegir entre su amor por el arte o su amor por Julian.


“Hubo una vez una niñita que era muy pequeña y delicada, pero que a pesar de todo tenía que andar siempre descalza, al menos en verano, por su extrema pobreza. Para el invierno sólo tenía un par de zuecos que le dejaban los tobillos terriblemente lastimados. En el centro de la aldea vivía una anciana zapatera que hizo un par de zapatitos con unos retazos de tela roja. Los zapatos resultaron un tanto desmañados, pero hechos con la mejor intención para Karen, que así se llamaba la niña. La mujer le regaló el par de zapatos, que Karen estrenó el día en que enterraron a su madre. Ciertamente los zapatos no eran de luto, pero ella no tenía otros, de modo que Karen marchó detrás del pobre ataúd de pino así, con los zapatos rojos, y sin medias. Precisamente acertó a pasar por el camino del cortejo un grande y viejo coche, en cuyo interior iba sentada una anciana señora. Al ver a la niñita, la señora sintió mucha pena por ella, y dijo al sacerdote:

-Deme usted a esa niña para que me la lleve y la cuide con todo cariño.



Karen pensó que todo era por los zapatos rojos, pero a la señora le parecieron horribles, y los hizo quemar. La niña fue vestida pulcramente, y tuvo que aprender a leer y coser. La gente decía que era linda, pero el espejo añadía más: ‘Tú eres más que linda. ¡Eres encantadora!’

Por ese tiempo la Reina estaba haciendo un viaje por el país, llevando consigo a su hijita la Princesa. La gente, y Karen entre ella, se congregó ante el palacio donde ambas se alojaban, para tratar de verlas. La princesita salió a un balcón, sin séquito que la acompañara ni corona de oro, pero ataviada enteramente de blanco y con un par de hermosos zapatos de marroquí rojo. Un par de zapatos que eran realmente la cosa más distinta de aquellos que la pobre zapatera había confeccionado para Karen. Nada en el mundo podía compararse con aquellos zapatitos rojos.

Llegó el tiempo en que Karen tuvo edad para recibir el sacramento de la confirmación. Le hicieron un vestido nuevo y necesitaba un nuevo par de zapatos. El zapatero de lujo que había en la ciudad fue encargado de tomarle la medida de sus piececitos. El establecimiento estaba lleno de cajas de vidrio que contenían los más preciosos y relucientes zapatos, pero la anciana señora no tenía muy bien la vista, de modo que no halló nada de interés en ellos. Entre las demás mercaderías había también un par de zapatos rojos como los que usaba la Princesa. ¡Qué bonitos eran! El zapatero les dijo que habían sido hechos para la hija de un conde, pero que le resultaban ajustados.

-¡Cómo brillan! -comentó la señora-. Supongo que serán de charol.

-Sí que brillan y mucho -aprobó Karen, que estaba probándoselos-. Le venían a la medida, y los compraron, pero la anciana no tenía la menor idea de que eran rojos, o de lo contrario nunca habría permitido a Karen usarlos el día de su confirmación.

Todo el mundo le miraba los pies a la niña, y en el momento de entrar en la iglesia aún le parecía a ella que hasta los viejos cuadros que adornaban la sacristía, retratos de los párrocos muertos y desaparecidos, con largos ropajes negros, tenían los ojos fijos en los rojos zapatos de Karen. Ésta no pensaba en otra cosa cuando el sacerdote extendió las manos sobre ella, ni cuando le habló del santo bautismo, la alianza con Dios, y dijo que desde ahora Karen sería ya una cristiana enteramente responsable. Respondieron las solemnes notas del órgano, los niños cantaron con sus voces más dulces, y también cantó el viejo preceptor, pero Karen sólo pensaba en sus zapatos rojos.

Al llegar la tarde ya la señora había oído decir en todas partes que los zapatos eran rojos, lo cual le pareció inconveniente y poco decoroso para la ocasión. Resolvió que en adelante cada vez que Karen fuera a la iglesia llevaría zapatos negros, aunque fueran viejos. Pero el domingo siguiente, fecha en que debía recibir su primera comunión, la niña contempló sus zapatos rojos y luego los negros... Miró otra vez los rojos, y por último se los puso.

Era un hermoso día de sol. Karen y la anciana señora tenían que pasar a través de un campo de trigo, por ser un sendero bastante polvoriento. Junto a la puerta de la iglesia había un soldado viejo con una muleta; tenía una extraña y larga barba de singular entonación rojiza, y se inclinó casi hasta el suelo al preguntar a la dama si le permitía sacudir el polvo de sus zapatos. La niña extendió también su piececito.

-¡Vaya! ¡Qué hermosos zapatos de baile! -exclamó el soldado-. Procura que no se te suelten cuando dances. -Y al decir esto tocó las suelas de los zapatos con la mano-.



La anciana dio al soldado una moneda de cobre y entró en la iglesia acompañada por Karen. Toda la gente, y también las imágenes, miraban los zapatos rojos de la niña. Cuando Karen se arrodilló ante el altar en el momento más solemne, sólo pensaba en sus zapatos rojos, que parecían estar flotando ante su vista. Olvidó unirse al himno de acción de gracias, olvidó el rezo del Padrenuestro.

Finalmente la concurrencia salió del templo y la anciana se dirigió a su coche. Karen levantó el pie para subir también al carruaje, y en ese momento el soldado, que estaba de pie tras ella, dijo:

-¡Lindos zapatos de baile!

Sin poder impedirlo, Karen dio unos saltos de danza, y una vez empezado el movimiento siguió bailando involuntariamente, llevada por sus pies. Era como si los zapatos tuvieran algún poder por sí solos. Siguió bailando alrededor de la iglesia, sin lograr contenerse. El cochero tuvo que correr tras ella, sujetarla y llevarla al coche, pero los pies continuaban danzando, tanto que golpearon horriblemente a la pobre señora. Por último, Karen se quitó los zapatos, lo cual permitió un poco de alivio a sus miembros.

Al llegar a la casa, la señora guardó los zapatos en un armario, pero no sin que Karen pudiera privarse de ir a contemplarlos.

Por aquellos días la anciana cayó enferma de gravedad. Era necesario atenderla y cuidarla mucho, y no había nadie más próxima que Karen para hacerlo. Pero en la ciudad se daba un gran baile, y la muchacha estaba también invitada. Miró a su protectora, y se dijo que después de todo la pobre no podría vivir. Miró luego sus zapatos rojos y resolvió que no habría ningún mal en asistir a la fiesta. Se calzó, pues, los zapatos, se fue al baile y empezó a danzar. Pero cuando quiso bailar hacia el fondo de la sala, los zapatos la llevaron hacia la puerta, y luego escaleras abajo, y por las calles, y más allá de los muros de la ciudad. Siguió bailando y alejándose cada vez más sin poder contenerse, hasta llegar al bosque. Al alzar la cabeza distinguió algo que se destacaba en la oscuridad, entre los árboles, y le pareció que era la luna; pero no; era un rostro, el del viejo soldado de la barba roja. El soldado meneó la cabeza en señal de aprobación y dijo:

-¡Qué lindos zapatos de baile!

Aquello infundió a la niña un miedo terrible; quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos, pero era imposible: los tenía como adheridos a los pies. Cuanto más danzaba más tenía que bailar, por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche, pero por la noche aquello era terrible.



Entró bailando por las puertas del cementerio, pero los muertos no la acompañaron en su danza: tenían otra cosa mejor que hacer. Trató de sentarse sobre la tumba de un mendigo, sobre la cual crecía el amargo ajenjo, pero no había descanso posible para ella. Y cuando se acercó, bailando, al portal de la iglesia, vio a un ángel de pie junto a la puerta, con larga túnica blanca y alas que llegaban de los hombros al suelo. El rostro del ángel mostrábase grave y sombrío, y su mano sostenía una espada.

-Tendrás que bailar -le dijo-. Tendrás que bailar con tus zapatos rojos hasta que estés pálida y fría, y la piel se te arrugue, y te conviertas en un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta, y allí donde encuentres niños orgullosos y vanidosos llamarás para que te vean y tiemblen. Sí, tendrás que bailar...

-¡Piedad! -gritó Karen, pero no alcanzó a oír la respuesta del ángel, porque los zapatos la habían llevado ya hacia los campos, por los caminos y senderos. Y sin cesar seguía bailando.

Cierta mañana pasó danzando ante una puerta que ella conocía muy bien. Del interior procedía un rumor de plegarias, y salió un cortejo portador de un ataúd cubierto de flores. Y Karen supo así que la anciana señora había muerto, y se sintió desamparada por todo el mundo, maldita hasta por los santos ángeles de Dios.

Siguió, siguió danzando. Tenía que bailar, aun en las noches más oscuras. Los zapatos la llevaban sobre zarzas y rastrojos hasta dejarle los pies desgarrados, sangrantes. Más allá de los matorrales llegó a una casita solitaria, donde ella sabía que vivía el verdugo. Golpeó con los dedos en el cristal de la ventana y llamó:

-¡Ven! ¡Ven! ¡Yo no puedo entrar, estoy bailando!

-¿Acaso no sabes quién soy yo? -respondió el verdugo-. Yo soy el que le corta la cabeza a la gente mala. ¡Y mira! ¡Mi hacha está temblando!

-¡No me cortes la cabeza -rogó Karen-, pues entonces nunca podría arrepentirme de mis pecados!

Pero, por favor, ¡córtame los pies, con los zapatos rojos!

Le explicó todo lo ocurrido, y el verdugo le cortó los pies con los zapatos, pero estos siguieron bailando con los piececitos dentro, y se alejaron hasta perderse en las profundidades del bosque.

Luego el verdugo le hizo un par de pies de madera y dos muletas, y le enseñó un himno que solían entonar los criminales arrepentidos. Ella le besó la mano que había manejado el hacha, y se alejó por entre los matorrales.

'Ya he padecido bastante con estos zapatos -se dijo-. Ahora iré a la iglesia, para que todos puedan verme'.
Y se dirigió tan rápidamente como pudo a la puerta del templo. Al llegar allí vio a los zapatos que bailaban ante ella, y aquello le dio tanto terror que se volvió a su casa. 

Toda la semana estuvo muy triste, derramando lágrimas amargas, pero al llegar el domingo se dijo:

'Ahora sí que ya he sufrido bastante. Me parece que estoy a la par de muchos que entran en la iglesia con la cabeza alta'. 

Salió a la calle sin vacilar más, pero apenas había pasado de la puerta volvió a ver los zapatos rojos bailando ante ella. Se sintió más aterrorizada que nunca, y volvió la espalda, pero esta vez con verdadero arrepentimiento en el corazón.

Se dirigió entonces a la casa del párroco y suplicó que la tomaran a su servicio, prometiendo trabajar cuanto pudiera, sin reclamar otra cosa que un techo y el privilegio de vivir entre gente bondadosa. La esposa del sacristán tenía buenos sentimientos, se compadeció y habló por ella al párroco. Karen demostró ser muy industriosa e inteligente, y se hizo querer por todos, pero cuando oía a las niñas hablar de lujos y vestidos, y pretender ser lindas como reinas, meneaba la cabeza.

El domingo siguiente fueron todos al templo, y preguntaron a Karen si quería ir con ellos. Pero Karen miró sus muletas tristemente y con lágrimas en los ojos. Y se fueron sin ella a la iglesia, mientras la niña se quedó sentada sola en su pequeña habitación, donde no cabía más que una cama y una silla. Estaba leyendo en su libro de oraciones, con humildad de corazón, cuando oyó las notas del órgano que el viento traía desde la iglesia. Levantó su rostro cubierto de lágrimas y dijo: '¡Oh, Dios, ayúdame!' 

En ese momento el sol brilló alrededor de ella, y el ángel de túnica blanca que ella viera aquella noche a la puerta del templo se presentó de pie ante sus ojos. Ya no tenía en la mano la espada, sino una hermosa rama verde cuajada de rosas. Con esa rama tocó el techo, y éste se levantó hasta gran altura, y en cualquier otra parte que tocaba la rama aparecía una estrella de oro. Al tocar el ángel las paredes, el ámbito de la habitación se ensanchó, y en su interior resonaron las notas del órgano, y Karen vio las imágenes en sus hornacinas. Toda la congregación estaba en sus bancos, cantando en voz alta, y la misma Karen se encontró a sí misma en uno de los asientos, al lado de otras personas de la parroquia. Cuando acabó el himno, todos volvieron la vista hacia ella y dijeron: '¡Qué alegría verte de nuevo entre nosotros después de tanto tiempo, pequeña Karen!'

-Todo ha sido por la misericordia de Dios -respondió ella-. El órgano resonó de nuevo y las voces de los niños le hicieron eco dulcemente en el coro. La cálida luz del sol penetró a raudales por las ventanas y fue a iluminar plenamente el sitio donde estaba sentada Karen. Y el corazón de la niña se colmó tanto de sol, de luz y de alegría, que acabó por romperse. Su alma voló en la luz hacia el cielo, y ninguno de los presentes hizo siquiera una pregunta acerca de los zapatos rojos”.
(Las zapatillas rojas, 1845).


Hans Christian Andersen (1805-1875).

Si el cine es sueño, o simplemente magia, The Red Shoes debe ser considerada como uno de los máximos exponentes del arte cinematográfico. Nunca una película sobre el mundo del ballet llegó tan lejos en su asombrosa mezcla de melodrama romántico, musical y fantasía. El filme supuso la culminación artística del fascinante binomio que entre 1942 y 1957 conformaron los realizadores Michael Powell y Emeric Pressburger (Vida y muerte del Coronel Blimp, Narciso negro, Un cuento de Canterbury, A vida o muerte, Los cuentos de Hoffmann…). Su influencia en los musicales que Hollywood concibió durante la década de los cincuenta (Un americano en París, Melodías de Broadway, Cantando bajo la lluvia) y en otras obras posteriores de temática similar (desde Candilejas, de Charles Chaplin, hasta Cisne negro, de Darren Aronofsky) ha resultado indiscutible, consagrándose como uno de los grandes clásicos del cine británico de todos los tiempos. En una ocasión, el director Martin Scorsese afirmó sobre ella: “Es la película que llevo en mi corazón. Continúa dándome la energía para seguir adelante”.


Las zapatillas rojas se erige a partir de una puesta en escena colorista y de imaginación desbordante. No sólo de las escenas de danza, auténtica poesía en movimiento, emana una belleza subyugadora, sino que todo el filme, en su conjunto, posee una singular capacidad hipnótica. La fotografía en glorioso Tecnicolor de Jack Cardiff es extraordinaria, al igual que la dirección artística a cargo de Arthur Lawson. No menos destacable es la música de Brian Easdale, que incluye el hermoso ballet que da título a la cinta. Pero nada de esto hubiera funcionado de no ser por la mágica presencia de Moira Shearer, cuyo personaje, entre tierno y apasionado, une su trágico destino al de la protagonista del cuento de Andersen. A su lado también brilla Anton Walbrook, qué gran actor, como el mefistofélico y refinado director de la compañía que pretende hacer inmortal a su primera bailarina. Menor atractivo desprende el trabajo de Marius Goring, el tercero en discordia. La portentosa secuencia del ballet, de unos quince minutos de duración, fue coreografiada por Robert Helpmann, quien en la película asume el papel del bailarín Iván Boleslawsky. Esta secuencia, sublime combinación de música, color, fantasía y movimiento, resume el argumento del cuento y constituye el momento cumbre de la obra que nos ocupa. Simplemente maravillosa. 


Para concluir la reseña, expongo una posible interpretación muy personal. Al principio del filme, un grupo de estudiantes, entre los que se encuentra el joven compositor Julian Craster, “asalta” un teatro en el que va a tener lugar una representación del ballet Lermontov. Al mismo tiempo que sus compañeros de butacas discuten acerca de lo que van a ver, observamos cómo Julian da una leve cabezada mientras comienza la función. Al despertar, advierte que la música que está escuchando es una composición propia que su profesor parece haberle copiado. La cuestión es la siguiente: ¿Y si todo lo que vemos a continuación fuese sólo un sueño de Julian? Eso explicaría la atmósfera onírica que envuelve a buena parte de la película. En ese caso, bendita ensoñación.

Las zapatillas rojas, obra maestra de imprescindible visionado.


El apartamento (The Apartment, 1960) de Billy Wilder.

"¿Cuántos días son necesarios para desintoxicarse uno de la persona amada? Tendría que inventarse una sonda para lavar el corazón".

Con el objetivo de conseguir un ascenso, C. C. Baxter (Jack Lemmon), humilde oficinista de una gran compañía de seguros, presta ocasionalmente su pequeño apartamento a sus superiores para que estos se encuentren allí con sus amantes. La situación cambia cuando descubre que Fran Kubelik (Shirley MacLaine), la ascensorista de la que está enamorado, mantiene una relación con el señor Sheldrake (Fred MacMurray), su jefe.


Excelente comedia dramática (en realidad podríamos hablar de un drama amoroso apenas disimulado) que supone uno de los trabajos más reconocidos del gran Billy Wilder. De nuevo en colaboración con el guionista IAL Diamond, el autor de Con faldas y a lo loco elabora una mordaz sátira social que pone de manifiesto la frivolidad imperante en las relaciones sentimentales entre adultos. Temas como la infidelidad, el desengaño, las jerarquías sociales, la ambición o el servilismo, son tratados por el director de origen austríaco sin tapujos y al amparo de su brillante sentido del humor. La cinta se alzó con cinco Premios Óscar en el año 1960: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión Original, Mejor Montaje y  Mejor Dirección Artística.


El filme se inicia con la voz en off de Jack Lemmon introduciendo a su personaje, un pringado que sólo ve posible ascender en su empresa utilizando el apartamento en el que vive de alquiler como picadero ocasional para sus lujuriosos mandamases. Wilder muestra la homogeneización a la que el capitalismo arrastra al individuo mediante la filmación de la entrada masiva de los trabajadores en el edificio de la empresa, así como con unos espectaculares planos generales del interior de las oficinas donde destaca el uso de la profundidad de campo (magnífica fotografía en blanco y negro de Joseph LaShelle). Advertimos que C. C. Baxter no es más que una simple pieza dentro del enorme engranaje que constituye la compañía aseguradora para la que trabaja. ¿Cómo destacar entre tantos cuando no se tiene ningún talento especial? Pues como se ha hecho toda la vida: haciéndole la pelota a los jefes. Y nada mejor para ello que ser partícipe de sus engaños e infidelidades. Hasta ahí todo bien. El problema viene cuando uno de esos jefes, el que más manda en concreto, te pide las llaves de tu apartamento para acostarse con la chica de la que estás enamorado. Entonces lo tienes jodido.


Tanto Jack Lemmon como Shirley MacLaine están espléndidos en sus respectivas composiciones, al igual que el, a veces, injustamente olvidado Fred MacMurray. El guión es genial, casi redondo; aunque chirría su inapropiado e impuesto happy end. También ocupa un lugar muy reseñable en la película la sobria y melancólica puesta en escena que el realizador consigue plasmar. 

The Apartment, una maravilla agridulce que merece ser revisitada de cuando en cuando. Clasicazo de los pies a la cabeza.


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