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Las diez mejores películas del cine de terror de la Universal.


1. La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), de James Whale.



2. El fantasma de la ópera (The Phantom of the Opera, 1925), de Rupert Julian.



3. El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931), de James Whale.



4. El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932), de James Whale.



5. La momia (The Mummy, 1932), de Karl Freund.



6. El hijo de Frankenstein (Son of Frankenstein, 1939), de Rowland V. Lee.



7. Drácula (Dracula, 1931), de Tod Browning.



8. El hombre invisible (The Invisible Man, 1933), de James Whale.



9. El hombre lobo (The Wolfman, 1941), de George Waggner.



10. Satanás (The Black Cat, 1934), de Edgar G. Ulmer.

Satanás (The Black Cat, 1934) de Edgar G. Ulmer.


Peter (David Manners) y Joan (Julie Bishop) son una pareja de recién casados que viaja por Hungría durante su luna de miel. Debido a un error burocrático, tienen que compartir vagón privado con el extraño doctor Vitus Werdegast (Bela Lugosi). Cuando bajan del tren, cogen un automóvil con destino a Visegrád, pero un inesperado accidente los obliga a hospedarse en la mansión de Hjalmar Poelzig (Boris Karloff). Pronto se descubrirá que entre Vitus y Hjalmar existen viejas cuentas pendientes.


Interesante producción de la Universal cuyo título original hace referencia al célebre cuento El gato negro, de Edgar Allan Poe, publicado en las páginas del Saturday Evening Post de Filadelfia el 19 de agosto de 1843. No obstante, su argumento tiene poco o nada que ver con el mismo. El filme supuso la primera confrontación en la pantalla de los dos grandes “monstruos” de los estudios: Boris Karloff y Bela Lugosi. Huelga decir que el británico, mucho mejor actor que el húngaro, gana el duelo por goleada. 


The Black Cat es una historia de traición y venganza. El cineasta austro-húngaro Edgar G. Ulmer, autor de la obra de culto Detour (1945), la filma con estilizado expresionismo. Karloff da vida a un perverso arquitecto de creencias satanistas que vive en una mansión de concepción modernista. El edificio, que en sus sótanos oculta los cuerpos embalsamados de sus antiguas amantes, se erige sobre una fortaleza de la Primera Guerra Mundial repleta de cadáveres. Frente a él, un sobreactuado Bela Lugosi con ailurofobia que pretende matarlo por haberle arrebatado a su mujer tiempo atrás. Entre ambos, una insulsa pareja de enamorados tontorrones que constituyen lo peor de la película. Ah, tampoco nos olvidemos del personaje de Thamal (Harry Cording), el siervo mudo de Lugosi al que no querrían encontrarse de noche en medio de un callejón oscuro.


A lo largo del metraje, destaca el uso de exquisitas piezas musicales de autores de la talla de Bach (Tocata y fuga en re menor, por supuesto), Schumann, Liszt, Schubert, Beethoven o Tchaikovsky.

Para fans del cine clásico de terror.


El desvío (Detour, 1945) de Edgar G. Ulmer.


Al Roberts (Tom Neal) es un pianista neoyorquino de tres al cuarto que decide atravesar el país haciendo autoestop para llegar a Los Ángeles, ciudad en la que espera reunirse con su novia Sue (Claudia Drake), quien se desplazó hasta allí para probar suerte en Hollywood. Lo que Roberts no puede imaginar, es que su periplo se verá envuelto en una serie de problemáticos acontecimientos que acabarán arrastrándolo a una situación límite.


En los últimos tiempos y gracias a la distribución de sus películas en formato DVD, se está produciendo una creciente y merecida revisión/reivindicación de la obra del cineasta austro-húngaro Edgar G. Ulmer, autor de formación expresionista (re)conocido esencialmente por sacar un partido extraordinario a producciones de presupuesto irrisorio. Dentro de su filmografía encontramos, además de la cinta que ahora nos ocupa y que constituye el mejor de todos sus trabajos, filmes tan interesantes como Satanás (The Black Cat, 1934), Barba Azul (Bluebeard, 1944) o La extraña mujer (The Strange Woman, 1946).

Detour es una auténtica joya noir a la que el paso del tiempo ha terminado por otorgarle el estatus de Cult Movie en el ámbito de la Serie B. Su influencia posterior resulta innegable hasta en realizadores de la talla de David Lynch, cuya obra maestra Carretera perdida (Lost Highway, 1997) bebe de esta modesta película.


El filme, que reflexiona acerca de los insondables caprichos y fatalidades del destino, posee un descarado, descreído y barato guión repleto de inolvidables frases sentenciosas del tipo: “El dinero, ya saben lo que es, eso de lo que nunca tienes suficiente. Unos papelitos verdes con la cara de George Washington por los que los hombres se hacen esclavos, cometen crímenes y mueren. El dinero ha traído más problemas al mundo que nada de lo que hayamos podido inventar jamás”. En él, además, encontramos todos y cada uno de los elementos que definen al género negro: el protagonista escéptico y algo pardillo, la mujer fatal (una arpía en este caso), la voz en off, el flashback, el asesinato, los ambientes turbios y sórdidos, etc.


En cualquier caso, lo que realmente ha convertido a Detour en un clásico innovador de obligado visionado, es el carácter ambiguo y poco fiable (muy lynchiano) de la historia que nos relata el personaje principal desde la barra de un bar de carretera. Una historia tan desconcertante y llena de inverosimilitudes, que parece salida de una mente desquiciada. ¿Está mintiendo Al Roberts para justificar lo que ha hecho o dice la verdad? Que cada espectador decida. Aunque también es posible que no haga ni una cosa ni la otra, sino que al igual que el Fred Madison de Lost Highway, con el que Roberts comparte profesión, simplemente recuerde las cosas a su manera y no necesariamente tal y como sucedieron.

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