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Las 10 mejores películas de los años 90. Lista de 2015.


1. La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos. Grecia/Francia/Italia/Alemania/Reino Unido/República Federal de Yugoslavia/Bosnia y Herzegovina/Albania/Rumanía.




2. Sátántangó (ídem, 1994), de Béla Tarr. Hungría/Alemania/Suiza.




3. La eternidad y un día (Mia aioniotita kai mia mera, 1998), de Theodoros Angelopoulos. Grecia/Francia/Alemania/Italia.




4. Eyes Wide Shut (ídem, 1999), de Stanley Kubrick. Reino Unido/USA.




5. La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), de Terrence Malick. USA.




6. La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, 1991), de Krzysztof Kieslowski. Francia/Polonia/Noruega.




7. Carretera perdida (Lost Highway, 1997), de David Lynch. Francia/USA.




8. Sin perdón (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood. USA.




9. The Straigh Story. Una historia verdadera (The Straigh Story, 1999), de David Lynch. Francia/Reino Unido/USA.




10. Ghost Dog, el camino del samurái (Ghost Dog: The Way of the Samurai, 1999), de Jim Jarmusch. Francia/Alemania/USA/Japón.


Las diez mejores películas sobre el CINE.


1. La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.




2. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.




3. Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963), de Federico Fellini.




4. Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952), de Vincente Minnelli.




5. Ed Wood (ídem, 1994), de Tim Burton.





6. Fedora (ídem, 1978), de Billy Wilder.




7. El desprecio (1963), de Jean-Luc Godard.




8. El amateur (Amator, 1979), de Krzysztof Kieslowski.




9. El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950), de Billy Wilder.




10. El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell.

Los diez mejores cineastas de la historia.


1. Andrei Tarkovsky (1932-1986).


¿Por qué?
Por ser el mayor poeta visual desde la invención del cinematógrafo. Por la maestría formal y el contenido espiritual de sus obras. Por realizar algunas de las películas más bellas y profundas de la historia del cine.


2. Béla Tarr (1955).


¿Por qué?
Por crear un universo propio que gravita en torno al plano secuencia llevado hasta límites insospechados. Por el contenido político, filosófico y existencial de sus obras. Por la atemporalidad de sus propuestas formales.


3. Yasujiro Ozu (1903-1963).


¿Por qué?
Por convertir lo cotidiano en extraordinario. Por reducir la forma a lo esencial. Por crear un lenguaje único e inconfundible.


4. Carl Theodor Dreyer (1889-1968).


¿Por qué?
Por su misticismo y trascendencia. Por la constante depuración formal de sus obras. Por llegar a la abstracción partiendo del ascetismo.


5. Ingmar Bergman (1918-2007).


¿Por qué?
Porque nadie como él ha sabido plasmar los temores del hombre ante lo incomprensible de la existencia. Por ser el más brillante “escritor” de la historia del cine. Por su soberbia dirección de actores.


6. Theodoros Angelopoulos (1935-2012).


¿Por qué?
Por su dominio absoluto del espacio-tiempo. Por unir memoria regional y memoria universal. Por filmar la que probablemente sea la mejor película de todos los tiempos (La mirada de Ulises).


7. Akira Kurosawa (1910-1998).


¿Por qué?
Porque quizá sea el mayor humanista de la historia del séptimo arte. Por servirse del estilo y no convertirlo en un fin. Por fusionar como nadie la cultura oriental y occidental.


8. Stanley Kubrick (1928-1999).


¿Por qué?
Por su obsesivo perfeccionismo técnico. Porque en casi todos los géneros hay un clásico que lleva su firma. Porque siempre estuvo a la vanguardia tecnológica.


9. Luis Buñuel (1900-1983).


¿Por qué?
Por ser maestro del realismo y del surrealismo. Por su indagación en los misterios y contradicciones de la fe católica. Por su destreza narrativa y su socarrón sentido del humor.


10. Alfred Hitchcock (1899-1980).


¿Por qué?
Porque quizá ningún otro director sea autor de tantas obras maestras y porque su cine satisface tanto al gran público como a la crítica especializada. Por sus aportaciones al desarrollo del lenguaje cinematográfico durante la etapa muda. Por sus inventivas soluciones de puesta en escena y su narrativa marcadamente visual.

THEO ANGELOPOULOS. Manuel Vidal Estévez. CÁTEDRA.

“Yo soy alguien que ha vivido en las salas de cine. Todo lo que sé lo he aprendido viendo películas y reflexionando sobre ellas”.


La editorial Cátedra, dentro de su colección Signo e Imagen/Cineastas, dedica un completo estudio académico a la obra del realizador griego Theodoros Angelopoulos (1935-2012), responsable de títulos tan importantes en la historia del cine europeo como El viaje de los comediantes (O thiasos, 1975), Paisaje en la niebla (Topio stin omichli, 1988), La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), o La eternidad y un día (Mia aioniotita kai mia mera, 1998). Para Manuel Vidal Estévez, autor del libro que nos ocupa “… la Historia y el viaje no son más que… recipientes… con los que se aborda lo que a fin de cuentas todas las películas de Angelopoulos, casi sin excepción, convocan sin cesar: el vacío. Un vacío que, claro está, nada tiene que ver con la inanidad o la insignificancia, sino que constituye su propia finalidad… un vacío cuya función no es sino evocar aquello que no es posible soportar, y por lo tanto tampoco es posible representar”. El estudio se abre con una minuciosa cronología de la compleja historia de Grecia a lo largo del siglo XX, fundamental para entender los abundantes “apuntes” históricos y políticos de los filmes de Angelopoulos. A continuación, el autor se adentra en el análisis de cada una de una de sus películas, incluidos cortometrajes y documentales. No lo hace siguiendo un orden estrictamente cronológico, puesto que a veces prefiere agrupar a determinadas obras en bloques temáticos. Un ejemplo: El apicultor (1986), El paso suspendido de la cigüeña (1991) y La eternidad y un día (1998) forman parte del bloque titulado El desencanto del mundo y la muerte. El libro, al margen de los habituales apéndices sobre materiales audiovisuales y sonoros referidos al cineasta, también incluye un interesantísimo apartado en el que recoge las opiniones del propio Angelopoulos acerca de su vida y obra. Creo que se trata, en definitiva, de un estudio muy elaborado que hará las delicias de los amantes del inmarcesible director heleno.


Paisaje en la niebla (Topio stin omichli, 1988) de Theodoros Angelopoulos.

“Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra”.
(Paul Morand)

Dos hermanos, Voula (Tania Palaiologou) y Alexandros (Michalis Zeke), de unos doce y siete años de edad aproximada, recorren el norte de Grecia para llegar hasta Alemania, país en el que, según les ha dicho su madre, vive su padre, al que no conocen.


La Grecia de Theo Angelopoulos, la del norte, la de las regiones de Epiro y Macedonia, es una Grecia gris, fría y húmeda. Nada que ver con esa Grecia mediterránea de sol y playa que encontramos en los folletos de las agencias de viajes. Su visión melancólica, poética, de un país, el suyo, donde el esplendoroso pasado clásico contrasta con la degradación cultural y material contemporáneas, supone uno de los mayores tesoros legados por el séptimo arte. Dentro de esa gema de incalculable valor artístico que es su filmografía, Topio stin omichli ocupa un lugar muy importante, pese a situarse, al menos en mi opinión, un escalón por debajo del de sus obras maestras. Gracias a esta hermosa, inolvidable película, el maestro griego consiguió alzarse con el León de Plata al Mejor director en el Festival de Venecia.


Paisaje en la niebla narra el viaje iniciático de dos menores obsesionados con encontrar a su padre. La travesía, llena de dificultades por llevarse a cabo sin respaldo económico alguno (la realizan a escondidas de su madre), los pondrá en contacto con las luces y las sombras de un mundo que en poco estima la ingenuidad de dos niños. Voula, por ser la mayor y, por tanto, la más consciente de lo que ocurre, se verá obligada a madurar prematuramente debido a su temprana exposición a la vileza humana (la escena en la que el camionero abusa de ella en la parte trasera de una camioneta, a pesar de que Angelopoulos no muestra nada de lo que acontece en el interior, resulta terrible). Pero no todo es tragedia en el pesaroso camino de los pequeños, también hay magia: una magia capaz de inmovilizar a un grupo de agentes de policía que contemplan cómo nieva, de hacer aparecer de la nada a un violinista que consuela con su melodía la tristeza acumulada, o de sacar a flote una ciclópea mano de piedra sepultada durante siglos en el fondo del océano.


La caligrafía de la cinta se articula a través de tomas de larga duración, como siempre magistralmente planificadas y ejecutadas por el autor de La mirada de Ulises. Destaco el plano secuencia que tiene lugar en la playa, con el mar de fondo, donde una decadente compañía de viejos actores ensaya para interpretar una obra que quizá nunca se represente.

El filme se ve perjudicado por el envejecimiento de determinados pasajes, marcadamente ochenteros, como el que transcurre en la discoteca. No obstante, su bellísimo epílogo, con los dos hermanos caminando de la mano por un paraje celestial, purga sus posibles defectos.


Las diez mejores películas de la historia*.


Amanecer (Sunrise: A Song of Two Humans, 1927), de F.W. Murnau. Estados Unidos.



Luces de la ciudad (City Lights, 1931), de Charles Chaplin. Estados Unidos.



Iván el terrible e Iván el terrible, segunda parte: la conjura de los boyardos (Ivan Groznyy/Ivan Groznyy: Skaz vtoroy - Boyarskiy zagovor, 1944/1958). Unión Soviética.



Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953), de Yasujirô Ozu. Japón.



Gertrud (ídem, 1964), de Carl Th. Dreyer. Dinamarca.



Persona (ídem, 1966), de Ingmar Bergman. Suecia.



Stalker (ídem, 1979), de Andrei Tarkovsky. Unión Soviética.



Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky. Suecia.



La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theo Angelopoulos. Grecia.



El caballo de Turín (A torinói ló, 2011), de Béla Tarr. Hungría.


*Las películas que integran la lista aparecen en orden cronológico.

La eternidad y un día (Mia aioniotita kai mia mera, 1998) de Theodoros Angelopoulos.

”Una vez te pregunté: ¿cuánto dura el mañana? Y me respondiste: La eternidad y un día”.

Un escritor enfermo (Bruno Ganz) al que le queda poco tiempo de vida, conoce por casualidad a un pequeño refugiado albano (Achileas Skevis) con quien establece una bonita relación de amistad.


No hay mayor misterio en la vida que el de la muerte. Enfrentarse con ella es un acto que todos debemos emprender tarde o temprano. Ella nos arrebatará lo que un día fuimos y nos impedirá ser lo que ya nunca seremos. Nada condiciona tanto al ser humano como precipitarse hacia su propio final. Es curioso que sea con su llegada cuando más sintamos la vida. Mirarla a la cara supone también mirarnos a nosotros mismos. Saber lo que nunca haremos nos invita a reflexionar sobre lo que hemos hecho. En esa tesitura se halla Alexandre, protagonista de Mia aioniotita kai mia mera, una de las mejores películas de Theo Angelopoulos. Ganadora de la Palma de Oro de Cannes en 1998.


Resulta difícil encontrar a un director cuya escritura se asemeje tanto a las teorías de espacio y tiempo de Henri Bergson como Theo Angelopoulos. En el autor de Paisaje en la niebla, al igual que en el filósofo francés, la concepción del tiempo es unitaria. El pasado forma parte del presente, y el ayer es tan real como el ahora. Con un simple movimiento de cámara, el  cineasta griego es capaz de pasar de un siglo a otro con naturalidad, sin que ello parezca abrupto. Sus transiciones temporales son sublimes y sutiles. En ese sentido, el filme que nos ocupa quizá sea el que mejor ilustra lo expuesto. Hay una secuencia en la que Alexandre escucha a su hija leer una carta escrita tiempo atrás por Anna (Isabelle Renauld), su difunta esposa. Mientras lo hace sale a tomar el aire a la terraza del edificio. De repente, ya no está en el piso de su hija, sino en la casa junto a la playa donde se crió. El presente se ha convertido en pasado. Él continúa siendo viejo, pero todo a su alrededor ha rejuvenecido. Las palabras de su esposa han pasado del papel a su propia voz. Alexandre conversa con ella. La finalización de la lectura de la carta por parte de su hija, pone fin al recuerdo vivido. Alexandre vuelve al presente. Lo mismo ocurre en otras ocasiones: el pasado penetra en el presente sin aviso.

Algo similar sucede con la historia del poeta comprador de palabras que Alexandre va narrando al niño albano durante la película: “Érase una vez un poeta en el siglo pasado. Un gran poeta. Era griego, pero creció y vivió en Italia. Un día, supo que los griegos, entonces bajo el yugo otomano, habían tomado las armas para reconquistar su libertad. Entonces sintió despertarse en él su país perdido, sus años de infancia en la isla, el rostro de su madre que siempre vivió allí. Ya no pudo descansar, caminaba, deliraba. Cada noche, veía a su madre en sueños con su vestido blanco de novia que le llamaba…”. En La eternidad y un día el pasado no sólo se rememora; se hace realidad. Por ello no sorprende ver al poeta, ataviado según la moda del siglo XIX, subir al mismo autobús que el protagonista y su pequeño acompañante han tomado previamente. Alexandre incluso se dirige a él; quiere encontrar las palabras que le faltan para completar su obra inacabada. Aquellas que el mismo poeta compraba entre la gente pobre para escribir sus versos en una lengua tristemente olvidada. Esa es su última misión antes de partir hacia la otra orilla.


El actor suizo Bruno Ganz ofrece una de las grandes interpretaciones de su carrera. Junto a él destaca la ingenuidad de Achileas Skevis, uno de esos ángeles sin hogar a los que la barbarie bélica ha obligado a emigrar a edad temprana. Los dos conforman una de las parejas más singulares y entrañables de la historia del cine europeo. 

La hermosa música de Eleni Karaindrou envuelve la sucesión de largos planos secuencia que definen cualquier trabajo del cineasta griego. Una vez más, Angelopoulos sienta cátedra con su medida puesta en escena.

Concluyo señalando que la acción de la película se desarrolla en un solo día. El resto, como ustedes pueden imaginar, es eternidad…


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