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Las diez mejores películas sobre extraterrestres.


1. La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel.



2. La cosa (El enigma de otro mundo) (The Thing, 1982), de John Carpenter.



3. Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott.



4. El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla.



5. El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), de Christian Nyby y Howard Hawks.



6. La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman.



7. Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956), de Fred M. Wilcox.



8. Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), de Steven Spielberg.



9. Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), de Robert Wise.



10. El experimento del Dr. Quatermass (The Quatermass Experiment, 1955), de Val Guest.

Quills (ídem, 2000) de Philip Kaufman.

“Escribo sobre las verdades eternas que unen a la humanidad en todo el mundo: comer, cagar, follar, matar y morir”.

París, comienzos del siglo XIX. El marqués de Sade (Geoffrey Rush), autor polémico debido al contenido sexual pervertido de las obras que escribe, permanece encerrado en el asilo para locos de Charenton, institución dirigida por el piadoso abate Coulmier (Joaquin Phoenix), un hombre de fe. Allí, con la ayuda de una lavandera llamada Madeleine (Kate Winslet), se las ingenia para seguir enviando manuscritos a su editor, de modo que éste los pueda publicar. Para evitar que esto suceda, el mismísimo Napoleón Bonaparte, harto de los escándalos que tales escritos provocan en el conjunto de la nación francesa, envía al manicomio al severo doctor Royer-Collard (Michael Caine), cuyos métodos medievales de cura tratarán de aplacar las ansias de expresión del marqués.


Notable farsa de época que refleja como pocas otras películas, quizá como ninguna, la necesidad que tiene el artista de dar rienda suelta a su incontrolable torrente creativo. Posiblemente se trate del mejor trabajo tras las cámaras del irregular Philip Kaufman (La invasión de los ultracuerpos, Elegidos para la gloria, La insoportable levedad del ser), y, gracias a la enorme composición de Geoffrey Rush (de las más apasionadas, brillantes y arrebatadoras que yo haya podido contemplar en una pantalla de cine), un claro ejemplo que permite trazar la frontera que diferencia al gran actor del genio de la interpretación. Lástima que sea un filme relativa e injustamente poco (re)conocido.


Quills articula su trama mediante la contraposición de los diferentes elementos que en ella aparecen: la religión, personificada en el abate Coulmier, frente a la ciencia (la vieja ciencia, más bien), personificada en el doctor Royer-Collard; la pureza, representada por el personaje de Madeleine, aún virgen, frente a la corrupción, cuya máxima expresión sería el propio marqués (ojo a los curiosos juguetitos sexuales que guarda en su celda); la libertad, entendida como el afán expresivo de éste, frente al cautiverio que supone su encierro permanente en el manicomio de Charenton; el deseo amoroso (Madeleine ama en secreto al abate), frente a la abstinencia (él siente lo mismo, pero debe renunciar a ello por respeto a sus votos). El inteligente guión de Doug Wright, bien estructurado aunque de brusca evolución en su tramo final (el desenlace peca de efectista), contiene algunos debates dialécticos excelsos, como los que mantienen el abate y el marqués en torno a temas como la moral, el arte, la libertad o la religión. 


El reparto es ciertamente inmejorable, de lo más florido de la década, sobresaliendo, como apuntaba al principio, la genial performance de un Geoffrey Rush que compone a un personaje complejo, rico en matices, capaz de, según el momento, parecer lúcido, pervertido, malévolo, jovial, blasfemo o del todo perturbado.

La reconstrucción de época está bastante conseguida, sin adornos, con un diseño de producción, una dirección de fotografía y un diseño de vestuario igualmente destacados.

No es una obra perfecta, ni mucho menos, pero su visionado, a ratos fascinante, bien merece la pena. 


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