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Las 10 mejores películas de los años 70. Lista de 2015.


1. Stalker (ídem, 1979), de Andrei Tarkovsky. Unión Soviética.




2. Barry Lyndon (ídem, 1975), de Stanley Kubrick. Reino Unido/USA/Irlanda.




3. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. España.




4. Luis II de Baviera, el rey loco (Ludwig, 1972), de Luchino Visconti. Italia/Francia/Alemania Occidental.




5. Gritos y susurros (Viskingar och rop, 1972), de Ingmar Bergman. Suecia.




6. El Casanova de Fellini (Il Casanova di Federico Fellini, 1976), de Federico Fellini. Italia/USA.




7. Nosferatu, vampiro de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), de Werner Herzog. Alemania Occidental/Francia.




8. Apocalypse Now (ídem, 1979), de Francis Ford Coppola. USA.




9. El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), de Roman Polanski. Francia.




10. Ese oscuro objeto del deseo (Cet obscur objet du désir, 1977), de Luis Buñuel. Francia/España.


Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, 1976) de Federico Fellini.

“Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre".
(Historia de mi vida, Giacomo Casanova)

Siglo XVIII. El seductor veneciano Giacomo Casanova (Donald Sutherland) recorre las cortes de las principales capitales europeas acumulando a su paso experiencias y amantes de todo tipo.


Fantasiosa, original, desmesurada y brillantísima adaptación libre de las memorias de Giacomo Casanova que constituye una de las cimas creativas de la filmografía del realizador italiano Federico Fellini y del cine de los setenta en general. La película, filmada íntegramente en decorados construidos para la ocasión en el interior de los míticos estudios Cinecittá de Roma, tuvo un rodaje largo y complicado, con un coste final que se disparó hasta los veintinueve mil millones de liras. Lejos de presentarnos a Casanova rodeado de su tradicional aura de conquistador triunfante, Fellini opta por ofrecer una visión más amarga y patética del personaje: “Según mi humilde parecer, su perpetua huída, su necesidad enfermiza de acumular hechos y gestos, su incapacidad para construir unas relaciones auténticas y verdaderas, prueban más bien que nunca ha salido del vientre de su madre. Por eso, mi Casanova no es más que un maniquí electrificado, o un fantasma sorprendido en la niebla por una cámara, que deja escapar retazos de respuestas a las inconvenientes preguntas que le hace un entrevistador indiscreto”.


El Casanova de Fellini (excelente elección la de Donald Sutherland) es un tipo irrealizado que compensa su vacío existencial con una frenética actividad fornicadora. Siendo un hombre ducho en diversas materias (literatura, oratoria, economía, política…), sólo es reconocido y valorado como amante en las diferentes cortes europeas por las que viaja (París, Londres, Parma, Roma, Berna, Bohemia…). Desde la biblioteca del conde de Waldstein, donde un Casanova ya anciano pasa los últimos años de su vida, rememora no sin cierta melancolía sus aventuras amorosas a lo largo y ancho del viejo continente. A su alrededor, un buen puñado de personajes grotescos y pintorescos sirven al particular autor de Ocho y medio para retratar la decadencia moral y conductista de la aristocracia y la burguesía del Siglo de las Luces. Valiéndose para ello de una puesta en escena extremadamente imaginativa, barroca, singular, artificiosa, colorista y hasta carnavalesca. Con impresionantes decorados y un diseño de vestuario ganador de un Óscar. Mención aparte merece la memorable partitura del gran Nino Rota, que envuelve al relato en una onírica atmósfera musical.


De entre las innumerables e imborrables secuencias que salpican esta obra maestra, me quedo con la extraña danza que el protagonista mantiene con una muñeca mecánica antes de convertirla en otra más de sus amantes. 

Extraordinaria película.


Las diez mejores películas sobre el CINE.


1. La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.




2. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.




3. Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963), de Federico Fellini.




4. Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952), de Vincente Minnelli.




5. Ed Wood (ídem, 1994), de Tim Burton.





6. Fedora (ídem, 1978), de Billy Wilder.




7. El desprecio (1963), de Jean-Luc Godard.




8. El amateur (Amator, 1979), de Krzysztof Kieslowski.




9. El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950), de Billy Wilder.




10. El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell.

Fellini, ocho y medio (8½, 1963) de Federico Fellini.

“Queridas mías. La felicidad consiste en ser capaz de decir la verdad sin herir a nadie”.

Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) es un afamado director de cine inmerso en una profunda crisis vital y creativa. Para preparar su próxima película, decide hospedarse en un balneario en busca de tranquilidad e inspiración; sin embargo, ni siquiera allí las encuentra.


El cine, como el resto de artes, se alimenta de la vida, pero en ningún caso debe suplirla. Otto e mezzo es uno de los mejores y más personales trabajos de Federico Fellini. Un verdadero acto de liberación artística frente a las exigencias que todo proceso creativo requiere. A través del personaje de Guido Anselmi, álter ego del propio cineasta encarnado en la elegante figura de Marcello Mastroianni, el autor de Amarcord exorciza sus temores pasados, presentes y futuros, entre ellos su conciencia católica, en un ejercicio de absoluta libertad creativa.

En 8½ los sueños, las fantasías y los recuerdos de infancia se entremezclan sin previo aviso y de modo surrealista. Lo mismo vemos a Mastroianni hablando con su difunto padre que fustigando con fiereza a las féminas de su atestado harén con el objetivo de hacer respetar su autoridad. Todo es posible, incluso ver al actor italiano convertido en una especie de cometa que termina estrellándose contra el mar. Imaginería felliniana en estado puro.


El filme se abre con una claustrofóbica secuencia onírica en la que Guido aparece atrapado dentro de su automóvil en medio de un gran atasco. Ingeniosa metáfora para reflejar el estado de ánimo en el que se encuentra. De ahí nos trasladamos al interior del balneario, lugar elegido por el protagonista para obtener paz. Su productor, su amante, sus amigos, su esposa, sus actrices o un crítico intelectual con quien conversa a menudo, se encargarán de que no lo consiga.

          La concepción de la puesta en escena resulta brillantísima, mostrando cierto regusto por los claroscuros, los espacios amplios y las composiciones alambicadas. Visualmente hablando, la película es una auténtica gozada. 


La cinta se cierra con un espectáculo circense que aglomera a todos los personajes que hasta entonces han ido apareciendo. Broche perfecto para Fellini, que siempre fue un bufón, un payaso, en el sentido artístico de la palabra, capaz de rozar la trascendencia sin obviar su condición humana.


La dolce vita (ídem, 1960) de Federico Fellini.

“No creas que la salvación se encuentra en un hogar, no hagas como yo. Soy demasiado serio para ser un aficionado; no obstante, no lo bastante como para ser profesional, ¿entiendes? Es mejor una vida anárquica, créeme, que una existencia basada en una sociedad organizada donde todo está previsto, todo es perfecto”.

Un periodista del corazón llamado Marcello Rubini (Marcello Mastroianni), recorre cada noche los ambientes burgueses de Roma en busca de noticias exclusivas. De fiesta en fiesta, se topa con personajes variopintos pertenecientes a la alta sociedad italiana.


La dolce vita es uno de los trabajos más sobrevalorados de la carrera del director italiano Federico Fellini, y, por extensión, de la propia historia del cine. Uno puede entender que su feroz crítica a las costumbres burguesas, unida a su brillante realización, causara impacto en el momento de su estreno; sin embargo, vista a día de hoy, medio siglo después, su discurso ha quedado algo desfasado, resultando más plúmbeo que efectivo. ¿Qué sería de esta película sin el carisma del gran Mastroianni, el magnetismo de la ciudad de Roma, la magistral dirección de fotografía en blanco y negro de Otello Martelli o el generoso escote de la imponente Anita Ekberg? Pues, probablemente, mucho menos de lo que es.


Plagada de personajes a caballo entre lo estúpido y lo pintoresco (Sylvia, la tontorrona estrella venida de Hollywood; Emma, la suicida e histérica novia de Marcello; Maddalena, la rica heredera que se define a sí misma como una “puta”; la troupe que acompaña a Marcello en su trabajo…), la cinta contiene, además, un sinfín de diálogos pomposos y pseudointelectuales con bastante menor significado del que pretenden poseer. Sí que me parece interesante, en cambio, la figura de Steiner, amigo del protagonista, y sus reflexiones acerca de un mundo al que tiene miedo. Tanto como para acabar con la vida de sus dos queridos hijos. El resto, en mi opinión, son escenas vacuas y plomizas (muy bien filmadas, eso sí) en el interior de clubes de moda, restaurantes caros, villas lujosas o castillos centenarios. El objetivo es reforzar un tema, la insatisfacción vital, y un sentimiento, la frustración. Marcello Rubini personifica ambos a la perfección, de ahí su tendencia crónica al flirteo, el sexo o el alcohol.


Como curiosidad final, señalar que el término “paparazzi” con el que se define a los reporteros del corazón en la actualidad, tiene su origen en esta película, concretamente en el personaje de Paparazzo (Walter Santesso), fotógrafo que trabaja con Marcello.


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