“Amor, cuántos caminos
hasta llegar a un beso, ¡qué soledad errante hasta tu compañía!”
(Pablo Neruda)
En
un futuro cercano, Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), tipo solitario que se
dedica a escribir cartas para otros, y que acaba de separarse de su mujer (Rooney Mara), inicia
una singular relación con Samantha (la voz de Scarlett Johansson), un innovador
sistema operativo que se comporta como si fuese alguien real.

Her,
la nueva y maravillosa película de Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich, Adaptation,
Donde viven los monstruos), es una
sutil, tierna, delicada e inteligente fantasía romántica que reflexiona acerca
de la soledad del individuo, la naturaleza inaprensible del amor y la necesidad
que todos tenemos de amar y ser amados. Su trama, articulada mediante un
delicioso guión escrito por el propio Jonze, se sustenta sobre algunas de las
paradojas que definen a la sociedad en la que vivimos: incomunicación en un contexto
alto-tecnológico de infinitas telecomunicaciones, personas que actúan y
funcionan como máquinas, y máquinas que sienten y se comportan como personas. El
perfecto reflejo del mundo que nos rodea(rá).

Aunque
el filme ha sido rodado a caballo entre las ciudades de Los Ángeles y Shanghái,
Jonze acierta al otorgar a su puesta en escena un carácter abstracto, con enormes
rascacielos, espacios amplios y edificios acristalados que bien podrían identificarse
con cualquier gran urbe de un futuro próximo. La textura luminosa, casi
translúcida, de la etérea fotografía de Hoyte Van Hoytema, contrasta
adecuadamente con los tonos rosáceos, amarillos y rojizos que predominan tanto
en el vestuario del personaje principal (inmenso, una vez más, Joaquin Phoenix),
como en el entorno mobiliario por donde se mueve. No obstante, al margen de
tales hallazgos visuales, lo que en verdad eleva a Her a una categoría relevante, no es otra cosa
que su calidad emocional. Con esta película aprendemos que uno puede enamorarse
de alguien a quien nunca ha visto ni verá, de alguien a quien no se puede besar
ni acariciar, de alguien que, aun estando, nunca está ni estará. Es el amor en
su más pura expresión, pese a que no se pueda consumar. El que se entrega sin
esperar nada a cambio. Las conversaciones entre Theodore y Samantha, la cual
percibe el mundo desde la perspectiva de una pequeña cámara de móvil, son íntimas,
hermosas y divertidas, siempre barnizadas con el brillo de la ilusión amorosa. Jonze
consigue dotar de complejidad y evolución psicológica a un personaje que ni tan
siquiera es real (qué dulce voz la de Scarlett Johansson). O tal vez sí, y ahí radica
precisamente su drama, su irresoluble tragedia.

Una
escena para recordar: la relación sexual entre los amantes resuelta con un
simple fundido en negro. No había “visto” tanta pasión en una pantalla de cine
desde el mítico montaje en paralelo con el que Jean Vigo ilustraba el coito a
distancia de la pareja protagonista de L´Atalante
(ídem, 1934).