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Las 10 mejores óperas primas* de la historia del cine.

"La principal marca del genio no es la perfección, sino la originalidad, la apertura de nuevas fronteras".
(Arthur Koestler)

1. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.



2. L´atalante (L´Atalante, 1934), de Jean Vigo.



3. Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles.



4. La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton.



5. Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud, 1958), de Louis Malle.



6. Accattone (ídem, 1961), de Pier Paolo Pasolini.



7. Malas tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick.



8. Hiroshima mon amour (ídem, 1959), de Alain Resnais.



9. La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962), de Andrei Tarkovsky.



10. Le silence de la mer (ídem, 1949), de Jean-Pierre Melville.


*Primer largometraje de ficción de un director en solitario.

Pasolini (ídem, 2014) de Abel Ferrara.

“La vida es un montón de insignificantes e irónicas ruinas”.
(Pier Paolo Pasolini)

Se narra el último día en la vida del escritor, poeta y director de cine italiano Pier Paolo Pasolini (Willem Dafoe) antes de ser asesinado en la madrugada del 2 de noviembre de 1975.


Interesante, aunque insuficiente acercamiento/homenaje a la controvertida figura de Pier Paolo Pasolini a través de la descripción de sus últimas horas de vida en Roma, y de la plasmación en imágenes de algunos de sus escritos y de la que debía haber sido su siguiente película (Porno-Teo-Kolossal) tras la filmación de Saló o los 120 días de Sodoma (con imágenes de ésta proyectadas sobre una pantalla arranca el filme). Lo mejor de la cinta que nos ocupa es, sin duda, la magnética presencia de Willem Dafoe, quien, ataviado con gafas oscuras y ropa al estilo de los setenta, y a pesar de hablar en inglés americano, ha sabido resucitar en tono elegíaco al fantasma del autor de Accattone.


Abel Ferrara, con guión de Maurizio Braucci, crea desde el respeto y la más profunda admiración, el retrato de un hombre insatisfecho, provocador y sumamente crítico con la sociedad de su tiempo (conocidos son sus feroces ataques al poder, al consumismo y al nuevo fascismo). La película funciona mientras Dafoe está presente. Es decir, cuando se describe el último día de vida del cineasta, al que vemos leer por la mañana sobre la convulsa situación social que vive Roma en el Corriere della Sera, sentarse a escribir a máquina, comer junto a su amada madre y unos amigos a mediodía, jugar al fútbol con los chicos del barrio, conceder su última y premonitoria entrevista a Furio Colombo de La Stampa durante la tarde (“Estamos todos en peligro”, le dice al periodista), o salir a cenar por la noche antes de que la búsqueda de sexo con un joven lo conduzca a la perdición en una solitaria playa de Ostia. Sin embargo, tropieza cuando Ferrara intenta emular a Pasolini con la recreación de fragmentos del último guión escrito por el artista italiano (como decíamos, Porno-Teo-Kolossal, la historia de un hombre de mediana edad que, junto con su nuncio o ángel de la guarda, sigue al cometa que anuncia la llegada de un nuevo mesías). Y es que el universo pasoliniano, guste más o menos, es tan personal, pintoresco e intransferible, que resulta ridículo en manos de cualquier otro realizador.


Con respecto al brutal asesinato de Pasolini, del que probablemente nunca sepamos toda la verdad, Ferrara no opta, al menos de una forma abierta, por la teoría conspirativa del crimen político, sino que lo muestra como el crudo resultado de una sociedad que se regodea en la violencia.

En definitiva, con Pasolini uno tiene la sensación de que el autor de Teniente corrupto se queda a medio camino en casi todo. Una pequeña decepción.


Accattone (ídem, 1961) de Pier Paolo Pasolini.

“Yo devoro mi existencia con un apetito insaciable. Cómo terminará todo esto, lo ignoro”.
(Pier Paolo Pasolini)

El joven Accattone (Franco Citti) es un proxeneta que vive de las mujeres con las que convive, a las que obliga a prostituirse mientras él se pasa el día en las tabernas emborrachándose con sus amigotes.


Hay en el primer Pasolini, el más valioso en mi opinión, una mezcla de realismo, poesía y trascendencia que lo hacen único e irrepetible. Accattone, crudo retrato de los suburbios romanos en clave neorrealista, supuso su debut tras las cámaras. Hasta ese momento, el intelectual italiano había destacado como ensayista (Sobre la poesía dialectal, La poesía popular italiana, Poesía dialectal del siglo XX, Antología de la poesía popular), poeta (La mejor juventud, Las cenizas de Gramsci, La religión de mi tiempo) y novelista (Muchachos de la calle, Una vida violenta, Mujeres de Roma), mostrando su querencia por la ideología comunista al mismo tiempo que arremetía contra el marxismo oficial y la iglesia católica.


En un sobrio blanco y negro espléndidamente fotografiado por Tonino Delli Colli, el autor de Mamma Roma muestra las miserias de una parte de la sociedad italiana que todavía permanecía anclada en la posguerra. En ese contexto de pobreza, marginalidad, desempleo, analfabetismo y delincuencia, el personaje de Accattone se erige como un rebelde, ruin y machista, que se niega a trabajar para obtener su subsistencia. Prefiere someter a sus parejas, a las que maltrata y obliga a ejercer la prostitución cada noche. Es un tipo despreciable, sin duda, pero Pasolini consigue que empaticemos con él, aunque sólo sea en parte. A fin de cuentas, no deja de ser un pobre diablo. Una víctima más de un mundo injusto que no tiene piedad de los de su clase; condenados de antemano a robar, a delinquir o, en el mejor de los casos, a convertirse en los esclavos de otros a cambio de un salario irrisorio. Resulta paradójico, a la vez que hermoso, que el director envuelva esta dura historia de chulos y putas con la celestial música de La pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach, cuyas notas acompañan a Accattone en su particular “pasión” por los deprimidos suburbios de una ciudad, Roma, en la que no todo era dolce vita.


Franco Citti, uno de los actores fetiche del cineasta italiano, a quien algunos recordarán por sus breves apariciones en El padrino y El padrino III, de Francis Ford Coppola, realiza una interpretación que sorprende por su naturalidad. Nadie diría que tiene una cámara ante él.

¿Mi secuencia favorita de la película? El sueño donde Accattone asiste a su propio funeral, presagio claro de una muerte próxima.


El evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, 1964) de Pier Paolo Pasolini.


Narra la vida y obra de Jesús de Nazaret (Enrique Irazoqui) a partir del evangelio de Mateo (año 80 d. C. aproximádamente). 


No deja de resultar paradójico que el filme más bello que jamás se haya realizado sobre la figura de Jesucristo, sea obra de un homosexual ateo de reconocida ideología marxista. En Il Vangelo secondo Matteo encontramos al primer Pasolini, aquel controvertido intelectual y talentoso cineasta que todavía seguía los patrones del neorrealismo y que aún no había amanerado su estilo en pos de un cine más atrevido y personal. 

La película que nos ocupa es sorprendentemente fiel al evangelio de Mateo, trasladando sus pasajes a la pantalla en el mismo orden en el que estos aparecen en el texto bíblico. Básicamente sólo se omiten episodios referidos a curaciones de enfermos y narraciones de parábolas. Es por ello que no comparto la opinión mayoritaria de quienes afirman que el director italiano dotó al relato de una lectura marxista, ya que simplemente se limitó a exponer lo más fidedignamente posible aquello que ya estaba presente en el citado evangelio. Sería más correcto señalar que Pasolini no excluyó, como sí que hicieron otros, determinadas escenas de la vida de Jesús y discursos muy concretos en los que quedaba claro el signo político del libertador de los judíos. De hecho, si el autor de Teorema no hubiese considerado a Cristo un revolucionario de izquierdas, ni siquiera se habría planteado filmar una obra acerca de él.


Al margen de meras consideraciones políticas e ideológicas, que particularmente son las que menos me interesan cuando contemplo un trabajo cinematográfico, la cinta de Pasolini supone el acercamiento más hermoso, sincero y emotivo del cine a ese hombre que nació hace dos milenios con el objetivo de cambiar el mundo.

En términos de puesta en escena, el filme destaca por su carácter extremadamente sencillo, sobrio y telúrico. Parece evidente que Pasolini y su director de fotografía, Tonino Delli Colli, debieron inspirarse en las composiciones de los pintores del Quattrocento italiano, especialmente en los frescos de Piero della Francesca. A lo largo del metraje, el equilibrio entre primeros planos y planos generales es admirable. 

El español Enrique Irazoqui, un estudiante de economía por aquellos años, se situó a la cabeza de un reparto de actores no profesionales que otorgaron a la película una autenticidad y naturalidad pasmosas.


Pasolini envolvió sus poéticas imágenes con piezas musicales de Bach, Mozart, Prokofiev y Webern. También utilizó fragmentos del Gloria de la Misa Luba y el espiritual negro Sometimes I Feel Like a Motherless Child.

Inspiradora, sentida y de una humanidad desbordante. Así es El evangelio según San Mateo, uno de los grandes títulos religiosos de todos los tiempos.

Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) de Pier Paolo Pasolini.


República de Saló, 1944-45, durante la ocupación nazi-fascista. Varios jóvenes de ambos sexos son secuestrados y conducidos por militares a un apartado palacete en donde serán sometidos a todo tipo de abusos, vejaciones y torturas por parte de cuatro señores de ideología libertina y fascista. 


A lo largo de la historia del cine, encontramos una serie de películas cuya fama se debe más a la polémica que suscitaron en el momento de su estreno que a sus valores puramente cinematográficos. Tal es el caso de Salò o le 120 giornate di Sodoma, el último trabajo del siempre controvertido Pier Paolo Pasolini, quien sería asesinado poco después de terminar la filmación en circunstancias aún no aclaradas.

 El filme supone una adaptación libre de Las 120 jornadas de Sodoma o la escuela del libertinaje, novela escrita por el marqués de Sade mientras permanecía encerrado en la prisión de la Bastilla. Pasolini traslada la acción a la República Social Italiana o República de Saló, estado creado por Benito Mussolini en el norte de Italia a finales de la Segunda Guerra Mundial.


Se trata de una especie de alegoría moral y política, que nos advierte acerca de los peligros derivados del ejercicio de un poder absoluto. No hay peros con respecto a su interesante qué (punzante crítica a los totalitarismos), el problema se centra en el cómo: atroz, repugnante, nauseabundo y de dudoso tratamiento ético (muchos de los actores que interpretaban a las “víctimas” eran menores de edad). Es ahí donde Pasolini rebasa ciertos límites que no deberían ser justificados en nombre de ningún arte.

La cinta se estructura en cuatro capítulos o círculos (como el infierno de Dante): Anteinfierno, Círculo de las Manías, Círculo de la Mierda y Círculo de la Sangre. El primero se limita a mostrarnos la captación y selección de los jóvenes, mientras que los otros tres comparten líneas de desarrollo muy similares, alternando las pervertidas narraciones de unas prostitutas con la puesta en práctica de lo que en ellas se relata por parte de los señores. La obra culmina con la aberrante orgía de violencia final, un macabro cóctel de lenguas cortadas, glandes y pezones quemados, cabelleras arrancadas, ojos extirpados y brutales violaciones. Acompaña tan “sutil” pasaje, el Veris leta facies del Carmina Burana de Carl Orff, obra que, a juicio Pasolini, exaltaba los valores del fascismo.


Al margen de la controversia, la película destaca por su sobriedad estética y narrativa, por sus reflexiones acerca de la naturaleza del poder y la crueldad humana, y por constituir, no es broma, la quintaesencia de la sempiterna fijación anal del autor de Accattone.

Sólo apta para cinéfilos curados de espanto.

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