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Soundtracks: Sacrificio (1986) de J.S. Bach, Watazumido-Shuso y Elin Lisslass.

Por Antonio Miranda.


No hay en ‘’Offret’’ detalle artístico dejado de la intención como así resulta, igualmente, el lado musical, inquietante y estratégicamente aplicado por el director. Los lazos artísticos, como digo, y simbólicos pueden causar un bloque único de fuerte influencia en el inicio de la obra de tal forma que, sin darnos cuenta, la globalidad de la imagen se convierta en cómplice de la también unidad filosófica, ambas compuestas y pintadas rápidamente por el genial artista ruso. Vayamos con la complejísima función que, aquí, cumple la música.

Nos encontramos, en seguida, con tres vertientes, todas ellas fundamentales e intensamente relacionadas entre sí: la música religiosa de J.S. Bach en su ‘’Pasión según san Mateo’’, los cánticos tradicionales suecos, interpretados por Elin Lisslass y la flauta japonesa de bambú por Watazumido-Shuso. Vayamos con la primera.


El aria de Bach ‘’Erbarme dich, mein Gott’’ (‘’Apiádate de mí, Dios mío’’) abre la historia. Su carácter estrictamente religioso e importancia en la película no le otorga a ésta, no obstante, una atmósfera radicalmente devota; es más, los otros dos motivos musicales sirven de fuerte contraste al primero. El aria suena dos veces, abrazando a la obra justo al principio y al final, pero existe un detalle exquisito que, prácticamente inapreciable, ofrece una riqueza extra al filme y que no debemos pasar por alto: pocas veces, en la historia del cine, ha sonado la música compuesta o aplicada a una escena una hora y quince minutos antes de verla. Alexander, el protagonista de ‘’Offret’’, cada vez más muerto por dentro debido a la llegada del fin para el Mundo, del fin de su vida o, incluso, de su pensamiento, ofrece un sacrificio al mismísimo Dios como si del propio Cristo se tratase. En la secuencia, exactamente a mitad de metraje, no suena nada, escuchamos simplemente la voz suplicante del hombre, pero lo hacemos, irremediablemente (y extasiados por el detalle inteligentísimo de Tarkovsky) oyendo las notas del ‘’Apiádate de mí, Dios mío’’ (‘’Ten piedad de mí, Dios mío/ advierte mi llanto/ mira mi corazón/ mis ojos que lloran amargamente ante ti/ ¡ten piedad de mí!’’). El texto del aria, sonando en este instante en boca de Alexander y con sus notas de fondo, habría sido una experiencia exquisita. Tarkovsky, obedeciendo a la singularidad de su cine, presenta la escena y la ‘’compone’’ para nuestros oídos setenta y cinco minutos antes, al inicio de la obra, en un ejercicio habilidoso de presentación primera de la secuencia, tal vez, más importante de la historia. Magistral. El aria vuelve a escucharse ya al final, cuando el niño cuida ‘’religiosamente’’ de su árbol. El pensamiento que me atrevo a ofrecer es el siguiente: la historia, la vida, los acontecimientos en ‘’Sacrificio’’ no son religiosos, tal vez son tan reales y vitales que el propio director así los quiso plasmar, envueltos (por supuesto) en principio, mitad y fin por el deseo creyente y penitente representado por la música de Bach y significando, realmente, su propios anhelos. Vayamos ahora con las otras dos propuestas musicales.


Los cánticos pastorales y la flauta shakuachi (tantas veces usada en la historia del cine) configuran el lado contrario al ya analizado: Alexander mantiene una postura escéptica, analítica, filosóficamente pesimista y de una vitalidad pobre (seguramente de ahí terminara ofreciendo sus bienes a Dios). Estos dos conjuntos de piezas musicales se enredan magistralmente entre sí y dan lugar a una estructura compleja y difícil de captar en su visionado. Alexander y Otto, los dos amigos, inician el filme con sus diálogos sobre la vida y la existencia del Hombre. No se escucha música. Sólo cuando uno de los dos se marcha y el otro queda solo, disertando bien consigo mismo (Alexander) o con los familiares (Otto), el director decide insertar los sonidos y caracterizar el momento mediante el canto agudo y etéreo de Elin Lisslass (que más tarde adquirirá un sentido enorme y crucial en la historia; lo veremos). La voz aparece como una aguja fina e hiriente, trascendente y vital al tiempo. La identificación y unión del Hombre con la Naturaleza (no olvidemos la relación con ella de este tipo de cánticos y la que establece el director igualmente, desde el inicio, situando a personajes y argumento en un entorno natural bellísimo y significado) queda, así, fuertemente enraizada mediante la base atemporal de una música que no puede ser más fiel a los orígenes profundos de la raza humana. Este triple sentido de los cantos tradicionales (hemos descubierto ya dos, el significado naturalista y el acercamiento al lado más filosófico del protagonista; el tercero, que surge en la zona final de la historia, en seguida lo veremos) se une directamente, enlazando con una nueva interpretación, ahora sobre la función de la flauta shakuachi. Su primera aparición se asienta con fuerza en la secuencia posterior a las citadas antes, cuando ambos amigos charlaban y, a continuación, quedaban el uno sin el otro. El sentido y energía casi hirientes que les ofrecía la voz pastoral se fusiona ahora en pantalla, apareciendo ambos personajes juntos y ya divagando con fuerza, y pasa de ser algo ‘’comprimido’’ y extraño a un cuerpo mucho más presente, evocador, firme y directo como es el sonido de la flauta. Esta relación del instrumento de Watazumido-Shuso con la voz de Elin Lisslass, culminada en la imagen de Alexander Y Otto, se inicia en la misma secuencia, justo cuando la imagen se centra, segundos antes, en la marcha de María, la sirvienta, de casa de Alexander a la suya. Suena la shakuachi. Es complejísimo lo que analizamos pero, sin duda, presente y trascendental en el entendimiento de la figura de los personajes y la partitura. La flauta da, ahora, cuerpo y vida mayor a la individualidad del canto pastoral que antes identificaba, por separado, a los dos hombres. Es, también ahora, cuando nos daremos cuenta de la aparición del personaje de María, repleto de guiños y sentidos musicales, a la que Tarkovsky aplicará ya la voz de Lisslass, por supuesto no como reclamo del ganado (atentos a los animales que luego, en casa de ella, van de un lado a otro; sin duda, asociados a la figura de la mujer y los cánticos pastorales) y sí como llamada vital y salvadora para con Alexander, que terminará por acudir a su casa. El sentido y estudio artístico de la música, si ya resulta difícil, no acaba aquí. Llegamos a una secuencia celestial, exquisita y sobrecogedora para cualquier amante de la música en el cine: Alexander y María se unen carnalmente para salvar las penurias, sean estas de cualquier tipo que el espectador deduzca. Atención: suenan ahora los cantos tradicionales y la flauta juntos, por vez primera (y única), y agudizando el ingenio nos damos cuenta que, al tiempo de la unión de los dos humanos, ¡también los dos instrumentos se juntan como si de otro paralelo y evidente acto de amor se tratara! ¡Clara muestra de la teoría que estamos explicando!


Todo deriva, por fin, y concluye, en la segunda escucha del aria de Bach. Suena ahora bajo la fe del niño, que con creencia (¿tal vez ignorante creencia?) cuida el árbol como su padre le enseñó.

En definitiva, partitura no original para la película pero que, sin duda por el estudio minucioso de un genio, consigue una estructura tan sólida que su simple escucha dejaría mucha riqueza sin degustar en una obra tan grande como lo es ‘’Sacrificio’’. Imprescindible para un completo entendimiento de ‘’Offret’’.


Las 10 mejores películas sobre pintores.

"La pintura es más fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere".
(Pablo Picasso)


1. Andrei Rublev (Andrey Rublyov, 1966), de Andrei Tarkovsky.




2. La hora del lobo (Vargtimmen, 1968), de Ingmar Bergman.




3. La bella mentirosa (La belle noiseuse, 1991), de Jacques Rivette.




4. El sol del membrillo (1992), de Víctor Erice.




5. Los amantes de Montparnasse (Les amants de Montparnasse, 1958), de Jacques Becker.




6. El misterio de Picasso (Le mystère Picasso, 1956), de Henri-Georges Clouzot.





7. El loco del pelo rojo (Lust for Life, 1956), de Vincente Minnelli.




8. Jennie (Portrait of Jennie, 1948), de William Dieterle.




9. Mr. Turner (ídem, 2014), de Mike Leigh.




10. Utamaro y sus cinco mujeres (Utamaro o meguru gonin no onna, 1946), de Kenji Mizoguchi.


Las 10 mejores óperas primas* de la historia del cine.

"La principal marca del genio no es la perfección, sino la originalidad, la apertura de nuevas fronteras".
(Arthur Koestler)

1. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.



2. L´atalante (L´Atalante, 1934), de Jean Vigo.



3. Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles.



4. La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton.



5. Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud, 1958), de Louis Malle.



6. Accattone (ídem, 1961), de Pier Paolo Pasolini.



7. Malas tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick.



8. Hiroshima mon amour (ídem, 1959), de Alain Resnais.



9. La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962), de Andrei Tarkovsky.



10. Le silence de la mer (ídem, 1949), de Jean-Pierre Melville.


*Primer largometraje de ficción de un director en solitario.

Soundtracks: Solaris (1972) de Eduard Artémiev.

Por Antonio Miranda.


La composición de Artémiev para ‘’Solaris’’ no resulta nada recomendable para escuchas sencillas, tranquilas y reposadas o carentes de inteligencia curiosa que no busque sino conocimientos escondidos o respuestas a estructuras aparentemente huecas. Aquí encontramos, sin duda, la clave a la música que el autor va a aplicar, con sumo riesgo, al filme de Andrei Tarkovsky: la inquietud del conocimiento humano es lo que lleva al conjunto de personajes a plantearse dudas y luchas internas referidas a los problemas que genera la estación espacial y el planeta Solaris. La partitura, sorprendentemente, resultará para nosotros (los oyentes o espectadores) lo que Solaris para los humanos que lo estudian. Éstos, buscando respuestas y aquéllos: unos significados que den coherencia a lo que en pantalla vemos y oímos. La congruencia existe, absolutamente, y viaja mucho más allá: inicio, versionado por el propio compositor, sobre el ‘’Preludio coral en Fa Menor’’ de Johann Sebastian Bach (que introduce la historia a nivel místico) y  conexión entre mundo físico e intelectual (o filosófico) bien personalizada en la figura de Berton y la magnífica secuencia de su viaje en coche por la ciudad en la que escuchamos, combinados, sonidos empíricos propios de lo que vemos con otros electrónicos aludiendo al pensamiento herido del propio Berton.


Artémiev empleó para su composición el mítico y pionero sintetizador ANS, creación del inventor ruso Evgeny Murzin, en una época en la que la música de cine acogería con gran asombro y recelo obras tan extravagantes, arriesgadas e innovadoras como las del artista, precursor en aquellos años de la música electrónica en la Unión Soviética. Así lo percibimos con claridad, transcurrida una hora de metraje, cuando el investigador Kris Kelvin llega a la estación espacial. Si el autor nos dejaba claro, en el primer tercio de historia, el carácter nada melódico y sí electrónico como reflejo del mundo desconocido de la mente humana, ahora iniciará una orientación igualmente mecanizada que, con notas mantenidas y sonidos que bien pudieran confundirse con efectos sonoros, describe a la perfección la sensación claustrofóbica que padecen los protagonistas de la estación, tanto por su estancia entre estructuras metálicas irrespirables como generadas  por sus dudas y miedos. De nuevo, Artémiev funde con su música ambos mundos.

Existe un detalle importante en relación a las notas musicales y la imagen en ‘’Solaris’’. Siendo una película cuyo emplazamiento principal es el espacio exterior, no obstante sus escenas se desarrollan en lugares interiores, de ahí el carácter sombrío, atonal y agobiante de su partitura que, sin lugar a dudas, habría caído en un profundo error de tomar un cariz más melódico y suave, como bien correspondería a su adhesión con paisajes lineales y eternos del cosmos (y como bien fue, por otro lado y adecuándose a este sentido exterior que comentamos, la música empleada en ‘’2001: Una odisea en el espacio’’). Al cubrirse la mitad de la obra, una escena reveladora nos comprime la atención, prácticamente ejecutada por la música que escuchamos. Se trata de la presentación de Kris Kelvin (en escorzo) echado en su cama, cual violento aunque hierático Cristo de Mantegna (incluso con el detalle de su mano posicionándose como preparada para ser clavada en la cruz), demonizada su mente mediante un tema helador y minimalista de Artémiev que nos inyecta el pensamiento hasta herirlo y en la que aparece su amada Hari (en otra circunstancia en la nave de nuevo extraña) y que perturba progresivamente su existencia en la estación espacial. El compositor pareciera tomar la forma de una aguja infectada que va clavándose así en la mente del protagonista como en la nuestra, arrolladora y sutil.


Pocos minutos después, y tras la explicación a Kelvin del poder que el Océano de Solaris ejerce sobre los recuerdos y sueños de los habitantes de la estación (cual Dios sobre sus creyentes), vamos dando forma a una inteligentísima y perspicaz idea de estructura que director y compositor han creado para la obra: la relación absoluta del Hombre con Dios. Y aquí, sin objeción alguna, la música juega un papel crucial. Tomamos dos partes bien diferenciadas: la obra de Bach mencionada (que adjudica al Océano de Solaris la figura de Dios como ente firme, fijo y estable) y la música opresiva de Artémiev (que ya suena siempre con sus notas mantenidas y ahogantes cuando Kris Kelvin sueña y aparece Hari, dando a dicha música la proyección de la figura de Dios hacia sus ‘’Hijos’’ como si de la religión se tratase, concepto humano que seguramente, como bien sucede con Kris, le lleva a una ruina existencial). ¿Nos encontramos, entonces, con la formación mediante la música del cuerpo de un Dios que proyecta su intención hacia sus criaturas? ¿Es el ser humano inteligente quien intenta luchar contra la religión o cualquier idea intelectual fija e inamovible que él mismo ha generado, tal como pelea Kris Kelvin en Solaris? Atendamos a la excelente filosofía, para interpretar lo comentado y más, de la secuencia de los tres científicos y Hari en la biblioteca.

El argumento y su ideología avanzan firmes y presenciamos, pasadas las dos horas de metraje y acercándose el final, una escena de interpretación exquisita, emoción máxima y ejemplo primero de la función, intención y forma de la partitura de Artémiev en ‘’Solaris’’: el compositor no necesita más que mantener un par de líneas durante toda la secuencia y crear la angustia precisa sin estorbar el dramático cuadro de los actores durante la resurrección de Hari. La música, en ‘’Solaris’’, es un segundo plano con una fuerza exquisita sobre lo que ocurre y, siendo así, tiene la capacidad de pegarse y dar forma a ese concepto de Idea, Dios o Religión (o angustia por vivir).

Eduard Artémiev.

El final ratifica la tesis planteada y rubrica la existencia oprimida de Kelvin mediante las dos vertientes de la partitura ya planteadas: se escucha el órgano del tema principal del filme como reflejo del poder y divinidad del Océano (donde terminará su vida) y durante la secuencia última, en que aparece el protagonista y su padre en la isla formada en Solaris, suenan las notas asfixiantes de Artémiev como simbología de la influencia de esa Idea divina sobre la raza humana. Concluyendo, una obra de carácter místico, experimental y arriesgada en la que el compositor opta por una postura de símbolos descriptivos de principio a fin. La valía de la composición, como trabajo puro en sí, pierde fuerza con la presencia de la obra de J.S Bach como tema principal, aunque el filme como tal no padezca esta influencia, por supuesto. Sin duda, un artista de la talla de Eduard Artémiev habría sido capaz de componer un motivo relevante y potente que hubiera hecho idéntica función que la del clásico del genio alemán, creciendo así, indudablemente, en presencia y cuerpo propio. El gusto del gran director ruso por la música clásica lo impidió. No obstante, importantísima creación para la eterna filosofía cinematográfica de ‘’Solaris’’.


Las 10 mejores películas de los años 60. Lista de 2015.


1. Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963), de Ingmar Bergman. Suecia.




2. Andrei Rublev (Andrey Rublyov, 1966), de Andrei Tarkovsky. Unión Soviética.




3. 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick. USA/Reino Unido.




4. Persona (ídem, 1966), de Ingmar Bergman. Suecia.




5. Gertrud (ídem, 1964), de Carl Theodor Dreyer. Dinamarca.




6. Viridiana (1961), de Luis Buñuel. España/México.




7. El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967), de Jean-Pierre Melville. Francia/Italia.




8. Barbarroja (Akahige, 1965), de Akira Kurosawa. Japón.




9. Hamlet (Gamlet, 1964), de Grigori Kozintsev. Unión Soviética.




10. La evasión (Le trou, 1960), de Jacques Becker. Francia/Italia.


Las 10 mejores películas de los años 80. Lista de 2015.


1. Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky. Suecia/Reino Unido/Francia.




2. Nostalgia (Nostalghia, 1983), de Andrei Tarkovsky. Italia/Unión Soviética.




3. El sur (1983), de Víctor Erice. España/Francia.




4. Fitzcarraldo (ídem, 1982), de Werner Herzog. Alemania Occidental/Perú.




5. El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), de Wim Wenders. Alemania Occidental/Francia.




6. El decálogo (Dekalog, 1989), de Krzysztof Kieslowski. Polonia/Alemania Occidental.




7. Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982), de Ingmar Bergman. Suecia/Francia/Alemania Occidental.




8. Ran (ídem, 1985), de Akira Kurosawa. Japón/Francia.




9. El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), de David Lynch. USA/Reino Unido.




10. Inseparables (Dead Ringers, 1988), de David Cronenberg. Canadá/USA.


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