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¡Viva Zapata! (ídem, 1952) de Elia Kazan.


México, 1910. El campesino Emiliano Zapata (Marlon Brando), harto de la pobreza y las injusticias que sufre su pueblo, se erige como uno de los líderes de la revolución contra el presidente Porfirio Díaz (Fay Roope). 


Elia Kazan dirige este interesante biopic que nos acerca a la figura del famoso revolucionario mexicano. Filmada en clave de western y visualmente influida por Eisenstein, la película cuenta con un guión del escritor estadounidense John Steinbeck.

La irresoluble contradicción entre la grandeza de las ideas y su mezquina puesta en práctica, la corrupción que se deriva de todo poder o el modo en el que surgen las leyendas son algunos de los temas que se tratan a lo largo del relato que ahora nos ocupa. El guión de Steinbeck destaca por la riqueza de su contenido; sin embargo, se muestra simplista e insuficiente en su recreación de un marco histórico tan complejo como el de la revolución mexicana. De ahí sus desiguales resultados.  


Kazan realiza un trabajo de dirección excelente, dotando a la cinta de un impecable pulso narrativo y ofreciendo un creíble retrato psicológico de los caracteres principales.

El filme no sería el mismo sin la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Joseph MacDonald y la notable partitura de ese gran compositor que era Alex North (Espartaco, Cleopatra, El gran combate…).

La obra cuenta con un estupendo reparto encabezado por un Brando convincente, a pesar de su, en principio, inadecuado físico para encarnar a un mexicano (los rasgos de su caracterización lo acercan más a un chino). A la misma altura se sitúa la interpretación de Anthony Quinn como Eufemio, el fiel y alcoholizado hermano de Zapata. También es digna de mención la labor desempeñada por Joseph Wiseman (atención a la evolución psicológica de su personaje).


Un buen trabajo, en definitiva, este ¡Viva Zapata! de Kazan. Sobre todo desde la perspectiva de su puesta en escena. Muy recomendable.

Al este del edén (East of Eden, 1955) de Elia Kazan.


“Y Yahvé puso una señal a Caín para que nadie que lo encontrase lo atacara. Caín dejó la presencia de Yahvé y se estableció en el país de Nod, al oriente de edén”.
(Génesis 4: 15-16)

Ciudad de Salinas, 1917. Adam Trask (Raymond Massey) es un honesto granjero que vive junto con sus dos hijos, Cal (James Dean) y Aaron (Richard Davalos), de caracteres muy diferentes. El primero descubre que su madre Kate (Jo Van Fleet) no está muerta, tal y como su padre les había dicho, sino que vive en una localidad cercana regentando un local de alterne. 


Esta portentosa alegoría bíblica (renovación del mito de Caín y Abel), supone el que probablemente sea el trabajo más satisfactorio de Elia Kazan y uno de los títulos clave del cine norteamericano de los años cincuenta. Se trata de una adaptación de la novela homónima que el Premio Nobel John Steinbeck publicó en el año 1952.

En medio de un contexto rural marcado por el puritanismo religioso, Kazan realiza un complejo y conseguido estudio de las relaciones paterno-filiales y fraternales basadas en el amor y el odio, además de indagar en las insondables raíces del bien y del mal. El filme se estructura a partir del desigual trato que se establece entre el padre y cada uno de sus hijos: Cal, cual figura cainesca, tiene una tendencia natural a descarriarse. Todo lo contrario que su hermano Aaron, cuyo comportamiento modélico lo convierte en el favorito de su progenitor.


La virtud de Kazan a la hora de llevar a cabo el tratamiento de sus personajes, es que nunca cae en el fácil y simplista maniqueísmo. Los actos de Cal se justifican por su tormento interior, que se deriva de una existencia falta de amor. Su personalidad se ha visto trastocada como consecuencia de la ausencia de su madre y de la incomprensión de su padre. Es un ser perdido que no halla respuestas en un mundo anquilosado y autodestructivo (la película se ubica justo en el momento en el que los Estados Unidos decidieron participar en la Primera Guerra Mundial, y fue estrenada cuando aún coleaban las terribles secuelas de la Segunda) que tampoco hace nada por ofrecérselas, de ahí que su personaje se convirtiese en todo un símbolo para una generación determinada.

Desde un punto de vista técnico y formal, cabe destacar la brillante utilización del CinemaScope, el uso de angulaciones forzadas para subrayar los momentos de mayor tensión, y una magnífica fotografía en color en la que abundan los claroscuros y predominan los tonos ocres y marrones.


La cinta supuso el descubrimiento/encumbramiento de James Dean, arquetipo por excelencia del American Rebel, que aquí aparece formidablemente secundado por un reparto en verdad espléndido.

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