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Las diez mejores películas sobre el CINE.


1. La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.




2. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.




3. Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963), de Federico Fellini.




4. Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952), de Vincente Minnelli.




5. Ed Wood (ídem, 1994), de Tim Burton.





6. Fedora (ídem, 1978), de Billy Wilder.




7. El desprecio (1963), de Jean-Luc Godard.




8. El amateur (Amator, 1979), de Krzysztof Kieslowski.




9. El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950), de Billy Wilder.




10. El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell.

Big Eyes (ídem, 2014) de Tim Burton.

“El artista debe ser mezcla de niño, hombre y mujer”.
(Ernesto Sábato)

Biopic sobre Margaret Keane (Amy Adams), pintora estadounidense conocida principalmente por sus retratos de niños con ojos grandes.


La potenciación desmedida del estilo en detrimento del contenido, han llevado al Tim Burton de los últimos años a una encrucijada de difícil salida. Si redundar en esa línea de superficial estilización le acarrearía (le acarrea) no pocas críticas, apartarse de ella sería (es) visto como un acto de renuncia de lo que hace de su cine algo verdaderamente personal. Por tanto, al otrora mágico autor de Eduardo Manostijeras sólo le queda la opción de elegir el modo en el que quiera ser apuntillado (cinematográficamente hablando), y en Big Eyes, su nueva película, ha decidido hacerlo mediante la segunda vía.


Con guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski, los mismos que firmaron la magistral Ed Wood, Big Eyes se adentra en los años más convulsos y, paradójicamente, exitosos de la carrera de la artista Margaret Keane. Los que coincidieron con su matrimonio con Walter Keane (Christoph Waltz) y el posterior divorcio entre ambos que los llevaría a enfrentarse en los tribunales por la autoría de sus obras. Y es que, por si el lector no lo sabe, Margaret consintió que, durante años, su marido se atribuyese el mérito de los cuadros que ella pintaba a cambio de un reconocimiento que la sociedad de su época (los años cincuenta y sesenta) probablemente no le hubiese brindado a una “simple” ama de casa. El problema de la cinta radica en lo esquemático que resulta el libreto, que en ningún momento profundiza ni en personajes (demasiado planos) ni en situaciones. Por otra parte, su factura visual, en la que cuesta encontrar elementos propios de la imaginería burtoniana, no se diferencia en mucho de la de cualquier telefilme de sobremesa. Amy Adams realiza una interpretación espléndida como la sufrida Margaret Keane, al contrario que su compañero de reparto, un Christoph Waltz sobreactuado y pasado de rosca. Temas como el talento creativo, la frivolización y mercantilización del arte, los celos profesionales o el sometimiento social femenino, son tratados de manera digna, pero harto convencional para alguien con la personalidad de Burton.


Con todo, probablemente estemos ante el filme de acción real más interesante del director desde Big Fish (2003), lo que tampoco dice mucho en favor de su trabajo llevado a cabo durante la última década.


Soundtracks: Pesadilla antes de Navidad (1993) de Danny Elfman.

Por Antonio Miranda.


            No resultaría nada fácil, a priori, conseguir una obra de tan alta calidad como la que nos ocupa tras componer magistralmente durante los años precedentes varias joyas de la música de cine. Elfman se enfrentaba a un auténtico reto; lo consiguió.

            El inicio de Pesadilla antes de Navidad es de una calidad sorprendente y, más diría si cabe, de una composición de formas, figuras y sonidos extraordinarios. La combinación no se reduce a la composición sobresaliente que el músico ya nos plantea de inicio, rebosante de arreglos acertados y ritmos controlados, culminados por la presentación majestuosa, inenarrable y apoteósica de Jack, sino que va más allá y la manera en la que director y artista enlazan imagen y partitura es de una grandeza única. Pareciera como si, de pronto, una nota resultara estrictamente la plastilina figurada de un personaje de la ciudad o, al instante, uno de ellos transformara su presencia en musicalidad que acompañara a la orquesta. Genial. Como digo, una narración y control del ritmo asombrosos por parte de Elfman que podríamos ejemplificar en los dos momentos más potentes de la musical introducción: la comentada aparición de Jack, en su gloriosa ascensión cual Divino Maestro de Halloween, y el final de este pequeño inicio, enlazado  habilidosamente con la escena posterior.


            Los diez primeros minutos merecen el reconocimiento de cualquier aficionado al cine. Un canto (musical) prodigioso, sin pausa, y con dos ámbitos claramente enfrentados, cada uno de ellos representado en las dos canciones que suenan: la fama, la alegría y lo social de la introducción y, por otro, el lamento, la soledad y la inquietud de la segunda parte de esta decena de minutos importantes en la historia. El compositor da forma a dos temas de altísima calidad y se enfrenta, en los momentos que no suenan, a una exquisita narración de la escena combinando con habilidad los motivos entonados que han sonado en boca de los personajes. Se inicia el problema en la existencia vital de Jack.

            Los tres personajes esenciales en esta primera mitad de metraje, Sally, Jack y el doctor, son descritos por Elfman de una manera notable: delicada, tragicómica y grotesca y presentándonos la agradable sorpresa, pocas veces ‘’visible’’ en una partitura para cine, de combinar los temas que, en principio, se refieren a cada uno, con las apariciones del otro y las menciones del tercero. En fin, un entramado de telaraña habilísimo donde cada nota describe y narra y enlaza con las siguientes y las inmediatas anteriores; donde la aparición repentina y frecuente de los temas cantados ofrece una visión distinta de la parodia sobre, ya no sólo la Navidad sino, abruptamente, la soledad del individuo y, en consecuencia, su propia naturaleza vital.


            ¿Os imagináis un personaje actual intentando cambiar nuestra Navidad hacia otros conceptos que no deriven en felicidad y alegría? Tal atrevimiento existe, el pensamiento de mucha gente lo aplica pero el sistema social lo prohíbe. Los habitantes de Halloween no, apoyan a Jack en su intento desde su mundo del terror y el miedo y dejan expuesta a la intemperie su trivialidad mental, ensalzando sin querer la genialidad de Jack Skellington. La música describe el mundo de la historia de una forma asombrosa, no para de sonar y marca el ritmo incluso desde antes de concebirse el argumento (Elfman compuso, bajo directrices de Tim Burton, todas las canciones previa realización del metraje).

            Las elucubraciones mentales concluyen; Skellington inicia su idea y los tres diabólicos niños preparan el asalto definitivo. La partitura llega al culmen musical de las canciones con esta escena, una maravillosa burla en forma de marcha; inolvidable. Sin embargo, no podríamos encontrar un instante superior al resto; la composición presume de un equilibrio compositivo exquisito, aun cuando es una obra con incesantes cambios de estructuras, ritmos y sensaciones, como lo son los diálogos, peripecias y situaciones. Un alarde de momentos e instantes musicales como pocas veces encontramos y con un detalle, a juicio de quien esto escribe, embriagador y solemne: Elfman no utiliza, para la forma de su partitura, ninguna referencia facilona y previsible a canciones típicas de la Navidad. Él mismo se vale y se sobra para mostrar su genio y envolver la historia en una seda musical insuperable.

Danny Elfman.

         El desenlace se mueve por derroteros similares al del resto de la partitura, obedeciendo al equilibrio comentado, pero con dos detalles finales hermosísimos. Por un lado, el compendio final, en un solo tema, de las canciones principales de la historia, fácilmente identificables por el espectador, pero variadas a tonalidades distintas y el encuentro definitivo entre Sally y Jack en el que el sonido de bajo clásico va marcando los golpes del caminar de ambos personajes, primero ella y después él. Exquisito.

            Concluyendo, nos encontramos ante posiblemente la banda sonora más trabajada y virtuosa de una película de animación. Sin duda, entre las mejores de la historia del cine en su vertiente genérica y que ha marcado un punto clave en la composición para el cine de su género. Un referente.



Soundtracks: La novia cadáver (2005) de Danny Elfman.

Por Antonio Miranda.


Seis primeros minutos de película; el compositor estadounidense muestra el poder que nos ofrecerá en este trabajo. Ininterrumpidos y conjuntando orquestación con arreglos exquisitos y voz y un toque satírico y burlón que remata un inicio, musicalmente hablando, perfecto, Elfman anuncia ya la brillante composición que está por venir. Poco después, tras la llegada a la mansión, se produce una de las secuencias más interesantes para cualquier estudioso de la influencia de la música del cine en este último (y no por la estructura de aquélla alrededor de la escena, o los compases previstos acompañando a los sucesos, o las sensaciones que broten del momento). Es habitual escuchar, como música incidental en el cine, cualquier pieza clásica y, si sale de un piano, más siquiera; Chopin, Liszt, Mozart… Aquí entra en juego el papel del director. Él es quien decide y Burton, en esta ocasión, libera a la trivialidad de lo habitual y sienta a Víctor (protagonista masculino) al piano para tocar una pieza original del propio Elfman, el tema principal de la película en versión piano. Emocionante para quien esto escribe. Algo de una sutileza e inteligencia extraordinarias. ¡La música de cine se eleva a la máxima expresión! Habría sido tan fácil que Víctor interpretase a Beethoven y la gente, sentada en sus butacas, reconociese orgullosa la melodía… No, no es así, has de agudizar el entendimiento para dibujar en el aire el triángulo vital que se forma entonces: novio y novia unidos por la música que toca aquel, que oye ésta y que compone Elfman  identificando la idea global de la obra. Es enlazar lo que la música explica y sintetiza en este filme (la vida y la muerte) con el drama y el romanticismo profundo de los dos protagonistas.


La habilidad descriptiva, solapando escenas de calibres incluso opuestos, es admirable. Los detalles y sentimientos, objetos y burlas, comicidad y drama, todo va apareciendo de forma habilísima y es respondido, mejor dicho, descrito, por el músico con destreza y sin la trivial necesidad de los silencios. Rememorando matices de viejas y admirables composiciones (Sleepy Hollow, Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de Navidad; la escena en la cual aparece la Novia Cadáver es un espectacular juego de combinación de la fuerza espeluznante de la primera y los coros de la segunda), Elfman va fabricando un score sólido y de gran convicción, solventando el complicado tema de la narración mediante magistrales y estudiadas canciones, en cuyo género ya mostró, años atrás, una delicioso dominio.

Extraordinaria opereta; Elfman marca su territorio con claros apuntes cómicos y disparatados pero llenos de un sentido filosófico práctico. El uso de la orquesta alcanza su máximo esplendor sin necesidad de acudir a sonidos electrónicos, tan habituales hoy día. Aún da un giro más drástico y emplea el clavicordio como instrumento de vital importancia en torno al cual se mueve la historia. Un absoluto y nada habitual acierto del compositor otorgando a esta clásica herramienta el papel principal en su música, sonido que, en la ópera, resulta de igual trascendencia pero como elemento básicamente de apoyo. Aquí no, el corte dramático y operístico de la partitura se afianza más, si cabe, escuchando cómo las notas del instrumento europeo deambulan con arrollador sentido por toda la obra.

Danny Elfman.

Ya hemos mencionado la introducción y la escena donde aparece la Novia Cadáver, de grandísima calidad musical; la película se mueve en continuas narraciones y descripciones ejecutadas por la orquesta y llega, a mitad de la obra, a la breve pero extraordinaria secuencia donde el viejo Elder Gutknecht fabrica la pócima para la pareja, una sobredosis de calidad del compositor que nos ofrece combinando admirablemente fragmentos ‘’herrmannianos’’ con instantes drásticamente ‘’elfmanianos’’ y segundos de descripción con momentos de narración para concluir, sin brusquedad, adoptando su propio estilo al dejar a los protagonistas en el mundo de los vivos. Magnífico.


El guiño al score de Max Steiner para Lo que el viento se llevó califica la locura compositiva que precede al romántico final. Un revoltijo de melodías, estilos, arreglos, matices y anécdotas musicales que, unidas por dicha referencia al genial compositor austriaco, adoptan el papel de narradoras en la sombra y son capaces de anonadar a cualquier espectador que se centre en la escucha. ¿Cómo es posible concluir una historia con semejante maraña musical sin que se caiga en el desastre artístico? Burton por un lado (la historia) y Elfman por otro (la música), ambos formando una única y lograda intención, lo consiguen. Dos genios.

Concluyendo, una obra maestra de Danny Elfman con gran frescura y variedad de registros. Es una lástima que esté precedida de obras maestras que ya el compositor elaboró en el pasado de un estilo similar y que impiden, en cuanto a originalidad, alcanzar cotas mayores.


Las diez mejores películas de los años noventa (lista revisada)*.


Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), de Martin Scorsese.


Sin perdón (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood.


Ed Wood (ídem, 1994), de Tim Burton.


Sátántangó (ídem, 1994), de Béla Tarr.


La mirada de Ulises (To Vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.


Carretera perdida (Lost Highway, 1997), de David Lynch.


La eternidad y un día (Mia aioniotita kai mia mera, 1998), de Theodoros Angelopoulos.


La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), de Terrence Malick.


Eyes Wide Shut (ídem, 1999), de Stanley Kubrick.


The Straight Story. Una historia verdadera. (The Straight Story, 1999), de David Lynch.

*Las películas que integran la lista aparecen en orden cronológico.

Las diez mejores obras de Tim Burton.







Ed Wood (ídem, 1994).



Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990).



Pesadilla antes de navidad (The Nightmare Before Christmas, 1993)*.



La novia cadáver (Corpse Bride, 2005).



Big Fish (ídem, 2003).



Vincent (ídem, 1982) [cortometraje].



Sleepy Hollow (ídem, 1999).



Frankenweenie (ídem, 2012).



Batman (ídem, 1989).



Bitelchús (Beetlejuice, 1988).


* Aunque dirigida por Henry Selick, Pesadilla antes de navidad debe ser incluida dentro de la filmografía de Tim Burton; quien, además de producirla, fue el principal responsable de su argumento, sus personajes y su tratamiento estético. No la dirigió personalmente porque por entonces se encontraba filmando Batman vuelve. No obstante, se pasaba a menudo por el set de rodaje para dar las directrices pertinentes a Selick.

Frankenweenie (ídem, 2012) de Tim Burton.


"Lo mejor de la stop-motion es que está muy relacionada con Frankenstein, en la medida en que estás haciendo que algo inanimado cobre vida”. (Tim Burton)

Victor Frankenstein (la voz de Charlie Tahan) es un niño solitario y aficionado a la ciencia, cuyo único amigo es su perro Sparky. Un día, la mascota muere tras ser atropellada por un automóvil. El pequeño Victor, entristecido, decide revivirla haciendo uso de los conocimientos que ha adquirido en las clases del profesor Rzykruski (la voz de Martin Landau). 


Después de rodar de manera consecutiva tres de los peores trabajos de su filmografía (Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet, Alicia en el País de las Maravillas y Sombras tenebrosas), Tim Burton se redime, aunque sólo sea en parte, gracias a Frankenweenie; traslación al largometraje animado de su corto homónimo de 1984. El filme, versión libre y en clave infantil de la novela de Mary Shelley Frankenstein (en realidad se basa más en El doctor Frankenstein de James Whale que en la obra literaria), constituye un hermoso y enternecedor homenaje al cine clásico de monstruos. O lo que es lo mismo, a ese cine añejo, en blanco y negro, que despertó en el propio Burton su vocación de cineasta cuando era sólo un niño. Esa condición de homenaje queda refrendada ya desde los primeros minutos, cuando Victor (álter ego de Burton) proyecta a sus padres una película casera que él mismo ha filmado; y en la que, claro está, el principal protagonista es su inseparable perro Sparky. 


El guión de John August alarga la trama del cortometraje sin aportar demasiado a la misma, por lo que su desarrollo resulta del todo previsible para aquellos espectadores que hayan visto el primer Frankenweenie. Ello demuestra la falta de originalidad en la que parece haber caído el autor de Sleepy Hollow, quien ha tenido que retomar una idea de juventud para demostrarnos que aún le queda algo de la magia que caracterizó a sus primeras obras.

A lo largo de la cinta se hacen referencias más o menos evidentes a títulos del género fantástico y de terror como el susodicho Frankenstein de Whale, La novia de Frankenstein, el Drácula de Fisher, El hombre invisible, La momia, Gremlins, Poltergeist o Godzilla. Vamos, que los amantes del género se lo pasarán de lo lindo con esta retahíla de guiños cinéfilos. Entre ellos, uno de los más interesantes es la caracterización del profesor de ciencias Rzykruski, cuyo aspecto físico recuerda mucho al de Vincent Price.


Lo mejor del filme es, sin duda alguna, su brillante y expresionista concepción visual. Otra joya de la stop-motion a la altura de Pesadilla antes de Navidad o La novia cadáver. Absolutamente deliciosa y sombría.

A destacar también la emotiva banda sonora de Danny Elfman, en la que hallamos resonancias de la partitura que en su día compuso para Eduardo Manostijeras.

En definitiva, sin ser un Burton de primera, Frankenweenie, al menos, se le acerca.

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