“La sombra debe
su nacimiento a la luz”.
(John Gay)
La
madrugada del 8 de noviembre de 1930, el abogado parisino Gèrald Fleury salió
en busca de la luz adecuada para completar una filmación paisajística en torno
al lago de Le Thuit. Ese mismo día falleció en circunstancias aún no
esclarecidas. Poco antes realizó una de sus modestas producciones familiares,
la que accidentalmente sería su última película.
Tren de sombras constituye un bello ensayo fílmico con el que el director español José Luis
Guerín, rinde homenaje a la infancia del séptimo arte a la vez que ahonda en
el inevitable paso del tiempo como elemento de deterioro de la vida y de la
propia imagen cinematográfica. Las estampas que lo conforman, fantasmales y poseedoras
de un lirismo arrebatador, dan lugar a una de las propuestas más originales e
interesantes de la historia de nuestro cine.
El pasado vivo.
Como
se apunta en el prólogo, Gèrald Fleury era muy aficionado a rodar películas
caseras. La primera parte de Tren de
sombras es precisamente una de esas supuestas filmaciones domésticas
realizadas por el abogado en los alrededores de su lujoso Château. Son escenas lúdicas y campestres (paseos en bicicleta,
baños, picnics, bromas, bailes de
máscaras…) protagonizadas por los distintos miembros de la familia Fleury: los
niños, el simpático tío Etienne, los abuelos, el personal de servicio o el
propio Gèrald. No se trata de un documento real, pese a que lo parezca, sino
que ha sido filmado por Guerín con una cámara de 16 mm. Además, con objeto de reforzar
su verosimilitud, la película aparece deteriorada por la presencia en ella de
abundante grano, manchas y rayones. El pasado cobra vida en esas imágenes. El
cine se muestra como eficaz instrumento de eternidad.
Un presente espectral.
Después
de setenta años, volvemos a la población de Le Thuit. La cámara de Guerín capta,
mediante una sucesión de largos planos fijos, las tranquilas calles de la
localidad francesa y a sus gentes transitando por ellas. La serenidad de las
tomas tiene poco que ver con el vitalismo de la película casera de los Fleury. El
presente es un espectro en comparación con el pasado. La mansión familiar permanece
en pie, habitada ahora por unos descendientes casi siempre ausentes. Viejos
retratos y algunos objetos son lo único que queda de entonces. La composición
pictórica de cada plano se sublima gracias a la extraordinaria fotografía de Tomás
Pladevall. El ritmo es pausado, prácticamente inmóvil. Sólo el continuo tic tac
de los diferentes relojes que hay en la casa subraya el paso de un tiempo que
apenas avanza. La dirección de Guerín, rica en detalles, recuerda al Bergman de
los primeros minutos de Gritos y susurros
(Viskningar och rop, 1972). Cuando
cae la medianoche, las sombras proyectadas por la luna se apoderan de la fachada
y el interior de la vivienda. Es la hora en la que los espectros del pasado
retornan al presente bajo el velo de la oscuridad.

Los secretos revelados del cine.
El
arte cinematográfico supone una manipulación del tiempo. La tira de celuloide
se rebobina y detiene una y otra vez a criterio del director. El objetivo es
revelar lo que antes podía haber pasado desapercibido, como la furtiva historia
de amor entre el tío Etienne y una de las doncellas de la casa. Este tramo es
el más experimental de la obra. Guerín desentraña los secretos de la filmación
y deja en el aire otro: el de la muerte de Gèrald Fleury en el lago, principal
razón de ser del filme. El cine es un misterio en el que no todo tiene que ser
revelado, y ésa es, quizá, la mayor revelación de Tren de sombras.