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Los diez mejores directores españoles.


1. Luis Buñuel (1900-1983).



2. Víctor Erice (1940-    ).



3. Luis García Berlanga (1921-2010).



4. Fernando Fernán Gómez (1921-2007).



5. José Luis Guerín (1960-    ).



6. Juan Antonio Bardem (1922-2002).



7. José Antonio Nieves Conde (1915-2006). El fotograma pertenece a su película Surcos (1951).



8. Edgar Neville (1899-1967).



9. Carlos Saura (1932-    ).



10. Pedro Almodóvar (1949-    ).

Tren de sombras (El espectro de Le Thuit) [1997] de José Luis Guerín.

“La sombra debe su nacimiento a la luz”.
(John Gay)

La madrugada del 8 de noviembre de 1930, el abogado parisino Gèrald Fleury salió en busca de la luz adecuada para completar una filmación paisajística en torno al lago de Le Thuit. Ese mismo día falleció en circunstancias aún no esclarecidas. Poco antes realizó una de sus modestas producciones familiares, la que accidentalmente sería su última película.


Tren de sombras constituye un bello ensayo fílmico con el que el director español José Luis Guerín, rinde homenaje a la infancia del séptimo arte a la vez que ahonda en el inevitable paso del tiempo como elemento de deterioro de la vida y de la propia imagen cinematográfica. Las estampas que lo conforman, fantasmales y poseedoras de un lirismo arrebatador, dan lugar a una de las propuestas más originales e interesantes de la historia de nuestro cine.

El pasado vivo.

Como se apunta en el prólogo, Gèrald Fleury era muy aficionado a rodar películas caseras. La primera parte de Tren de sombras es precisamente una de esas supuestas filmaciones domésticas realizadas por el abogado en los alrededores de su lujoso Château. Son escenas lúdicas y campestres (paseos en bicicleta, baños, picnics, bromas, bailes de máscaras…) protagonizadas por los distintos miembros de la familia Fleury: los niños, el simpático tío Etienne, los abuelos, el personal de servicio o el propio Gèrald. No se trata de un documento real, pese a que lo parezca, sino que ha sido filmado por Guerín con una cámara de 16 mm. Además, con objeto de reforzar su verosimilitud, la película aparece deteriorada por la presencia en ella de abundante grano, manchas y rayones. El pasado cobra vida en esas imágenes. El cine se muestra como eficaz instrumento de eternidad.


Un presente espectral.

Después de setenta años, volvemos a la población de Le Thuit. La cámara de Guerín capta, mediante una sucesión de largos planos fijos, las tranquilas calles de la localidad francesa y a sus gentes transitando por ellas. La serenidad de las tomas tiene poco que ver con el vitalismo de la película casera de los Fleury. El presente es un espectro en comparación con el pasado. La mansión familiar permanece en pie, habitada ahora por unos descendientes casi siempre ausentes. Viejos retratos y algunos objetos son lo único que queda de entonces. La composición pictórica de cada plano se sublima gracias a la extraordinaria fotografía de Tomás Pladevall. El ritmo es pausado, prácticamente inmóvil. Sólo el continuo tic tac de los diferentes relojes que hay en la casa subraya el paso de un tiempo que apenas avanza. La dirección de Guerín, rica en detalles, recuerda al Bergman de los primeros minutos de Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972). Cuando cae la medianoche, las sombras proyectadas por la luna se apoderan de la fachada y el interior de la vivienda. Es la hora en la que los espectros del pasado retornan al presente bajo el velo de la oscuridad.


Los secretos revelados del cine.

El arte cinematográfico supone una manipulación del tiempo. La tira de celuloide se rebobina y detiene una y otra vez a criterio del director. El objetivo es revelar lo que antes podía haber pasado desapercibido, como la furtiva historia de amor entre el tío Etienne y una de las doncellas de la casa. Este tramo es el más experimental de la obra. Guerín desentraña los secretos de la filmación y deja en el aire otro: el de la muerte de Gèrald Fleury en el lago, principal razón de ser del filme. El cine es un misterio en el que no todo tiene que ser revelado, y ésa es, quizá, la mayor revelación de Tren de sombras.


En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerín.

“¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido?”
(San Juan de la Cruz)

Un joven (Xavier Lafitte) regresa a Estrasburgo para buscar a la mujer de la que se enamoró perdidamente seis años atrás.


En la ciudad de Sylvia constituye uno de los trabajos más destacados del cineasta español José Luis Guerín, cuyo singular estilo se sitúa a medio camino entre la poesía susurrada de Erice, el voyerismo de Hitchcock o la impávida trascendencia de Bresson. El filme retrata una obsesión, la del joven enamorado que recorre las calles de la ciudad de Estrasburgo en busca de su amada, a la vez que reflexiona sobre un concepto, el del amor ideal y su naturaleza inasible.


Es una película experimental, no apta para todos los espectadores. En ella la historia es mínima y apenas hay diálogos. Lo verdaderamente importante es la mirada. ¿Está usted, estimado lector, dispuesto a ejercitarla? Guerín alcanza aquí la madurez en el manejo del lenguaje cinematográfico, lo que se manifiesta en la cuidada composición de cada plano, el desarrollo acompasado del tempo o la agudeza a la hora de utilizar el sonido. No hay música extradiegética; la banda sonora está compuesta por el transitar de los peatones, sus conversaciones casi inaudibles, las campanillas de las bicicletas, el ruido de los automóviles o el tañido de los campanarios de las iglesias cercanas. El protagonista, testigo silente de todo cuanto acontece a su alrededor, se traslada de un sitio a otro acompañado de su cuaderno de dibujo, donde esboza el carrusel de rostros femeninos que observa en las atestadas cafeterías de la ciudad francesa. Hay en la cinta un tramo especialmente bello, algunos apuntarán que fastidioso. Me refiero al seguimiento del personaje de Pilar López de Ayala (¿Sylvia?) por parte del protagonista a través de los rincones del centro histórico de Estrasburgo. No recuerdo en el séptimo arte tanta fascinación por una mujer desde el Vértigo de Hitchcock.


En la ciudad de Sylvia es extraña, contemplativa, romántica, hermosa, sugestiva y fascinante. Una obra esencial dentro de la cinematografía española de los últimos tiempos.


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