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Hierro 3 (Bin-jip, 2004) de Kim Ki-duk.

“Es difícil saber si el mundo en que vivimos es sueño o realidad”.

Tae-suk (Hyun-kyoon Lee) es un repartidor de propaganda que tiene por costumbre pernoctar en aquellas viviendas que encuentra temporalmente vacías. En uno de esos domicilios conoce a Sun-hwa (Seung-yeon Lee), una bella mujer que es maltratada por su marido.


El silencio como recurso narrativo. Cuando las palabras se vuelven superfluas y la imagen sujeta al relato. Filosofía oriental aplicada al medio fílmico. Kim Ki-duk es un cineasta peculiar, fastidioso en muchas ocasiones, pero siempre consecuente con su forma de entender el arte cinematográfico. Su figura genera controversia y posiciones enfrentadas. Al contrario que algunos de sus compatriotas, no ha sucumbido a los cantos de sirena procedentes de Hollywood, desarrollando de manera íntegra su carrera como auteur en Corea del Sur.


Bin-jip es la película del director que más me gusta. Admito que quizá sea la única junto con Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom, 2003). Me parece hermosa y sencilla. Carece de la pretenciosidad y el discurso social de otros de sus trabajos. En ella hay auténtica poesía, y el uso que hace de los silencios resulta extraordinario; casi inaudito en el cine moderno. Sus dos personajes principales se enamoran sin tan siquiera hablar (no lo hacen en todo el filme). Les basta una mirada comprensiva, un gesto cariñoso o escuchar juntos una melodía de resonancias árabes. Se trata de un amor puro, platónico, que no ha sido mancillado por el verbo y la palabra. Tal es su pureza que se mantiene aun en la ausencia y la distancia, trascendiendo las limitaciones espaciales para hacerse inasible. Sólo así puede pervivir, como si fuese un espíritu.


La historia está contada con gran sensibilidad. Apenas hay diálogos entre los largos silencios. A falta de frases, los dos actores protagonistas realizan un trabajo gestual fantástico. Las imágenes elaboradas por Kim Ki-duk desprenden un lirismo bello y reposado, lo que provoca que la narración fluya tranquila, como la corriente de un arroyo.

Son diversas las escenas que quedan grabadas en la retina del espectador tras el visionado de Hierro 3, pero seguramente ninguna posea la fuerza poética de la secuencia final. Más que comentarla, invito al lector a que la contemple con sus propios ojos. Inolvidable.


Pietà (ídem, 2012) de Kim Ki-duk.

“¡Quién necesita piedad, sino aquellos que no tienen compasión de nadie!”
(Albert Camus)

Gang-Do (Lee Jung-Jin) es un joven y violento cobrador de préstamos sin escrúpulos. Un día, una mujer (Jo Min-Su) a la que no conoce se presenta ante él para pedirle perdón por haberlo abandonado tiempo atrás. Al parecer, se trata de su madre biológica. 


Penúltima sandez con aspiraciones artísticas del director surcoreano Kim Ki-duk. La cinta se alzó con el León de Oro durante el pasado Festival Internacional de Cine de Venecia. Según cuentan las malas lenguas, obtuvo el premio al beneficiarse de una norma absurda que en los últimos años impera en el festival, y que impide a la película ganadora del máximo galardón, obtener ningún otro reconocimiento dentro de la sección oficial. Fue por este motivo que The Master, de Paul Thomas Anderson, la gran favorita, se quedara sin el preciado trofeo, al haber recibido el León de Plata al Mejor director y la Copa Volpi al Mejor actor (ex aequo para Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman).


Pietà es una especie de parábola sobre la deshumanización de la sociedad contemporánea, cuyo afán materialista termina por desplazar las emociones y sentimientos del individuo hasta el último lugar de su escala de valores. Este discurso pesimista aparece ejemplarizado en el personaje de Gang-Do: un tipo cariestreñido que se pasa el día recorriendo los suburbios surcoreanos con el fin de lisiar a los pobres diablos que no pueden afrontar el pago de sus deudas. Es un monstruo, un auténtico hijo de puta; pero su comportamiento queda justificado por el hecho de que su madre lo abandonase cuando era tan sólo un bebé. O eso es lo que el director pretende hacernos tragar. Un Kim Ki-duk que, como viene siendo habitual en su obra, persevera en el determinismo social como principal causa de los males del mundo. De igual modo mantiene su gusto por la violencia gratuita, los ambientes marginales, la frialdad emocional, el desarrollo plomizo, la vulgar explicitud y los caracteres planos. 


Entre los pocos aspectos reseñables de un filme que resulta bastante mediocre en su conjunto, me gustaría recalcar la dolida interpretación de Jo Min-Su. Lo suyo sí que es amor de madre.


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