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Los diez mejores directores japoneses.


1. Yasujiro Ozu (1903-1963).



2. Akira Kurosawa (1910-1998).



3. Mikio Naruse (1905-1969).



4. Kenji Mizoguchi (1898-1956).



5. Yôji Yamada (1931-     ).



6. Hiroshi Teshigahara (1927-2001).



7. Masaki Kobayashi (1916-1996).



8. Shohei Imamura (1926-2006).



9. Hayao Miyazaki (1941-     ).



10. Isao Takahata (1935-    ).

El rostro ajeno (Tanin no kao, 1966) de Hiroshi Teshigahara.


Okuyama (Tatsuya Nakadai) es un hombre cuyo rostro queda totalmente desfigurado tras sufrir un accidente. Un psiquiatra le hará partícipe de un experimento al colocarle una máscara que parece completamente humana con las facciones de un desconocido.


Escalofriante thriller existencialista que supone la tercera colaboración entre Teshigahara y el escritor y guionista Kôbô Abe, que vuelve a adaptar para la gran pantalla una de sus novelas.

Con claras influencias literarias de obras como El hombre invisible de H.G. Wells, El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson y La metamorfosis de Franz Kafka, con las que comparte el planteamiento de determinados dilemas morales derivados de una transformación física, Tanin no kao reflexiona sobre cuestiones tales como el carácter deleble de la identidad o la importancia de las máscaras sociales en un mundo contemporáneo aquejado de un grave problema de incomunicación; temas que emparentan al filme con la obra maestra de Bergman Persona (ídem, 1966).


De indiscutible sentido metafórico, el relato de Teshigahara indaga magistralmente en la atracción que siente el ser humano hacia la idea de desprenderse del yo para convertirse en un otro que le permita desinhibirse y satisfacer sus deseos más recónditos. Pero también alude a la naturaleza superficial de una sociedad que otorga más importancia a lo que parecemos que a lo que verdaderamente somos. Es ese marco de hipocresía y mascaradas el que determina desde nuestra forma de vestir hasta nuestro comportamiento, reduciendo al mínimo el componente propiamente personal de una identidad fácilmente borrable.

El personaje de Okuyama entiende que para ser debe parecer, de ahí la necesidad que tiene de un rostro que le permita contactar de nuevo con un mundo del que se mantiene aislado (ha dejado de trabajar y su mujer lo rechaza). No obstante, aferrarse a un parecer anónimo con el que alcanza unas cotas de libertad nunca soñadas repercutirá negativamente en la esencia de su ser, que acabará por trastocarse y desaparecer. Como ha desaparecido el de otros tantos individuos en una sociedad que aniquila el yo en beneficio de una colectividad homogénea e impersonal, tal y como muestra Teshigahara en la pavorosa e impresionante secuencia final.


La película posee una turbadora belleza, especialmente en las secuencias que se desarrollan en la consulta del doctor, que coquetean sin pudor con el surrealismo.

Son reseñables las interpretaciones de Tatsuya Nakadai y Machiko Kyô, así como la desasosegante partitura de Tôru Takemitsu.

En definitiva, no duden en visionar esta fascinante y singular película. Quizá les incomode, pero les hará pensar.

La mujer de la arena (Suna no onna, 1964) de Hiroshi Teshigahara.


Un profesor aficionado a la entomología (Eiji Okada) que recorre el desierto en busca de nuevas especies, acabará hospedándose en una cabaña semienterrada en la arena, iniciando una extraña relación con la misteriosa mujer que la habita (Kyôko Kishida) al quedar prisionero del lugar.


Telúrica y fascinante pesadilla que nos brinda, a modo de metáfora, una angustiosa reflexión acerca del aislamiento y el vacío existencial al que está abocado el hombre contemporáneo.

La película adapta una novela de Kôbô Abe, autor conocido por ser una suerte de Kafka a la japonesa, encargándose él mismo de la elaboración del guión.

Magistralmente fotografiado por Hiroshi Segawa, el filme destaca por poseer una desconcertante belleza que conforma una fantasía onírica por momentos cercana al surrealismo, y que está abierta a múltiples interpretaciones.


Puede ser vista como sátira de la vida en pareja, como profunda meditación sobre la negación que sufre el individualismo en una sociedad en la que los intereses de la comunidad se imponen sobre las aspiraciones personales de cada uno, como retrato extremo de la soledad o como simple relato de supervivencia. En cualquier caso, y se vea como se vea, el poderío subyugante de sus imágenes es incuestionable, al igual que su influencia en determinados trabajos de Ingmar Bergman como son las excepcionales Persona (ídem, 1966) y La hora del lobo (Vargtimmen, 1967).

El trabajo de dirección de Teshigahara, que fue nominado al Oscar, resulta excelente. Combinando los planos generales de las dunas, ante las que la presencia humana se torna insignificante, con multitud de planos detalle de insectos y de la piel impregnada de arena y sudor de los personajes.


La experimental banda sonora de Tôru Takemitsu contribuye a reforzar el carácter turbador y desasosegante de una historia que se hace verosímil gracias a la convincente interpretación de sus dos protagonistas, que nos ofrecen un choque de caracteres en verdad destacable.

Suna no onna es una sugerente obra que visualmente nos fascina e intelectualmente nos reconcome. Su visionado no deja indiferente.

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