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Las 10 mejores óperas primas* de la historia del cine.

"La principal marca del genio no es la perfección, sino la originalidad, la apertura de nuevas fronteras".
(Arthur Koestler)

1. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.



2. L´atalante (L´Atalante, 1934), de Jean Vigo.



3. Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles.



4. La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton.



5. Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud, 1958), de Louis Malle.



6. Accattone (ídem, 1961), de Pier Paolo Pasolini.



7. Malas tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick.



8. Hiroshima mon amour (ídem, 1959), de Alain Resnais.



9. La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962), de Andrei Tarkovsky.



10. Le silence de la mer (ídem, 1949), de Jean-Pierre Melville.


*Primer largometraje de ficción de un director en solitario.

Hiroshima mon amour (ídem, 1959) de Alain Resnais.

"¿Cómo iba yo a imaginarme que esta ciudad estuviera hecha a la medida del amor? ¿Cómo iba a imaginarme que estuvieras hecho a la medida de mi cuerpo mismo?"

Una actriz francesa (Emmanuelle Riva) que rueda en Hiroshima una película sobre la paz, conoce a un arquitecto japonés (Eiji Okada) con quien mantiene una fugaz relación amorosa.


El seis de agosto de 1945, la bomba atómica eclosionó brutalmente sobre la superficie de la ciudad japonesa de Hiroshima, provocando la muerte de unas ciento cuarenta mil personas. Otras trescientas cincuenta mil resultaron heridas, presentando malformaciones genéticas producto de la radioactividad que perduran hasta el día de hoy. Quizá ningún otro acontecimiento histórico aúne de manera tan paradójica los conceptos de progreso y barbarie. En un principio, Hiroshima mon amour iba a ser un cortometraje documental al estilo Noche y niebla (Nuit et Brouillard, 1955), pero gracias al guión de la novelista y también cineasta Marguerite Duras, terminó convirtiéndose en el primer largo de Alain Resnais, amén de en uno de los filmes más modernos y sugestivos jamás realizados.


La película, más allá de su mensaje antinuclear y de la historia de amor imposible que relata (en realidad son dos historias de amor), nos habla de la memoria: tema capital en el autor de Muriel. De la memoria entendida como una noción mental en la que el pasado aborda al presente, y en donde los distintos espacios físicos se conciben como uno solo (las ciudades de Hiroshima en Japón y Nevers en Francia). De la memoria y también del temor a que las nebulosas piezas que la conforman, caigan en el profundo (necesario) abismo del olvido.

Un primerísimo primer plano de dos cuerpos abrazados envueltos en polvo radioactivo abre la cinta. Mediante el recurso del fundido encadenado, ese polvo va adquiriendo poco a poco la forma de gotas de sudor que desprenden los cuerpos de los dos amantes mientras hacen el amor. La voz en off de ambos, en constante diálogo, se superpone sobre imágenes de la ciudad de Hiroshima después de la catástrofe atómica. Terribles imágenes de archivo junto a otras del museo del horror de la ciudad, completan un primer tramo extrañamente lírico debido a la prosa poética de Duras y a la minimalista música de Georges Delerue y Giovanni Fusco. A continuación, los amantes innominados (nunca sabremos sus nombres) aparecen tendidos sobre la cama, exhaustos y felices tras su noche de pasión. Son dos desconocidos, pertenecientes a diferentes culturas, que desde ese mismo momento comenzarán a conocerse; a desnudar sus almas el uno frente al otro en un encuentro de poco más de un día que cambiará sus vidas para siempre.


La realización de Resnais resulta extraordinaria en su plasmación y deambulaciones con la cámara por un espacio que es a la vez mental y cinematográfico. Sus indelebles imágenes siguen el ritmo que marca el redundante y quizá excesivamente literario guión de Marguerite Duras.

Por último, subrayar la soberbia interpretación de una por entonces casi debutante Emmanuelle Riva.


El año pasado en Marienbad (L'annèe dernière à Marienbad, 1961) de Alain Resnais.


En un suntuoso hotel barroco, un extraño (Giorgio Albertazzi) trata de persuadir a una mujer (Delphine Seyrig) para que abandone a su marido (Sacha Pitoëff) en virtud de una supuesta promesa que ella le hizo el año anterior, pero de la que dice no recordar nada. 


Pedante, artificioso y plúmbeo ejercicio cinematográfico con el que el director francés Alain Resnais trata de ahondar en los laberínticos recovecos de la memoria con la intención de plasmar la imposibilidad material de dar alcance al objeto/ser deseado. El bizantinismo, la arbitrariedad y lo absurdo se dan la mano en uno de los filmes más flagrantemente sobrevalorados de la historia del cine. 

A partir de un guión pretencioso y reiterativo hasta el hartazgo del novelista y también realizador Alain Robbe-Grillet, Resnais rompe con las reglas convencionales del tiempo y el espacio de manera caprichosa y en absoluto justificada, amparándose en el carácter abiertamente enigmático del relato. El año pasado en Marienbad no ofrece respuestas. Ni tan siquiera plantea las preguntas adecuadas, por lo que el resultado final queda demasiado expuesto a la exégesis subjetiva del espectador; quien, viéndose fácilmente impresionado por las aspiraciones intelectuales y artísticas de la película, puede acabar por elevarla a una categoría del todo inmerecida.


El incoherente y soporífero desarrollo de la cinta, queda compensado, en parte, por su refinada y medida puesta en escena, en la que destacan la hermosa composición de los planos, el hábil manejo de los espacios (esos travellings a través de las lujosas estancias y pasillos del hotel) y la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Sacha Vierny. Los personajes, en cambio, carecen de cualquier tipo de entidad. Tampoco ayuda a la degustación del trabajo, la cargante música para órgano compuesta por Francis Seyrig, que se entremezcla con la supuestamente poética y evocadora voz en off del protagonista (un pelmazo en toda regla).


L'annèe dernière à Marienbad es, a pesar de todo, un filme muy singular, tan atrayente como insufrible; muy alejado, en cualquier caso, de esa pretendida cumbre del séptimo arte que algunos han querido ver.

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