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Philomena (ídem, 2013) de Stephen Frears.

“El fin de nuestra búsqueda será encontrar el punto de partida y conocer el lugar por primera vez”.
(T. S. Eliot)

Después de mantenerlo en secreto durante cincuenta años, Philomena Lee (Judi Dench) revela a su familia que en su adolescencia tuvo un hijo que le fue arrebatado. Ahora, con la ayuda de Martin Sixsmith (Steve Coogan), un ex corresponsal de la BBC, tratará de encontrarlo.


El otrora interesante Stephen Frears, regresa a la actualidad cinematográfica con Philomena, un sobrevalorado telefilme melodramático basado en hechos reales, de desarrollo previsible y cierto tufillo anticatólico, que hará las delicias tanto de las amas de casa (con todos mis respetos para éstas) como de los fabricantes de clínex. La película, de clara vocación comercial, contiene todos los tópicos y clichés del melodrama barato y efectista.


A su favor, cabe señalar que está filmada de manera impecable (demasiado academicista tal vez), bien contada y magníficamente interpretada. Todo lo demás, a excepción de la banda sonora de Alexandre Desplat (el compositor galo es siempre una garantía), resulta bastante impersonal y rutinario. Un cúmulo de topicazos y trampas emocionales cuyo único objetivo es conmover al cada día menos exigente espectador medio. En ese sentido, hay que hacer hincapié en el uso y abuso por parte de Frears de los flashbacks y las filmaciones caseras en pos de la lágrima fácil. Luego está el discurso anticatólico que subyace bajo el texto, tan simplista como que reduce todo a la naturaleza malévola de unas cuantas religiosas reprimidas. Se echa en falta mayor profundidad en la descripción de situaciones y personajes, amén de algo de originalidad en el tratamiento formal y narrativo de la trama. Lo más interesante, a mi entender, es la entrañable convivencia que se establece entre los dos protagonistas, de caracteres, condición social, creencias y nivel cultural muy diferentes.


En definitiva, un trabajo, si no decepcionante, puesto que del realizador británico ya espero poco, sí, cuanto menos, muy discreto. Para pasar el rato y poco más.


Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, 1988) de Stephen Frears.


París, período justamente anterior a la revolución de finales del S.XVIII. La marquesa de Merteuil (Glenn Close) acude a su viejo amante, el vizconde de Valmont (John Malkovich), para vengarse de un hombre que la abandonó. Valmont debe seducir a la joven Cécil de Volanges (Uma Thurman), aunque sus intenciones son las de hacer lo propio con madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer), una mujer casada conocida por su comportamiento íntegro y virtuoso.

 
Exquisita y grandiosa película del irregular Stephen Frears, a la que sólo cabe reprochar cierta precipitación narrativa en su tramo final que le impide alcanzar la absoluta redondez. Se trata, sin ningún tipo de duda, del mayor logro del realizador británico, que firma aquí uno de los títulos imprescindibles del cine de los ochenta.

El filme lleva a la gran pantalla la obra teatral de Christopher Hampton, que a su vez adaptaba la novela homónima de Choderlos de Laclos publicada en 1782.

 La venganza, el engaño, las apariencias, el deseo, la vanidad o el arte de la seducción, son algunos de los temas que sazonan un relato que plasma la imposibilidad de controlar las pasiones y sentimientos desmedidos. La marquesa y Valmont (soberbiamente interpretados por Close y Malkovich) constituyen las dos caras de una misma moneda. Ambos tejerán de forma maquiavélica una vil tela de araña de la que acabarán siendo inesperadas víctimas, desatándose una pérfida y decadente guerra de sexos como consecuencia de un enamoramiento que no estaba previsto. 

 
La cinta se inicia con un montaje en paralelo donde se alternan escenas en las que Valmont y la marquesa son acicalados en sus lujosas estancias y tocadores por una amplia cohorte de criados y doncellas, en lo que debe entenderse como preámbulo de la cruel mascarada que están a punto de perpetrar. Frears, a lo largo del metraje, utilizará de un modo muy inteligente los espejos, asociándolos metafóricamente a la doble cara de estos dos cínicos caracteres.

A pesar de que la reconstrucción de época resulta admirable y suntuosa, el cineasta prefiere detenerse en el complejo juego de rostros en primer plano y miradas expresivas como motor de una narración marcadamente pausada en la que, con frecuencia, se recurre al uso de voces en off que ilustran la continua correspondencia que se establece entre personajes (no olvidemos que la novela de Laclos tiene estructura epistolar). 

 
Tras el torrente de combates dialécticos, perversiones varias e incluso duelos a espada, la película se cierra con un plano muy similar a aquel con el que comenzaba: la marquesa de Merteuil frente a un espejo. Sin embargo, ahora no hay sonrisa alguna en un rostro que se desmaquilla consumido por la vergüenza. La mascarada ha terminado.

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