Tom Garrett (Dana Andrews), escritor de éxito, y Austin Spencer (Sidney
Blackmer), padre de su prometida y dueño de un periódico, deciden poner de
manifiesto el carácter a veces arbitrario de la justicia, a través de un plan
consistente en la colocación de pruebas falsas que incriminen al primero de
ellos en un caso de asesinato.
Fritz Lang se despidió de su etapa norteamericana del mismo modo en el que
la había iniciado veinte años atrás con Furia,
arremetiendo duramente contra las lagunas, defectos y arbitrariedades del
sistema judicial.
Pese al indudable interés que suscita su premisa argumental, una especie
de reverso irónico del hitchcockiano tema del falso culpable, el filme, siempre
eficaz pero nunca brillante, acaba resintiéndose en su desarrollo como
consecuencia de su previsibilidad y de los excesivos y poco creíbles giros de
la trama en su parte final. Tampoco ayuda demasiado el reparto, encabezado por
un soso Dana Andrews y en el que sólo cabe destacar la presencia de Joan
Fontaine.
En cualquier caso, nos encontramos ante una película de Lang, y eso
siempre es sinónimo de claridad expositiva, buen ritmo, caracteres
interesantes, gusto por los detalles y una visión pesimista y fatalista de la
naturaleza humana dada a múltiples reflexiones.
Como ya anticipa el prólogo, en donde se muestra la ejecución en la silla
eléctrica de un preso condenado a muerte, la puesta en escena se caracterizará
por una sencillez y una sobriedad que sólo se alcanzan tras un largo proceso de
depuración formal.
Después de este trabajo, el autor de Metrópolis
regresaría a Alemania para filmar ese fascinante e infravalorado díptico de
aventuras, sabio compendio de toda su obra, que conforman El tigre de Esnapur y La
tumba india.





















