Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, 1956) de Fritz Lang.


Tom Garrett (Dana Andrews), escritor de éxito, y Austin Spencer (Sidney Blackmer), padre de su prometida y dueño de un periódico, deciden poner de manifiesto el carácter a veces arbitrario de la justicia, a través de un plan consistente en la colocación de pruebas falsas que incriminen al primero de ellos en un caso de asesinato. 


Fritz Lang se despidió de su etapa norteamericana del mismo modo en el que la había iniciado veinte años atrás con Furia, arremetiendo duramente contra las lagunas, defectos y arbitrariedades del sistema judicial.

Pese al indudable interés que suscita su premisa argumental, una especie de reverso irónico del hitchcockiano tema del falso culpable, el filme, siempre eficaz pero nunca brillante, acaba resintiéndose en su desarrollo como consecuencia de su previsibilidad y de los excesivos y poco creíbles giros de la trama en su parte final. Tampoco ayuda demasiado el reparto, encabezado por un soso Dana Andrews y en el que sólo cabe destacar la presencia de Joan Fontaine.


En cualquier caso, nos encontramos ante una película de Lang, y eso siempre es sinónimo de claridad expositiva, buen ritmo, caracteres interesantes, gusto por los detalles y una visión pesimista y fatalista de la naturaleza humana dada a múltiples reflexiones.

Como ya anticipa el prólogo, en donde se muestra la ejecución en la silla eléctrica de un preso condenado a muerte, la puesta en escena se caracterizará por una sencillez y una sobriedad que sólo se alcanzan tras un largo proceso de depuración formal.


Después de este trabajo, el autor de Metrópolis regresaría a Alemania para filmar ese fascinante e infravalorado díptico de aventuras, sabio compendio de toda su obra, que conforman El tigre de Esnapur y La tumba india.

Dersu Uzala (El cazador) [ídem, 1975] de Akira Kurosawa.


Una expedición encabezada por el explorador y cartógrafo Vladímir Arséniev (Yuri Solomin), se adentra en la taiga siberiana con el objetivo de llevar a cabo un estudio topográfico del lugar. Dersu Uzala (Maksim Munzuk), cazador menudo perteneciente a la etnia de los Nenets, será su guía a lo largo y ancho del desconocido y vasto territorio. 


Akira Kurosawa decidió dirigir por vez primera fuera de Japón después de que sus últimos trabajos no lograran el reconocimiento merecido, situación que sumió al cineasta en una profunda depresión que incluso le llevó a intentar suicidarse de manera aparatosa cortándose cuello y muñecas. 

Dersu Uzala es una coproducción soviético-japonesa que adapta el libro homónimo de Vladímir Arséniev en el que éste narra sus vivencias junto a un viejo cazador chino en la taiga del Ussuri. El filme, rodado en lengua rusa, obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, lo que supuso un importante impulso a la carrera de un director que, sorprendentemente, siempre fue más reconocido en occidente que en su propio país de origen.


La película nos devuelve al Kurosawa más humanista, ese autor sabio y sereno que conoce como pocos los entresijos del alma humana en su relación con sus semejantes y con el marco natural que la rodea. Y es que Dersu Uzala, además de constituir el más bello tratado que sobre la amistad se haya filmado, supone un canto a la comunión entre el hombre y la naturaleza. Un canto personificado en el entrañable Dersu, individuo bondadoso de creencias animistas y perspicaz conocedor de su entorno, capaz tanto de regañar al fuego por los sonidos que emite, como de entristecerse tras disparar a un tigre porque teme que su acto haya despertado la ira de Kanga, el espíritu protector del bosque. Es precisamente esa ingenuidad primigenia, cuasi edénica, la que despertará la admiración de Arséniev; hombre racional y científico proveniente de un mundo muy diferente al de Dersu, y en el que éste, como veremos en el tramo final del metraje, no tiene la menor cabida.


Son muchos los momentos a rememorar con emoción en esta preciosa obra (la primera despedida entre los dos protagonistas, su posterior reencuentro, la triste historia del anciano chino que vive en las montañas, la tormenta de viento junto al lago helado, el epílogo frente a la improvisada tumba…), que sin ser de las más conocidas ni de las más influyentes de su autor, se eleva, indudablemente, como una de las mejores.


El cebo (Es geschah am hellichten Tag, 1958) de Ladislao Vajda.


En un pequeño pueblo suizo, una niña aparece asesinada en medio del bosque. El vendedor ambulante (Michel Simon) que encontró el cuerpo, es considerado por parte de las autoridades policiales como el principal sospechoso del crimen. Sin embargo, el perspicaz inspector Matthäi (Heinz Rühmann) no cree que sea el asesino, por lo que decide proseguir en solitario la búsqueda del verdadero culpable. 


Los cuentos tradicionales nos han enseñado que, en ocasiones, en lo más profundo y oscuro del denso bosque habita el lobo. Esta moraleja popular ilustra a la perfección lo que encontramos en El cebo, estremecedor y soberbio thriller psicológico que remite temática y estéticamente a la obra de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf.

La película adapta una historia del dramaturgo suizo  Friedrich Dürrenmatt que él mismo, también coautor del guión, novelizaría poco después. Se trata de una coproducción europea en la que fueron partícipes Alemania, Suiza y España. El talentoso cineasta húngaro afincado en nuestro país Ladislao Vajda, fue el encargado de dirigirla.


El filme que nos ocupa, fascinante en su insólita simbiosis entre el horror criminal y el ingenuo e imaginativo mundo infantil, sirve tanto de siniestra fábula como de espeluznante estudio psicopático. El dibujo realizado por la niña asesinada, mezcla de fantasía y realidad y única pista que conduce al autor del sórdido hecho, es el mejor ejemplo de lo que aquí se comenta. Ese folio de trazos torpes y colores varios, resultará clave para diseccionar la desquiciada mente de quien engatusa a las menores con trufas de chocolate y juegos de magia, antes de proceder al exterminio de sus inocentes vidas.

Vajda narra con maestría y con un sentido del suspense envidiable, como cuando hacia la mitad del metraje nos muestra por vez primera al asesino sin revelarnos su rostro; sólo vemos su enorme sombra y sus rechonchas y sudorosas manos. Es un tipo pusilánime, nervioso, de voz aflautada y sometido a una autoritaria mujer con la que convive. La incontrolable bestia que lleva dentro, no podrá eludir el anzuelo que el tenaz y persistente detective ha colocado para conseguir atraparlo.


Las extraordinarias interpretaciones de Heinz Rühmann, el gran Michel Simon y un seboso Gert Fröbe que borda su papel de maníaco perturbado, junto con la espléndida fotografía en blanco y negro de Heinrich Gärtner, completan la redondez de una de las obras maestras imprescindibles de nuestro cine.

El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975) de John Huston.


Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine), dos ex suboficiales del ejército colonial británico degenerados a la condición de granujas desvergonzados, deciden viajar desde la India hasta el lejano reino de Kafiristán, con el objetivo de convertirse en reyes. 


Este maravilloso e inolvidable filme de aventuras, adaptación de una novela corta de Rudyard Kipling, constituye uno de los trabajos más sólidos y destacables de la filmografía de John Huston.

De nuevo, el autor de Vidas rebeldes dejaba clara su enorme capacidad para plasmar en celuloide, una de esas historias sobre perdedores a los que el destino acaba por arrebatar, aunque sea en el último momento, esa pizca de fortuna siempre necesaria para el cumplimiento de los sueños.


Narrada de manera primorosa, la película nos introduce en un territorio vasto y desértico, legendario por su condición de esclavo de una era antigua, en donde las montañas nevadas aparecen custodiadas por gigantes oscuros y los hombres se transforman en dioses al mostrarse inmutables ante las flechas enemigas en el campo de batalla. No obstante, incluso allí, uno de los lugares más recónditos del mundo, habita la belleza femenina; y basta un mordisco suyo para que, como tantas otras veces ha sucedido, todo se vaya al traste.

Huston llevaba décadas queriendo adaptar el texto de Kipling, barajándose a lo largo de los años a distintos actores para encarnar a los dos personajes principales. Humphrey Bogart, Clark Gable, Kirk Douglas, Burt Lancaster, Paul Newman o Robert Redford, fueron algunos de los nombres que sonaron en su momento, aunque serían Michael Caine y Sean Connery, ambos de nacionalidad británica tal y como deseaba el director, quienes finalmente les darían vida. Y la verdad es que la elección no pudo ser más acertada, puesto que los dos realizan una labor difícilmente superable. Una vez finalizadas las poco más de dos horas de metraje de la cinta, el espectador jamás podrá olvidar a estos dos entrañables y dicharacheros bribones.


En definitiva, The Man Who Would Be King es una obra que se mantiene inmarcesible frente al paso del tiempo. Y es que su vivaz y hermoso retrato de lo que significa una auténtica amistad, no dejará de encontrar adeptos generación tras generación.


Frankenstein y el monstruo del infierno (Frankenstein and the Monster from Hell, 1974) de Terence Fisher.


Simon Helder (Shane Briant), joven cirujano de clase alta, es detenido por las autoridades y condenado a permanecer recluido en un manicomio debido a sus amorales y poco ortodoxos experimentos. El barón Frankenstein (Peter Cushing), a quien todos dan por muerto, resulta ser el médico de la susodicha institución, no tardando en convertir a Helder en su más aventajado alumno.


El gran Terence Fisher se despidió del cine tratando de dar una nueva vuelta de tuerca al mito creado por Mary Shelley con Frankenstein and the Monster from Hell, la menos conseguida de las películas que forman  el ciclo que el director dedicó a la figura del mad doctor más brillante y malvado de la historia del séptimo arte.

Pese a constituir un trabajo digno y sumamente entretenido, rematado con la habitual eficacia del autor de Las novias de Drácula, está muy lejos de la maestría alcanzada por algunos de los filmes anteriores, aportando poco o nada a una serie que debe inscribirse con letras de oro en los anales del género fantástico.


Un Peter Cushing muy demacrado físicamente tras la muerte de su esposa, vuelve a encarnar al personaje del barón Frankenstein, que en esta ocasión tendrá a su total disposición a los pacientes de un lúgubre psiquiátrico con el objetivo de llevar a buen puerto sus habituales experimentos sobre la creación de vida humana. Le ayudarán en la ardua tarea un joven entregado a la causa, aunque con mayores escrúpulos que los de su mentor, y una hermosa chica muda llamada Sarah (Madeline Smith). El resultado obtenido será más abominable y grotesco que nunca: un gigantesco ser de aspecto neanderthaloide con el cerebro de un genio matemático y las manos de un hábil artesano. Casi nada.

Pese a contar con menos medios que en otras ocasiones, lo que se manifiesta en la parquedad y escasez de los decorados, Fisher vuelve a tirar de pericia narrativa, saber hacer en el tratamiento de la puesta en escena y unas dosis de pesimismo vital más acentuado que de costumbre para acabar salvando la función. Al fin y al cabo, y esto es una opinión muy personal, nos encontramos ante el cineasta más importante del fantastique de todos los tiempos.


Como curiosidad final, señalar que el monstruo fue interpretado por David Prowse, quien acabaría haciéndose famoso al dar vida al villanísimo Darth Vader en La guerra de las galaxias.

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