Soundtracks: Los siete samuráis (1954) de Fumio Hayasaka.

Por Antonio Miranda.


La partitura para esta mítica producción japonesa de ‘’Los siete samuráis’’ se mueve por matices puramente descriptivos y de apoyo total a la historia en la creación de una atmósfera vital y filosófica que acompaña eficazmente a la aventura.

La primera media hora resulta muy interesante para definir el tono y los matices de una música que, quizá algo olvidada y apartada del gran grupo de obras maestras de la música de cine, juega un papel importantísimo en el global del genial filme de Akira Kurosawa, adquiriendo un valor realmente artístico. Desde unos títulos iniciales marcados, poderosos y firmes (incluso dramáticos) hasta la escena en la que el joven campesino (su aldea es amenazada por unos bandidos) busca y conoce a Kanbei, un samurái cuya imagen pronto es descrita por el compositor en forma de marcha, tan grande y recta como lo es su figura y apariencia y que se formará, desde entonces, como el tema principal de toda la obra. Hayasaka aparece en instantes puntuales, medidos y descriptivos, en la mayor parte de las ocasiones fuera de diálogos. El inicio de la aventura queda cerrado.


Como obra maestra en la historia de la música de cine, sin duda, la partitura, una vez asentada la base de su forma, comienza un desarrollo especialmente estudiado que, sencillo, guarda en sus relaciones el punto fuerte de importancia. Se avecina la búsqueda de los siete luchadores. Hayasaka introduce, ya de lleno, un tema coral que antes se escuchó. Su referencia a la muerte y a la desgracia (que apunta a los campesinos en peligro), nunca es olvidada durante este período de búsqueda y el artista llega a mezclar su presencia, incluso, con las notas más folclóricas y otras que varían el recurrente tema principal, referenciando a la lucha, el espíritu y los ideales (presentados en la obra a través de los samuráis). El dramatismo de la historia es tan alto e importante que los fragmentos corales llegan a sonar durante conversaciones triviales y alegres. Interesantísimo. Ahondando lo justo en la vertiente de la música oriental (especialmente en el segundo tercio de metraje, llegando el grupo a la aldea amenazada), la partitura toma una estructura clásica especial y firme y las cuerdas graves y los coros masculinos sirven de eje principal a toda la obra. Definitivamente, el entramado compositivo que se va generando es, a su vez, otra composición (minimalista) de temas, variaciones, intenciones y estudios.

Hay en ‘’Los siete samuráis’’ de Kurosawa un minutaje muy amplio sin partitura, situaciones que dan pie a tenerla pero que se ‘’divierten’’ con el silencio musical y el sonido de la naturaleza (importantísimo en la película y su director). Este aspecto es clave y con él entenderemos mejor la teoría de la obra compositiva: descripción de ambientes es el punto fuerte de la banda sonora que, casi a la par que su fotografía y sonidos, comparte con el resto de elementos vital sentido en el global. El punto máximo: Katsushiro explora el bosque que rodea la aldea y conoce a la hija de uno de los campesinos. Se funden ahora, por vez primera, sonido natural con partitura y Hayasaka lo hace de una forma tan sutil y fantástica que el Romanticismo vital brota por todos lados en una secuencia tan arrebatadora como pausado y fino es el sentido y la forma del tema que suena de fondo, acompañando esta unión de naturaleza y música y que llega, inevitablemente, a la también unión natural de la especie humana (hombre y mujer se encuentran y se desean). Aparentemente aislada en mitad de la aventura, nos encontramos ante una de las secuencias más intensas del filme. El contraste que provoca la serenidad de la música al chocar con la persecución del samurái a la chica es, ciertamente, hermosísimo.

En el tercio final, con las batallas ya en pantalla, la unión de partitura, naturaleza y acción es directa, clara y final. Los efectos sonoros del entorno y las piezas pausadas (variando siempre el tema principal) suenan en los intermedios de lucha, cuando todavía los protagonistas y la historia tienen intensidad moral e intelectual, sin duda, aún pendiente la aventura de la lucha encarnizada. No suena una sola nota durante las míticas partes de acción; ¿por qué? Hayasaka mantiene su postura inicial y, llegando el desenlace, no iba a ser menos. Su función, únicamente descriptiva, jamás acude al primer plano. No nos cuenta nada sino que, fusionada con la naturaleza en sí, se ha convertido en una pintura más de la atmósfera del filme. Su segundo plano, intencionado, es inteligentísimo. Resultará, a cualquier inquieto del arte y el cine antiguo, admirable la riqueza que nos ofrece su comparación con otros filmes del pasado y, más todavía, de aventuras, cuya decisión final fue la contraria: la narrativa, con énfasis en las partes de lucha. Hablamos, por ejemplo, de la sin igual ‘’Alexander Nevsky’’, con partitura de Sergei Prokofiev, que, también aconteciendo una última y majestuosa batalla, opta por una narración brutal y maravillosa en un primer plano; comparadas ambas posturas, no hacen sino ensalzarse una a la otra a cuál mayor maravilla del arte.

En definitiva, obra maestra por su alma (nunca tuvo cuerpo, acertadamente desechado). Composición apartada de la figuración y que opta por la practicidad en un ejercicio magnífico de buenas formas, terminada estructura y aplicación impecable. Imprescindible creación de cómo se debe hacer música de cine.



Feliz Navidad, Mr. Lawrence (Merry Christmas Mr. Lawrence, 1983) de Nagisa Ôshima.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.
(Henry Miller)

1942, Segunda Guerra Mundial. A un campo de prisioneros japonés situado en la isla de Java, dirigido por el capitán Yonoi (Ryuichi Sakamoto) y en el que el coronel John Lawrence (Tom Conti) actúa como interlocutor entre los oficiales nipones y los prisioneros aliados, llega el irreverente y excéntrico comandante Jack Celliers (David Bowie).


Hay películas cuya peculiar personalidad artística trasciende sus posibles defectos. Es el caso de Merry Christmas Mr. Lawrence, del cineasta japonés Nagisa Ôshima, quien junto a Paul Mayersberg adapta la novela autobiográfica de Laurens van der Post La semilla y el sembrador (The Seed and the Sower, 1963). Aunque, en principio, el argumento del filme pudiera recordar al de El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), la realidad es bien distinta. Lo que era épica, masculinidad y brío narrativo en el clásico de David Lean, se convierte en intimismo, ambigüedad sexual y contemplación lírica en la obra de Ôshima: un complejo y fascinador estudio sobre el choque entre culturas y las relaciones de poder y atracción entre los hombres.


Ya en la primera secuencia de la película, por cierto magnífica, en la que un soldado japonés es obligado a practicarse el harakiri por haber mantenido un encuentro carnal con un prisionero holandés, se esbozan los principales temas a tratar a lo largo del filme: la contraposición entre la cultura oriental y la occidental; entre las emociones y los códigos de honor y conducta; y entre los diferentes estamentos de la jerarquía militar de ambos bandos. En esa secuencia, además, se nos presentan a tres de los cuatro personajes centrales de la trama: el coronel Lawrence (alter ego de van der Post), humanista conocedor de las tradiciones y costumbres del Japón y de su lengua; el sargento Gengo Hara (Takeshi Kitano), oficial a la vez entrañable y brutal; y el capitán Yonoi, un samurái a la vieja usanza que reprime su condición de homosexual por mantenerse fiel a sus rígidos códigos morales. El cuarto personaje en liza, el de Jack Celliers, hace acto de presencia en la segunda secuencia de la obra, igualmente estupenda, en la que es juzgado por un tribunal de guerra tras su captura. En ella, el espectador percibe de inmediato la atracción que el capitán Yonoi comienza a sentir hacia él. De hecho, será la mediación del oficial nipón la que evite que Celliers sea condenado a la pena capital, pasando a ser traslado al campo de prisioneros de Java donde se desarrolla la acción. Como decimos, Feliz Navidad, Mr. Lawrence supone la colisión entre dos culturas, entre dos formas de entender el mundo y, por extensión, la guerra. Esa dualidad Oriente/Occidente se refleja no ya sólo en los personajes de la historia, sino también en el uso de dos lenguas durante el metraje: el japonés y el inglés. Hasta el equipo técnico de la cinta estaba dividido entre profesionales británicos y nipones. Y tampoco parece baladí la elección de David Bowie y Ryuichi Sakamoto para sus respectivos papeles. No olvidemos que, por entonces, Sakamoto era a la música oriental lo que Bowie a la occidental. El propio Sakamoto compuso la inolvidable banda sonora de la película, convertida en todo un éxito internacional de ventas gracias a la versión pop (Forbidden Colours) que el polifacético músico de Nakano hizo del tema principal.


Si la relación entre el coronel Lawrence y el sargento Hara se caracteriza por una complicidad entre los dos no exenta de contradicciones (Hara agrede a Lawrence en diversas ocasiones), la del capitán Yonoi con el comandante Celliers resulta aún más compleja dado el (disimulado) carácter atormentado de ambos. En el caso del primero, debido a su comentada orientación sexual no aceptada; y en el del segundo, por culpa de un acontecimiento de su adolescencia que el director muestra a través de poéticos flashbacks.

Ôshima opta por una narración pausada de los acontecimientos. Su caligrafía visual se basa en lentos movimientos de cámara y una excepcional composición geométrica de planos. La puesta en escena es extremadamente sobria, abstracta por momentos. Sin duda, estamos ante el mejor trabajo de la filmografía del cineasta japonés.

Joya a redescubrir.



La edición de A Contracorriente Films.

El otro Sr. Klein (Mr. Klein, 1976) de Joseph Losey.

“Despertarse cada mañana conlleva un alto riesgo de incertidumbre”.
(Franz Kafka, El proceso)

París, 1942. Robert Klein (Alain Delon) es un acomodado anticuario al que la ocupación alemana del país le ha venido bien para sus negocios. Sin embargo, su vida comienza a complicarse cuando la policía lo confunde con otro señor Klein, al parecer de origen judío.


Desconcertante, misteriosa, confusa y, a todas luces, notable película del gran realizador estadounidense Joseph Losey. Mr. Klein, deudora de la novela inconclusa de Franz Kafka El proceso (y también de El doble, de Dostoievski, aunque en menor medida) tanto por su trama farragosa como por situar a su protagonista (un espléndido Alain Delon, asimismo productor de la cinta) como víctima indefensa de un procedimiento legal que está más allá de su capacidad de comprensión, supone una experiencia “pesadillesca” en torno a la identidad del individuo, al Holocausto y a las inescrutables paradojas del destino. El filme se alzó con tres Premios César, incluyendo los de Mejor película y Mejor director.


Se estima que durante el verano de 1942, alrededor de unos trece mil judíos franceses que habían sido previamente fichados por la policía gala y la Gestapo, fueron detenidos con la colaboración del Gobierno de Vichy para ser enviados a los campos de exterminio que los nazis tenían en la Europa del Este. El punto culminante de estos bochornosos acontecimientos, fue la llamada Redada del Velódromo de Invierno, acaecida entre los días 16 y el 17 de julio, en la que miles de judíos parisinos arrestados por la gendarmería francesa, fueron retenidos en el citado velódromo antes de su posterior deportación. La película que nos ocupa, muestra estos hechos históricos desde lo particular (la figura del señor Klein, confundido por las autoridades con otro señor Klein que es judío) hasta lo general (la multitudinaria y angustiosa secuencia final en el velódromo), optando siempre por un clima de intriga y misterio que mantiene enganchado al espectador desde sus primeros minutos, cuando se produce el error burocrático que da pie al arranque de la trama. A partir de ahí, el personaje principal inicia la búsqueda de su homónimo con el objetivo de demostrar que no se trata de él. Una búsqueda lenta, pausada. Repleta de pequeños detalles y pistas falsas. Y que conduce a una progresiva, cuasi “polanskiana” obsesión del protagonista con su “otro yo”, hasta el punto de llegar a adoptar en ocasiones su identidad.


La soberbia dirección de Losey destaca por el uso de largos planos secuencia, especialmente en las escenas de interiores, las más abundantes, y por la utilización simbólica de los espejos como “representación” de ese otro señor Klein al que nunca vemos, pero que siempre está presente.

Magnífico título.


Las diez mejores 'road movies' de la historia.


1. The Straight Story. Una historia verdadera (The Straight Story, 1999), de David Lynch.




2. Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), de Ingmar Bergman.




3. Malas tierras (Badlands, 1973), de Terrence Malick.




4. Paris, Texas (ídem, 1984), de Wim Wenders.




5. En el curso del tiempo (Im Lauf der Zeit, 1976), de Wim Wenders.




6. Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, 1974), de Wim Wenders.




7. Nebraska (ídem, 2013), de Alexander Payne.




8. Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993), de Clint Eastwood.




9. Extraños en el paraíso (Stranger Than Paradise, 1984), de Jim Jarmusch.




10. Pierrot, el loco (Pierrot le fou, 1965), de Jean-Luc Godard.


La bruja: Una leyenda de Nueva Inglaterra (The VVitch: A New-England Folktale, 2015) de Robert Eggers.

“Los puritanos consideraban que su vida era una guerra, Cristo su capitán, la oración y las lagrimas sus armas, la cruz su bandera y su lema: el que sufre conquista”.
(John Geree)

Nueva Inglaterra, siglo XVII. Una familia de colonos ingleses, formada por un matrimonio y sus cinco hijos, es expulsada de su colonia debido a las discrepancias religiosas del padre con el resto de la comunidad, lo que los obliga a instalarse en un lugar aislado de la región, cercano a un bosque donde se oculta un malévolo poder sobrenatural.


Estupendo, y a ratos escalofriante debut tras las cámaras del joven realizador estadounidense Robert Eggers, quien partiendo de documentos históricos, leyendas populares y folclore de la época, elabora una inquietante película, mezcla de drama familiar y terror psicológico, que plasma con acierto el clima de fanatismo y fervor religioso característico de las comunidades puritanas procedentes de Inglaterra que arribaron al Nuevo Mundo con la esperanza de ver florecer sus vidas y evangelizar territorios inhóspitos. La cinta obtuvo el premio al Mejor director en el pasado Festival de Cine de Sundance.


The Witch: A New-England Folktale, está plagada de símbolos esotéricos asociados a la brujería (especialmente de naturaleza animal), remitiendo por su opresiva atmósfera de religiosidad, culpa y pecado (el filme también muestra las dificultades de los modos de vida de los primeros colonos de Norteamérica), a La letra escarlata (The Scarlet Letter, 1850), la obra maestra de Nathaniel Hawthorne, y por su tratamiento visual, sobrio, a la película Dies irae (Vredens dag, 1943), de Carl Theodor Dreyer, a las Pinturas negras de Goya (El aquelarre) y a los retratos de época del pintor barroco Frans Hals. La dirección de Eggers se caracteriza por el uso de planos fijos y movimientos lentos de la cámara (los travellings de adentramiento al bosque). Con una narrativa pausada, de claro matiz psicológico, La bruja va in crescendo en su progresiva inquietud hasta detonar en un clímax de angustia y paranoia casi insoportable. Tan sólo cabe reprochar a la cinta cierta falta de ambivalencia en el tratamiento de la historia, puesto que la ambigüedad se limita única y exclusivamente al personaje de Thomasin (Anya Taylor-Joy), la hija mayor de la familia y principal protagonista de la obra (“la elegida”), decantándose en el resto del relato por una lectura sobrenatural. Por lo demás, destacar el excelente trabajo llevado a cabo por todo el reparto y la impresionante fotografía de Jarin Blaschke.


Creo que no me equivoco (o sí, nunca se sabe) si afirmo que estamos ante la mejor película del cine de terror de los últimos años junto a Babadook (The Babadook, 2014), de Jennifer Kent, y The Lords of Salem (ídem, 2012), de Rob Zombie. Notable.


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