Las diez mejores películas sobre el CINE.


1. La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), de Theodoros Angelopoulos.




2. El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.




3. Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963), de Federico Fellini.




4. Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952), de Vincente Minnelli.




5. Ed Wood (ídem, 1994), de Tim Burton.





6. Fedora (ídem, 1978), de Billy Wilder.




7. El desprecio (1963), de Jean-Luc Godard.




8. El amateur (Amator, 1979), de Krzysztof Kieslowski.




9. El crepúsculo de los dioses (Sunset Blvd., 1950), de Billy Wilder.




10. El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell.

Círculo rojo (Le cercle rouge, 1970) de Jean-Pierre Melville.

“Cuando dos hombres, incluso si lo ignoran, están destinados a encontrarse un día, cualquier cosa puede pasarles y pueden seguir caminos divergentes, pero cuando llegue el día, inevitablemente, serán reunidos en el círculo rojo”.

Tras pasar cinco años en prisión, Corey (Alain Delon) sale dispuesto a dar el golpe de su vida atracando una joyería parisina. Para ello contará con la ayuda de Vogel (Gian Maria Volonté), un fugitivo escapado, y de Jansen (Yves Montand), un ex policía alcohólico.


En su obra De divinatione (año 44 a. C.), Cicerón define al destino como “la causa eterna de las cosas, en virtud de la cual llegaron a ser los hechos del pasado, son los hechos del presente y serán los del futuro”. Este destino, Moira para los griegos y fatum para los romanos, entendido en su sentido más trágico y fatalista, es el principal tema de Le cercle rouge, obra maestra de Jean-Pierre Melville y principal cumbre del subgénero de robos y atracos junto a Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955), de Jules Dassin.


Durante la primera media hora de metraje, dos tramas transcurren de manera paralela con la ciudad de Marsella como punto de origen. Por un lado, el reputadísimo y eficiente comisario Mattei (André Bourvil) escolta al arrestado Vogel, que es trasladado en un vagón de tren con destino a París. Pese a la vigilancia, éste consigue escapar, organizándose a continuación una multitudinaria batida en el bosque para encontrarlo. Por el otro, Corey, después de salir de prisión, realiza una visita a Rico (André Ekyan), un antiguo socio suyo que no ha querido saber nada de él durante su estancia en la cárcel, y que, para más inri, le ha quitado a la que era su novia. Corey le roba dinero, se compra un automóvil y marcha en dirección París con los matones de Rico detrás de él. Ambas tramas confluyen cuando Vogel, huyendo de la policía, se mete en el maletero del coche de Corey, que almuerza en un restaurante de carretera. Uno y otro terminan haciéndose socios, colaborando en el robo de una lujosa joyería parisina junto con Jansen, un ex policía que sufre de un terrible síndrome de abstinencia por su adicción al alcohol. Mientras tanto, el comisario Mattei continúa con sus pesquisas para atrapar de una vez por todas a Vogel.


Melville, también autor del guión, da una lección de cine en términos de saber narrativo, configuración de personajes, tensión dramática y puesta en escena (¡qué elegante sobriedad!), elevando el género negro como ningún otro cineasta a la categoría de expresión artística. Resulta magistral la larga secuencia del atraco a la joyería, que remite a la de la citada Rififi, y en la que no hay diálogos de ningún tipo durante más de media hora.

En el apartado actoral, subrayar las espléndidas interpretaciones de Montand, Bourvil y un Delon que vuelve a ser Le samouraï.

Memorable de principio a fin.


Hiroshima mon amour (ídem, 1959) de Alain Resnais.

"¿Cómo iba yo a imaginarme que esta ciudad estuviera hecha a la medida del amor? ¿Cómo iba a imaginarme que estuvieras hecho a la medida de mi cuerpo mismo?"

Una actriz francesa (Emmanuelle Riva) que rueda en Hiroshima una película sobre la paz, conoce a un arquitecto japonés (Eiji Okada) con quien mantiene una fugaz relación amorosa.


El seis de agosto de 1945, la bomba atómica eclosionó brutalmente sobre la superficie de la ciudad japonesa de Hiroshima, provocando la muerte de unas ciento cuarenta mil personas. Otras trescientas cincuenta mil resultaron heridas, presentando malformaciones genéticas producto de la radioactividad que perduran hasta el día de hoy. Quizá ningún otro acontecimiento histórico aúne de manera tan paradójica los conceptos de progreso y barbarie. En un principio, Hiroshima mon amour iba a ser un cortometraje documental al estilo Noche y niebla (Nuit et Brouillard, 1955), pero gracias al guión de la novelista y también cineasta Marguerite Duras, terminó convirtiéndose en el primer largo de Alain Resnais, amén de en uno de los filmes más modernos y sugestivos jamás realizados.


La película, más allá de su mensaje antinuclear y de la historia de amor imposible que relata (en realidad son dos historias de amor), nos habla de la memoria: tema capital en el autor de Muriel. De la memoria entendida como una noción mental en la que el pasado aborda al presente, y en donde los distintos espacios físicos se conciben como uno solo (las ciudades de Hiroshima en Japón y Nevers en Francia). De la memoria y también del temor a que las nebulosas piezas que la conforman, caigan en el profundo (necesario) abismo del olvido.

Un primerísimo primer plano de dos cuerpos abrazados envueltos en polvo radioactivo abre la cinta. Mediante el recurso del fundido encadenado, ese polvo va adquiriendo poco a poco la forma de gotas de sudor que desprenden los cuerpos de los dos amantes mientras hacen el amor. La voz en off de ambos, en constante diálogo, se superpone sobre imágenes de la ciudad de Hiroshima después de la catástrofe atómica. Terribles imágenes de archivo junto a otras del museo del horror de la ciudad, completan un primer tramo extrañamente lírico debido a la prosa poética de Duras y a la minimalista música de Georges Delerue y Giovanni Fusco. A continuación, los amantes innominados (nunca sabremos sus nombres) aparecen tendidos sobre la cama, exhaustos y felices tras su noche de pasión. Son dos desconocidos, pertenecientes a diferentes culturas, que desde ese mismo momento comenzarán a conocerse; a desnudar sus almas el uno frente al otro en un encuentro de poco más de un día que cambiará sus vidas para siempre.


La realización de Resnais resulta extraordinaria en su plasmación y deambulaciones con la cámara por un espacio que es a la vez mental y cinematográfico. Sus indelebles imágenes siguen el ritmo que marca el redundante y quizá excesivamente literario guión de Marguerite Duras.

Por último, subrayar la soberbia interpretación de una por entonces casi debutante Emmanuelle Riva.


Soundtracks: Jasón y los argonautas (1963) de Bernard Herrmann.

Por Antonio Miranda.


Partitura poderosa, fastuosa y orgánica. La composición que el genio estadounidense obró para esta mítica película en el mundo de la aventura y los efectos especiales fue de un esplendor estructural envidiable. Organizada en un binomio que ahora veremos y terminada acechando al surrealismo musical, el genial artista confecciona una textura de movimiento de notas y sensaciones pocas veces visto. Ejemplo del riesgo que un ‘’dios’’ real, de carne y hueso y no como los de la película que tratamos, transforma en veracidad y arte.

El filme se inicia con una introducción musical (también argumental) exquisita en la que Herrmann opta por la presencia continua en un ir y venir de detalles en los que, sin tregua, él está presente. Desde la acción trepidante hasta la inquietud dramática (rotundamente instrumentada por los vientos solistas), el genio de ‘’Vértigo’’ emplea una sutilidad encomiable y la habilidad de un espadachín maestro que hiere con extrema rapidez (y sin ser visto) al enemigo inquieto. Las formas, idas y venidas de la música durante los diez primeros minutos son ejemplo a seguir por cualquier estudioso (inicial, medio o avanzado) sobre cómo adaptar una obra a otra, ya sea cual fuere la vertiente artística a trabajar.


Cumplida la primera media hora, enrolados los griegos hacia el fin del mundo en busca del vellocino de oro para así recuperar Jasón su trono, Herrmann ya ha asentado la base absoluta de su trabajo. La vertiente narrativa es total y, de forma inteligente, la adorna sin tapujos mediante la capa gruesa que forma con el tema principal, poderoso y firme: como los dioses. Nos damos cuenta ahora, sobre todo durante la escena que cierra este primer tercio comentado (en la que Jasón pide ayuda a la diosa Hera, que le conduce bajo su consejo hacia una isla salvadora) los dos lados de la música, paralelos a los de la historia: la partitura narrativa se adhiere fielmente a la muchedumbre humana; la composición principal (el tema y sus versiones) nos refleja el poder y la presencia de los dioses. Esta identificable teoría quedará inmediatamente reforzada por la magnífica secuencia del gigante Talos atacando la nave de Jasón, una composición de la misma estructura poderosa, binaria y ‘’tosca’’ que el tema principal, asociándose así, definitivamente, al mundo de los dioses. La regrabación de la partitura original de Bernard Herrmann, en el año 1999, por Bruce Broughton y la ‘’Sinfonia of London’’, nos hacen percibir la grandiosidad del tema (y del resto de la partitura en su escucha aislada) durante la secuencia que comentamos y ofrece, en calidad digital, un deleite ‘’exacerbado’’ de toda la genialidad de esta composición maestra.

La figura de Hércules es importantísima en la partitura de ‘’Jasón y los argonautas’’. Su trascendencia, pocas veces tan crucial en una composición, radica en el ‘’no uso’’ del elemento músico-humorístico. Hércules mantiene, durante la primera mitad del metraje, un punto de humor bien reconocible. Herrmann (y, sin duda, Don Chaffey, el director) opta por no remarcar este matiz, pocas veces visto en pantalla por un músico y que comercializaría directamente con la gracia fácil del espectador, punto éste de un horror marcado cuando lo presenciamos, asombrados, en una sala de cine y bajo la carcajada hiriente del público asistente, que no hace sino reír y reír y convertir el momento en algo ridículo. Herrmann no suena nunca y transforma estos instantes en interesantes apuntes. Gran detalle, casi imperceptible, en una obra atractivísima.


La parte final, cuyo epicentro reside en la escena en la que Jasón y los suyos consiguen el vellocino de oro y escapan, musicalmente hablando no se estructura en torno a un esquema fácil de escuchar; es más, la partitura llega a alcanzar un nivel tan alto y extraño para una película de aventuras que el espectador más relajado podría sufrir una especie de ataque musical, fruto del incesante movimiento de las notas por tonalidades nada fáciles al oído y sí cercanas a un ambiente atonal histriónico. Herrmann crea un desenlace narrativo excepcional y mezcla los dos ámbitos antes indicados, el terrenal y el divino, en un movimiento sinfónico surrealista de vientos, orquesta, pausas y ritmos y que va a encontrar su colofón merecido en la pieza última, la escena ya gloriosa en la que Jasón lucha contra los esqueletos y que el músico se encarga de adornar con una paleta de colores musicales tan variados como nuestra percepción es capaz de captar, origen en cada uno de los movimientos, personajes y detalles que aparecen, desde la comicidad de las criaturas (mediante la recreación de los huesos con los instrumentos de percusión de madera) hasta el amor, pasando igualmente por la narración directísima de una lucha.

En definitiva, obra para recordar, enmarcar y disfrutar dentro de una película entrañable pero que se aleja, en muchos de sus momentos importantes, de los cánones de la música de aventura sin dejar, gracias a la maestría de Herrmann, de representarla.


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