Las diez mejores películas de los años ochenta (lista revisada)*.


El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), de David Lynch.



Toro salvaje (Raging Bull, 1980), de Martin Scorsese.



Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982), de Ingmar Bergman.



Fitzcarraldo (ídem, 1982), de Werner Herzog.



Nostalgia (Nostalghia, 1983), de Andrei Tarkovsky.



El sur (1983), de Víctor Erice.



Ran (ídem, 1985), de Akira Kurosawa.



Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky.



Inseparables (Dead Ringers, 1988), de David Cronenberg.



La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, 1988), de Isao Takahata.

*Las películas que integran la lista aparecen en orden cronológico.

Clásicos del siglo XXI: No es país para viejos.


Título original: No Country for Old Men.

Año: 2007.

Duración: 122 minutos.

País: Estados Unidos.

Director: Joel Coen, Ethan Coen.

Guión: Ethan Coen, Joel Coen (novela de Cormac McCarthy).

Música: Carter Burwell.

Fotografía: Roger Deakins.

Reparto: Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Kelly Macdonald, Woody Harrelson, Stephen Root, Garret Dillahunt, Tess Harper, Barry Corbin, Rodger Boyce, Beth Grant.

Valoración Esculpiendo el tiempo: 






















La espuma de los días (L'ecume des jours, 2013) de Michel Gondry.

"El terreno de lo posible es muy amplio cuando no hay temor a que la luz se encienda". 
(Boris Vian)

Narra la historia de amor entre Colin (Romain Duris), un joven entusiasta y acomodado que no necesita trabajar para vivir, y la encantadora Chloé (Audrey Tautou), desde que se conocen en la fiesta de un amigo común, hasta que ella enferma de gravedad a causa de un nenúfar que crece en su pulmón derecho.


Deliciosa fantasía romántica de corte surrealista que adapta la novela homónima del polifacético Boris Vian (novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz, traductor, periodista e ingeniero), una de las figuras clave del intelectualismo galo del pasado siglo, cuyo estilo imaginativo y sobrecargado le viene como anillo al dedo al peculiar autor de Olvídate de mí (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004), el también francés Michel Gondry.

La película, poseedora de una de las puestas en escena de mayor inventiva de los últimos años (algunos momentos remiten por su magia y artificio al mismísimo Méliès), aborda, casi siempre con tono ligero, temas como el amor, la enfermedad o la muerte. Su luminosidad inicial, remarcada por la bonita fotografía en pastel de  Christophe Beaucarne, se irá consumiendo de manera gradual, igual que la vida de la protagonista, hasta desembocar en un melancólico blanco y negro que prologa con su llegada el final mismo de la existencia.


Para apreciar L'ecume des jours, uno debe liberarse de las pesadas cadenas de la razón y aceptar sumergirse en un universo absurdo. Aquí, los cocineros viven en el congelador, a los timbres le salen patas como si fueran insectos, los zapatos parecen tener vida propia, el baile de moda hace que te crezcan las piernas, se puede pasear por el cielo de París a bordo de una nube mecánica, y lo mismo cae un chaparrón a un lado de la mesa que el sol luce brillante en el otro. Ciertamente no todos esos elementos surrealistas están igual de conseguidos (la recreación del ratón que vive en casa de Colin, por ejemplo, es bastante cutre), y resulta comprensible que el espectador medio pueda verse desbordado ante tanta parafernalia visual. Sobre todo si, como es el caso, ésta se mantiene durante más de dos horas de metraje. 

A mi entender, lo que peor funciona en el filme de Gondry es la subtrama de Chick (Gad Elmaleh), el amigo de Colin que vive obsesionado con el pensamiento del filósofo Jean-Paul Sartre (Jean-Sol Partre aquí). Sí que me parecen magníficas, en cambio, algunas de las metáforas con las que se transmite el estado interior de los personajes, como la progresiva decadencia material de la casa de Colin una vez que Chloé cae enferma. 


Por otra parte, la pareja protagonista está espléndida. En especial Audrey Tautou, una actriz ideal para este tipo de producciones cercanas a la ensoñación dada su mágica presencia en pantalla.

La espuma de los días, una de las propuestas cinematográficas más creativas y arriesgadas de este año.


Gravity (ídem, 2013) de Alfonso Cuarón.

“Los viajes al espacio nos harán inmortales”.
(Ray Bradbury)

Mientras reparan el telescopio Hubble, dos astronautas, la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), quien lleva a cabo su primera misión espacial, y el veterano Matt Kowalski (George Clooney), sufren un aparatoso accidente a causa del impacto de los restos de un satélite que ha sido destruido, por lo que ambos quedan flotando en medio del espacio sin saber cómo regresar a la Tierra.


Mucho se está hablando en las últimas semanas acerca de Gravity, el esperado nuevo trabajo que el director mexicano Alfonso Cuarón ha escrito junto con su hijo Jonás. Cabe señalar que no se trata de una película de ciencia-ficción, tal y como algunos han apuntado de manera errónea, sino de un drama espacial cuya brillantez técnica apenas puede disimular las carencias de un guión simple y repleto de clichés. Me temo que, en este caso, los árboles van a impedir ver el vacío que se esconde tras ellos. Porque, siendo sinceros, no resulta difícil advertir que a Gravity le sobran unas cuantas piruetas y, en cambio, le falta profundidad tanto a nivel argumental como de personajes. ¿Estamos ante un nuevo tótem de la sociedad de la imagen impulsado por la arrolladora propaganda que se desprende de una producción cercana a los ochenta millones de dólares? 


Gravity es una historia de supervivencia y autosuperación que en poco difiere de otros relatos similares que ya hemos visto, salvo por el hecho de que cuenta con el atractivo añadido que le proporciona su portentoso contexto espacial (increíble trabajo de fotografía del también mexicano Emmanuel Lubezki, el auténtico genio del filme). Partiendo de esa anonadante envoltura visual, el director se limita a mantener la tensión de la trama a base del uso y abuso de un mismo esquema que se repite a lo largo de toda la cinta: problema, aparente solución y nuevo problema. Esta reiteración de situaciones desemboca en un desarrollo monótono y hasta cierto punto predecible. ¿O es que acaso alguien duda de cómo va a acabar la película? Luego está el típico vínculo familiar, de carácter traumático aquí, con el que se intenta dotar de profundidad emocional al personaje principal (al menos Cuarón se ahorra los insufribles flashbacks que lo suelen ilustrar). Tampoco falta, como no podía ser de otro modo, el socorrido punto de inflexión a partir del cual ese mismo personaje, que parecía hundido, encuentra las fuerzas necesarias que le permiten seguir adelante.


En favor del filme, al margen de su factura visual, se puede argumentar que sabe transmitir la angustia y desesperación que supone estar perdido en la inmensidad del espacio (eficaz utilización de los planos subjetivos). A ello contribuye la solvente interpretación de una esforzada Sandra Bullock, que realiza uno de los mejores trabajos de su carrera. George Clooney, por su parte, vuelve a hacer de él mismo pero ataviado con traje espacial.

¿Obra maestra? ¿Hito cinematográfico? ¿La nueva 2001: Una odisea del espacio? ¿Lo nunca visto hasta ahora? Nada de nada. Una buena película sin más.


Las brujas de Zugarramurdi (2013) de Álex de la Iglesia.

“Lo fascinante del cine es colocar al espectador en posiciones morales en las que nunca estuvo”.
(Álex de la Iglesia)

Tras cometer un atraco en una casa de empeño de la Puerta del Sol de Madrid, José (Hugo Silva) y Tony (Mario Casas), dos parados con problemas económicos, acompañados por el hijo del primero de ellos, huyen hacia el norte perseguidos por la policía, adentrándose en los bosques de la Navarra profunda, donde todavía habitan viejas brujas sedientas de carne humana.


Viendo sus últimos trabajos, pareciera como si Álex de la Iglesia hubiese entrado ya en esa etapa de su carrera en la que sólo le importa complacerse a sí mismo. Uno puede imaginarse al director bilbaíno pasándoselo a lo grande en la filmación de sus películas, como si se tratase de un niño pequeño emocionado con sus nuevos juguetes. Esto se traduce en un cine cada más personal y, al mismo tiempo, cada vez más prisionero de la incontenible tendencia al desfase y la desmesura del autor de El día de la bestia.


Las brujas de Zugarramurdi es una irregular comedia negra que gravita en torno a la tradicional guerra de sexos en un contexto de crisis económica primero y anacrónica magia negra después. La película hace gala de un sentido del humor chabacano que, salvando las distancias, recuerda al Mariano Ozores de El liguero mágico; aunque con menor contenido erótico pese a la presencia de la exuberante Carolina Bang (ojo al uso que ésta hace de la escoba). El ritmo es bueno y algunas situaciones en las que se ven envueltos los personajes resultan bastante divertidas, lo que permite seguir su entretenido metraje con cierto interés. Al menos hasta el aquelarre final. Un tramo ruidoso, desaforado y estúpido que incluye la aparición de una de las criaturas monstruosas más ridículas que yo haya tenido la oportunidad de ver en una pantalla de cine (estén atentos los amantes de la historia del arte). De ese modo, lo que debería haber sido una celebración de lo femenino, se convierte en un mero espectáculo friki que produce vergüenza ajena. Por el camino quedan, eso sí, momentos muy conseguidos, como el de la parada en la posada y la posterior llegada a Zugarramurdi, donde el equilibrio entre comedia y terror es casi perfecto.


En el apartado interpretativo, Terele Pávez y un sorprendente Mario Casas constituyen la cara, mientras que Hugo Silva y Carolina Bang suponen la cruz. No hay quien se trague la absurda subtrama amorosa que ambos protagonizan.

Lo mejor del filme es su factura visual, con una destacada dirección de fotografía y un magnífico diseño de producción.


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