El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel.


“El misterio es el elemento clave en toda obra de arte”. (Luis Buñuel)

Tras una copiosa cena, un grupo de burgueses queda atrapado en un salón del que no pueden salir por razones aparentemente inexplicables. El encierro se prolongará durante días, provocando que surjan fricciones entre los presentes. 


El ángel exterminador, que inicialmente iba a titularse Los náufragos de la calle Providencia, es uno de los títulos más prestigiosos y aclamados de la filmografía del cineasta aragonés. Transcurrido medio siglo desde que se estrenara en el Festival de Cannes, en donde Buñuel había conseguido la Palma de Oro el año anterior con Viridiana, podemos afirmar con rotundidad que sigue tratándose de una obra portentosa, compleja, turbadora y dada a múltiples lecturas.

Su premisa argumental es muy sencilla: varios miembros de la alta burguesía mexicana (médicos, arquitectos, directores de orquesta, oficiales del ejército…), tras asistir a la ópera, son invitados a la cena que se celebra en la lujosa mansión de los Nobile. La velada acontecerá de un modo más o menos normal hasta que los asistentes decidan retirarse a descansar a uno de los salones principales. Es a partir de entonces cuando la situación se enrarece y enturbia, al comprobar todos y cada uno ellos que, por causas que escapan a su raciocinio, son incapaces de salir del lugar.


¿Qué es lo que pretende transmitirnos el autor de Los olvidados con una trama tan sumamente desconcertante y surrealista? Vayamos con algunas posibles interpretaciones complementarias entre sí:

  • Mordaz sátira sobre el estamento burgués, que vive anclado en sus ridículas y frívolas convenciones (lectura social).

  • Alegoría que muestra la bajeza y mezquindades del individuo cuando éste se ve obligado a convivir con sus semejantes en situaciones extremas y en un espacio reducido (lectura moral con claras reminiscencias del cuadro de Théodore Géricault La Balsa de la Medusa).

  • Castigo divino a una clase social presa de su vanidad y ensimismamiento. La música sacra de los títulos de crédito, el nombre de la calle en la que se ubica la mansión (Providencia) o el hecho de que todos los criados, a excepción de uno, se marchen antes del extraño suceso refuerzan esta interpretación (lectura religiosa). 


Pese a las limitaciones espaciales derivadas de la propia naturaleza intrínseca del relato, Buñuel otorga a la película un gran dinamismo narrativo que nace de su prodigioso sentido de la puesta en escena. La composición de cada plano y los movimientos de la cámara son de una precisión admirable.

Extraña, misteriosa, enigmática, desasosegante y definitivamente genial. Así es El ángel exterminador, obra clave e imprescindible del maestro de Calanda.

Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, 1990) de Tim Burton.


Hace algún tiempo, en la ciudad de Suburbia, en lo alto de una colina presidida por un imponente caserón gótico, un viejo y solitario inventor (Vincent Price) dejó sin acabar la mayor de sus creaciones: un muchacho llamado Eduardo (Johnny Depp) que tenía por manos unas afiladas cuchillas. 


Es posible que no sea del todo objetivo a la hora de valorar un filme que lleva conmoviéndome y haciéndome soñar desde que tengo uso de razón, pero es que uno, que ya va cumpliendo sus años, se siente incapaz de reflexionar acerca de este maravilloso cuento de hadas sin dejarse embargar por el torrente de sentimientos y emociones que su repetido visionado desprende.

Eduardo Manostijeras no es el mejor trabajo de Tim Burton (ese honor corresponde a la excepcional Ed Wood), aunque no tengo duda alguna de que se trata de su obra más personal e íntima; aquella que refleja como ninguna otra la personalidad del extraño autor de Batman.


La película, un cruce entre La Bella y la Bestia y Frankenstein, supone un compendio de los intereses y gustos del cineasta (el romanticismo alemán, el horror gótico, el expresionismo cinematográfico, la subcultura pulp…) que deviene en una tierna fábula sobre las dificultades que entraña ser diferente en una sociedad que se ha autoimpuesto como patrones esenciales la impersonalidad y la homogeneidad. El ingenuo Eduardo compuesto por un Johnny Depp que parece salido del cine mudo, carente de cualquier tipo de malicia al haber vivido en completo aislamiento y cuya caracterización recuerda tanto al Cesare de El gabinete del Dr. Caligari como al líder de la banda The Cure, Robert Smith, es uno de esos personajes marginales e incomprendidos (quizá el más importante de todos) de los que pululan por el imaginativo universo burtoniano. De su mano (¿debería haber dicho tijera?) descubriremos que este mundo, en su inabarcable egoísmo y acritud, no tolera que broten la inocencia y la bondad, no vaya a ser que cunda el ejemplo y deje de ser esa gran mierda que entre todos hemos contribuido a crear.


La sensibilidad mostrada por el director en el tratamiento de personajes y situaciones, su negro sentido del humor, la excelente labor de todo el reparto, el diseño de producción (impresionante el decorado del caserón del inventor) y la emotiva, casi angelical, partitura de Danny Elfman convierten esta extravagante historia en algo inolvidable. 

No sé ustedes, pero yo, cada vez que nieva, al margen de explicaciones puramente meteorológicas, siempre pienso en que el inocente Eduardo, taciturno y con el corazón triste, está tallando alguna de sus extraordinarias esculturas de hielo en su solitario mundo de sombras. Cosas del cine.

Milagro (Kiseki, 2011) de Hirokazu Koreeda.


A consecuencia del divorcio de sus padres, Koichi (Koki Maeda) y Ryunosuke (Ohshirô Maeda), hermanos de unos doce y diez años respectivamente, se ven obligados a vivir separados. Un día, Koichi escucha en el colegio que si uno observa cómo se cruzan dos trenes de alta velocidad, se produce un milagro. Desde ese momento, hará todo lo posible por contemplar el acontecimiento y ver así cumplido el sueño de reunir nuevamente a su familia.


Entrañable, ingenua y deliciosa fábula infantil sobre el mundo de los deseos y sobre la posibilidad de que estos se hagan realidad.

Película tras película, Hirokazu Koreeda sigue consolidándose como uno de los cineastas más interesantes y personales de la cinematografía nipona actual. Su serenidad narrativa, su gusto por el melodrama familiar, su sabia resignación vital y su desprecio hacia la estética hueca lo sitúan como el alumno aventajado del gran Yasujiro Ozu.

En Kiseki, el autor de Nadie Sabe nos presenta la sencilla historia de una familia, entre tantas otras de la actualidad, desintegrada debido la separación de los cónyuges. En estos casos y como suele decirse, no sin razón, son los hijos quienes más sufren, sobre todo si, como en la obra que nos ocupa, estos son pequeños. 


Koichi vive junto con su madre y sus abuelos en la ciudad de Fukuoka, mientras que Ryunosuke lo hace con su padre, un músico algo bohemio, en Kagoshima. Cada uno de ellos ha respondido de manera diferente a la ruptura: el hermano mayor parece triste y cabizbajo; el pequeño, por su parte, siempre porta una sonrisa. Que Koreeda exponga a ambos ante situaciones similares (las idas y venidas del colegio, las reuniones con los amigos, la vida en casa…), le sirve precisamente para enfatizar sus diferencias. Dos escenas oníricas resultarán clave para entender el porqué de ambas actitudes: en el sueño de Koichi, su familia disfruta de un feliz picnic en el campo; en el de Ryunosuke, en cambio, asistimos a una fuerte discusión. Esa visión opuesta de la convivencia familiar lo explica todo.


Del filme, al que se le debe achacar cierta redundancia de motivos y una duración excesiva, me quedo con su bonita moraleja: lo verdaderamente importante no es que nuestros sueños se cumplan, sino todo lo que hacemos en el camino que nos conduce a ellos. Que finalmente los alcancemos o no, es lo de menos.

Vampiros de John Carpenter (John Carpenter's Vampires, 1998).


Jack Crow (James Woods) y su grupo de caza-vampiros se encuentran en Nuevo México para llevar a cabo una misión. Allí tendrán que enfrentarse a Jan Valek (Thomas Ian Griffith), un poderoso vampiro que busca una antigua reliquia religiosa con la que celebrar un ritual que le permita soportar la luz del sol. 


Con un tratamiento estético cercano al western, el irregular John Carpenter alumbró este gamberro, vacilón, sanguinolento, desmitificador, bruto, demencial y entretenidísimo ejercicio fílmico con el que trataba de poner al día y revitalizar el ya manido mito de los vampiros.

La película, ecléctica en cuanto a su concepción, debe tanto al cine de Terence Fisher y George A. Romero como al de Howard Hawks y Sergio Leone. Es precisamente en esta mezcolanza de géneros e influencias donde reside buena parte de su encanto.


El filme posee un arranque magnífico y lleno de acción con el asalto inicial al nido de “chupasangres” y la posterior venganza del vampiro maestro en el motel de carretera (ojo al mordisco en la entrepierna que recibe la imponente Sheryl Lee, la Laura Palmer de Twin Peaks). A partir de ahí, la cinta gravitará en torno al juego más o menos convencional del gato y el ratón que se establece entre Crow y Valek. Carpenter no inventa nada, pero consigue mantener el interés del espectador, a la espera del enfrentamiento final, gracias a su buen pulso narrativo.

Uno de los mayores aciertos de la película es la perfilación carismática de su personaje principal: duro, viril, malhablado y machista; ataviado con gafas de sol, cazadora de cuero, vaqueros ceñidos y una ballesta con la que reventar “sanguijuelas”. James Woods realiza un trabajo espléndido al respecto.


John Carpenter's Vampires no es una obra redonda ni tampoco pretende serlo. Su único objetivo es servir de terrorífico entretenimiento. Y vaya si lo consigue.

Ensayo de un crimen (1955) de Luis Buñuel.


Archibaldo de la Cruz (Ernesto Alonso) es un burgués acomodado que, como consecuencia de un acontecimiento de su infancia, se ve asediado por una serie de fantasías homicidas que trata de llevar a cabo sin demasiado tino. 


Ensayo de un crimen, también conocida como La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, es una de las más interesantes películas rodadas por el cineasta aragonés durante su etapa mexicana. El guión, del propio Buñuel y Eduardo Ugarte, supone una adaptación libre de una novela de Rodolfo Usigli. 

En esta brillante sátira con infructuoso asesino en potencia como protagonista, Buñuel arremete, una vez más, contra los gustos y costumbres de la burguesía a través del personaje de Archibaldo de la Cruz (espléndida interpretación de Ernesto Alonso), un pobre diablo que infunde más lástima que temor. Un tipo solitario, de mediana edad, fetichista, con complejo de Edipo y probablemente virgen al que las mujeres utilizan. Sí, esas mismas a las que desea asesinar y que, irónicamente, acaban muriendo por circunstancias ajenas a sus actos.


Qué maestría la del genio de Calanda a la hora de realizar grandes filmes con exiguos presupuestos (en ese aspecto sólo se le puede comparar Orson Welles). Y todo gracias a su talento narrativo, a su preciso e inventivo sentido de la puesta en escena, y a su irrepetible habilidad para revestir el surrealismo de realidad y hacer de la realidad algo surrealista. 

El prólogo de la cinta, un recuerdo de la infancia mimada de Archibaldo, resultará clave para entender sus pulsiones asesinas de adulto: la caja de música y su melodía, la institutriz y esa bala perdida que entra por la ventana, la muerte y una sensación placentera de poder… las bases de una futura psicopatía han quedado establecidas.


No me olvido de la secuencia del maniquí de Lavinia (la malograda Miroslava Stern), también esencial y que refuerza esa dualidad (realidad e irrealidad) que impregna todo el relato. Trágica coincidencia la del horno en el que Archibaldo lo hace arder, puesto que, semanas después del rodaje, la actriz se suicidaría tras sufrir un desengaño amoroso con el torero español Luis Miguel Dominguín. Su cuerpo, al igual que el de su efigie en la gran pantalla, sería pasto de las llamas del crematorio. 

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