Delicias de horror gótico: el ciclo que Roger Corman dedicó a la obra de Edgar Allan Poe.


“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia”. (Edgar Allan Poe).



- La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960).

El filme que inicia el ciclo no sólo es el más conseguido de todos, sino que también es el que de forma más fiel refleja el espíritu de los textos de Poe. En él encontramos muchas de las constantes que caracterizarán al resto de la serie: locura, caracteres atormentados, atmósferas mórbidas, escenografías neblinosas, extrañas enfermedades, secuencias oníricas de tono psicodélico, estancias lóbregas, criptas, pasadizos secretos… Vincent Price realiza la más brillante performance de toda su carrera encarnando a Roderick Usher, uno de los personajes más fascinantes salidos de la pluma poeniana.



- El péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961).

Inspirada levemente en el relato El pozo y el péndulo, esta cinta se muestra como una de las menos logradas del ciclo a pesar de que cuenta con una magnífica ambientación del interior del castillo en el que transcurre la acción. La redundancia de flashbacks borrosos y una interpretación demasiado sobreactuada de Price no ayudan al resultado final de un filme que, no obstante, se sigue con agrado por los amantes del género.



- Historias de terror (Tales of Terror, 1962).

Esta película está compuesta por tres historias en las que se adaptan los relatos Morella, El gato negro (en cuya trama hallamos claras referencias a El tonel de amontillado, otra imprescindible creación poeniana) y Los hechos en el caso del señor Valdemar. La más conseguida es la última, en la que destaca la gran presencia de Basil Rathbone. El irrepetible Vincent Price interpreta un papel en cada uno de los episodios.



- La obsesión (Premature Burial, 1962).

El único filme del ciclo no interpretado por Vincent Price. El actor británico Ray Milland es el encargado de protagonizar esta película que se inspira en el relato El entierro prematuro. El resultado es magnífico, ya que Milland interpreta con solvencia a un personaje angustiado al que le obsesiona la idea de ser enterrado vivo al creer que sufre catalepsia. Corman nos regala otra deliciosa y elegante puesta en escena de neblinosa apariencia, mostrando un indudable talento a la hora de suministrar de forma progresiva los elementos de suspense que dotan al relato de una tensión que va in crescendo. En esta película vislumbramos influencias que van desde el Vampyr de Dreyer (la secuencia del entierro que se plasma mediante el punto de vista subjetivo de quien está siendo enterrado) hasta el episodio que Hitchcock filmó para la primera temporada de su serie Alfred Hitchcock presenta, titulado Angustia, y que estaba protagonizado por el gran Joseph Cotten.



- El palacio de los espíritus (The Haunted Palace, 1963).

Aunque se la suela incluir dentro del ciclo porque en sus créditos iniciales se hace referencia a que se inspira en un poema del autor de Los asesinatos de la calle Morgue, poco tiene que ver esta película con Poe, ya que en realidad se trata de una adaptación libre de la novela corta de H. P. Lovecraft El caso de Charles Dexter Ward. En cualquier caso nos encontramos ante uno de los mejores trabajos de Corman, su más oscura incursión en un género que dominaba a la perfección. Huelga decir que Price vuelve a estar espléndido en su doble rol, ya que interpreta tanto al brujo Joseph Curwen como a su descendiente Charles ¿Conseguirá invocar a los dioses oscuros mediante el Necronomicón para que dominen el mundo?



- El cuervo (The Raven, 1963).

La cinta más floja de todas las que componen el ciclo. Una no demasiado interesante sátira cuyo único atractivo reside en ver juntos en pantalla a tres iconos del género como Vincent Price, Boris Karloff y Peter Lorre. Toma su título del famoso poema de Poe publicado en 1845.



- La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death, 1964).

Probablemente nos encontremos ante el filme más sofisticado y ambicioso desde el punto de vista artístico de todo el ciclo, de ahí que para muchos sea el mejor. Adapta la obra homónima de Poe, cuya trama se mezcla hábilmente con la de Hop-Frog, otro relato breve del escritor de Boston. Price está magnífico en la caracterización del perverso y satanista príncipe Próspero. Para el recuerdo queda la última secuencia de la película, en la que la Muerte Roja irrumpe en la fiesta de disfraces que se celebra en el castillo contaminando de la mortal plaga a todos los allí presentes.



- La tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1964).

La película que cierra el ciclo es esta libre adaptación de uno de los relatos más estremecedores de Poe. En su prólogo encontramos un homenaje a otro de los maestros del cuento de terror clásico; nos referimos a Ambrose Bierce y a su relato El funeral de John Mortonson. Price vuelve a componer de forma notable el retrato de un hombre atosigado por el recuerdo de su fallecida esposa. Visualmente se trata de uno de los filmes más interesantes de la serie gracias, en parte, a la excelente fotografía de un profesional made in Hammer como era Arthur Grant y a la filmación de hermosos planos exteriores (toda una rareza en Corman) en los alrededores de una vieja abadía.



El tigre de Esnapur/La tumba india (Der Tiger von Eschnapur/Das Indische Grabmal, 1959) de Fritz Lang.


Un arquitecto alemán (Paul Hubschmid) es contratado por el maharajá de Esnapur (Walter Reyer) para que planifique la construcción de determinados edificios. En su camino hacia el reino, conoce a una bailarina llamada Seetha (Debra Paget), surgiendo el amor entre ambos. Sin embargo, la pareja tendrá que hacer frente a los sentimientos del poderoso soberano, quien también está enamorado de la hermosa fémina.


En su regreso a Europa tras su periplo americano, Lang dirigió este maravilloso díptico de aventuras (en realidad se trata de una sola película, pero debido a su larga duración se decidió dividirla en dos partes) que supone una de las cumbres incontestables del género.

Lejos de ser esa obra menor que algunos han pretendido ver, El tigre de Esnapur y La tumba india configuran una excepcional pieza de madurez en la que el cineasta vuelve a reflexionar sobre algunos de los temas que le obsesionaron a lo largo de su carrera.


No se trata de una simple película de aventuras, ya que si miramos bajo la deslumbrante capa de entretenimiento que la recubre, nos toparemos con una profunda disertación sobre la dualidad humana, manifestada tanto en los sentimientos encontrados como en las circunstancias contrapuestas que el filme nos expone: el amor frente al odio, la fidelidad frente a la traición, el poder frente a la servidumbre, la opulencia frente a la miseria, la civilización frente a la barbarie, las creencias religiosas frente al racionalismo… El mismo palacio en el que reside el maharajá sirve como metáfora de las contradicciones que habitan al ser humano, contrastando la fastuosidad de sus jardines y estancias con el carácter lóbrego y sombrío de las cuevas subterráneas que esconde. Esa dualidad ya la encontrábamos en la ciudad futurista de Metrópolis (1927), y anida en buena parte de los personajes que pueblan la extensa filmografía langiana. 


Narrado magistralmente y haciendo gala de un sugerente uso del color, el relato se ubica en el exótico e imaginario reino de Esnapur, situado en la India, aunque realmente parezca salido de entre las páginas de algún cuento oriental.

El inteligente aprovechamiento del marco arquitectónico, el sabio manejo de los espacios y la portentosa belleza de los encuadres, se suman a lo anteriormente citado otorgando al conjunto la categoría de rotunda obra maestra.


Mención aparte merece la sensual danza de Debra Paget bajo la monumental escultura de la diosa del templo. Todo un atrevimiento para la época.

Las obras clave de Hitchcock durante su etapa británica.



- El enemigo de las rubias (The Lodger, 1927).

The Lodger es el filme que plantó las bases del género de suspense y la primera obra verdaderamente hitchcockniana. Con una puesta en escena claramente influenciada por el expresionismo alemán, la película adapta una novela de Marie Belloc Lowndes que versaba sobre la figura de Jack el destripador. Los productores obligaron a Hitchcock a modificar el final ambiguo que tenía pensado, y es que no querían que una estrella de la época como Ivor Novello pudiera aparecer como un asesino en pantalla. Años más tarde, ya en Hollywood, le ocurriría algo similar con el personaje de Cary Grant en Sospecha (Suspicion, 1941).

En 1944 John Brahm realizaría una nueva adaptación del texto de Belloc en Jack el Destripador (The Lodger), una magnífica película en la que el misterioso inquilino, interpretado en este caso por Laird Cregar, acababa revelándose como el autor de los asesinatos.


- La muchacha de Londres (Chantaje) (Blackmail, 1929).

Blackmail empezó a rodarse como un filme mudo, pero acabó convirtiéndose en la primera película sonora de su autor. Lejos de aplicar la nueva técnica de manera convencional, Hitchcock introdujo algunas novedades en el uso del sonido (véase la famosa secuencia en la que la protagonista se atormenta al escuchar la palabra cuchillo, recordándole el truculento acto que había cometido con anterioridad) demostrando un afán experimental y vanguardista que jamás le abandonaría durante el resto de su carrera. Por otra parte, la persecución final por los tejados del British Museum no deja de ser inolvidable.


- El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934).

Esta película siempre me ha parecido uno de los ejemplos más elocuentes del nivel de perfección técnica alcanzado por Hitchcock durante su etapa inglesa. Dos décadas más tarde volvería a rodar (y a mejorar) la misma historia en la ya mítica versión de 1956 junto a James Stewart y Doris Day. No obstante, en la presente obra el villano, interpretado por el gran Peter Lorre, es mucho más interesante, y en la misma ya encontramos la memorable secuencia del Royal Albert Hall de Londres.


- 39 escalones (The 39 Steps, 1935).

Sin duda estamos ante una de las cimas de esta etapa, un filme que ejercería gran influencia en muchas de sus obras posteriores. De hecho, podemos considerarla como una especie de borrador de Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), una de sus indiscutibles obras mayores. Esta comedia de suspense, de ritmo trepidante, es tan inteligente y entretenida que el espectador no podrá apartar sus ojos de la pantalla hasta que descubra qué se esconde tras los 39 escalones…


- Alarma en el expreso (The Lady Vanishes, 1938).

Probablemente Hitchcock había visto El expreso de Shanghai (Shanghai Express, 1932) de Josef von Sternberg, filme que en su mayor parte también se desarrollaba en el interior de unos vagones de tren, antes de demostrar su impresionante dominio de la puesta en escena en esta deliciosa película en la que encontramos romance, humor, suspense y espionaje internacional. La acción tiene lugar en un país imaginario que nos recuerda mucho a la Alemania nazi, y supone todo un alarde de técnica cinematográfica. Plagada de trucos y artificios (Hitchcock siempre fue un ilusionista), la cinta se basa en una leyenda urbana francesa que el director volvería a llevar de forma más fidedigna a las pantallas, en este caso televisivas, años más tarde en su famosa serie Alfred Hitchcock presenta.

The Fighter (ídem, 2010) de David O. Russell.

Dicky Eklund (Christian Bale) es un ex boxeador conocido fundamentalmente por haber derribado en un combate al mítico Sugar Ray Leonard. Con los años se ha convertido en un drogodependiente que entrena a su hermano menor Micky (Mark Wahlberg) con el objetivo de convertirlo en un gran púgil.


Resulta evidente que la industria de Hollywood siempre se ha sentido atraída por el mundo del boxeo; ámbito sórdido y asociado a la marginalidad en el que las historias dramáticas y de autosuperación emergen con suma facilidad.

A la memoria de cualquier cinéfilo se asoman clásicos como El ídolo de barro (Champion, 1949) o Más dura será la caída (The Harder They Fall, 1956), ambas de Mark Robson; filmes populares como Rocky (ídem, 1976) de John G. Avildsen y la mediocre saga que generó; cintas fallidas como Ali (ídem, 2001) de Michael Mann; estimables como Cinderella Man (ídem, 2005) de Ron Howard o simplemente memorables como Toro salvaje (Raging Bull, 1980) de Martin Scorsese, Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947) de Robert Rossen o Million Dollar Baby (ídem, 2004) de Clint Eastwood.

Ahora nos llega The Fighter, una película menor basada en hechos reales que sorprendentemente ha sido muy bien acogida por buena parte de la crítica norteamericana, y en la que lo único verdaderamente reseñable es la soberbia interpretación de Christian Bale.


El guión no acaba de convencer en su somero tránsito por diversos subgéneros como el drama pugilístico, el familiar, el carcelario o el social vinculado a la problemática de la adicción a las drogas. Tanto en la descripción de personajes como en la exposición de relaciones y situaciones que afrontan, se atiene a clichés y tópicos resobados, conduciéndonos por escenarios demasiado comunes y rutinarios en este tipo de historias. Incluso peca de indeciso a la hora de decidirse por un protagonista principal que asuma el peso del relato, lo que le obliga a seguir el periplo vital de los dos hermanos cayendo en paralelismos simplones con los que se intenta dotar de una mayor carga dramática al vínculo emocional que los une.

En su objetivo de parecer más realista, ya que como se ha dicho se basa en acontecimientos reales, la cinta busca acercarse en determinados momentos al documental (véanse las declaraciones de los hermanos, tanto en el prólogo como en el epílogo, dirigidas directamente a la cámara de unos periodistas que realizan un reportaje sobre Dicky), presentando las secuencias de combates como si de retransmisiones televisivas se tratasen.


Bale se muestra sublime en su caracterización de yonki pirado, encontrando excelentes réplicas en las interpretaciones de Amy Adams y Melissa Leo. El que no está a la altura del trabajo de sus compañeros de reparto es el soso e insípido Wahlberg.

A favor del filme cabe señalar su impecable realización técnica y su buen ritmo, que al menos lo convierte en un producto entretenido aunque carezca de la fuerza y la emotividad necesarias.

El caserón de las sombras (The Old Dark House, 1932) de James Whale.

Philip Waverton (Raymond Massey), su esposa Margaret (Gloria Stuart) y el dicharachero Roger Penderel (Melvyn Douglas) viajan durante la noche en automóvil con destino a Shrewsbury, quedando atrapados como consecuencia de una terrible tormenta. Acabarán buscando refugio en un viejo caserón en el que viven Horace Femm (Ernest Thesiger), su hermana Rebecca (Eva Moore) y un mayordomo mudo llamado Morgan (Boris Karloff). En medio de la velada llegarán a la casa otros dos viajeros, el ricachón Sir William Porterhouse (Charles Laughton) y su compañera Gladys (Lilian Bond). Lo que ninguno de los visitantes sabe, es que en el caserón también habitan otros dos miembros de la extraña familia…


Extravagante y terriblemente encantador relato noctívago que supone una de las mejores obras del gran James Whale.

Se trata de una brillante adaptación de la novela Perdidos en la noche de J. B. Priestley, con la que la Universal pretendía prolongar el éxito que el año anterior había obtenido con otras cintas de terror como Drácula o Frankenstein. Esta última también dirigida por el propio Whale.

Hay que considerar 1932 como un año esencial dentro del género, ya que en el mismo se filmaron algunas obras claves como La parada de los monstruos (Freaks) de Tod Browning, La momia (The Mummy) de Karl Freund, El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game) de Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel, La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls) de Erle C. Kenton, La legión de los hombres sin alma (White Zombie) de Victor Halperin o la cinta que ahora nos ocupa.


The Old Dark House es el primer filme de horror que nos presenta a una familia condenada por el estigma de la locura, tema muy arraigado en la literatura gótica, antecediendo a todas esas películas en las que aparece un grupo de parientes perturbados como Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, 1944) de Frank Capra o La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) de Tobe Hooper, por citar dos de los ejemplos más conocidos y con los que la cinta de Whale guarda más de un punto de conexión.

La presente obra también debe ser considerada, tal y como ha afirmado el escritor Ángel Gómez Rivero, como uno de los exponentes más destacados del subgénero de “casas malditas”, cuyo filme fundacional sería El legado tenebroso (The Cat and the Canary, 1927) de Paul Leni.

El guión de Benn W. Levy rezuma el típico humor negro whaleiano, además de poseer cierta irreverencia religiosa y contener referencias más o menos veladas al sexo y a la homosexualidad. Sólo la típica subtrama amorosa que había que introducir en las producciones de la época para contentar al público, chirría en un conjunto que destaca por su ácida inteligencia.


La expresionista puesta en escena se caracteriza por la sutilidad en el juego de luces y sombras que pueblan el interior del caserón, otorgándole vida propia y enfatizando su carácter lóbrego y amenazante.

La película cuenta con uno de los repartos más estimulantes de la década de los treinta, en el que Karloff interpreta nuevamente a un personaje sin habla, al igual que sucediera con la criatura de Frankenstein, logrando crear con sus gestos y presencia otro icono del género.

El caserón de las sombras es una cinta imprescindible dentro del terror clásico, por lo que su visionado resulta obligatorio.


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