El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) de Hayao Miyazaki.

“Nada de lo que sucede se olvida jamás, aunque tú no puedas recordarlo”

Chihiro, de unos diez años de edad, viaja junto con sus padres hasta su nuevo hogar. Un desvío mal tomado, los lleva a un misterioso túnel que conduce a un parque temático abandonado. Allí, los padres de la niña se convierten en cerdos, y ésta se ve atrapada en un mundo de fantasía.


El viaje de Chihiro, una suerte de Alicia en el país de las maravillas a la japonesa, constituye uno de los trabajos más reconocidos del cineasta nipón Hayao Miyazaki. Con una prodigiosa técnica basada en el dibujo a mano de cada plano trazo a trazo, la película introduce al espectador en un deslumbrante mundo de fantasía donde, de un modo surreal y colorista, se funden el folclore y la mitología del país del sol naciente. Una verdadera delicia para los sentidos no exenta de reflexión, a la que, no obstante, cabe reprochar un excesivo metraje y cierta farragosidad narrativa en su segunda mitad.


El filme ensalza valores humanos como la valentía, el esfuerzo, la amistad o el amor en un contexto imaginario. Una vez que sus padres se tranforman en cerdos después de haberse atiborrado de comida, en lo que parece un claro guiño a La odisea de Homero, la pequeña Chihiro tendrá que valerse por sí misma en un mundo que sólo despierta al anochecer. Espíritus, dioses, dragones, brujas y criaturas de todo tipo pululan por ese inagotable universo creado por el autor de Mi vecino Totoro. Resulta difícil olvidar a personajes como la vieja Yubaba, directora de los baños termales; a su hijo Bo, un bebé gigante con muy malas pulgas; a Kamaji, el encargado de las calderas con seis brazos; a Sin Rostro, un misterioso espectro de insaciable apetito; o a Haku, el aprendiz de Yubaba que ayuda a Chihiro en su gran aventura. Es verdad que la cinta se edulcora por momentos, que se enreda en determinados pasajes y que se torna infantil en su tramo final; pero ello no impide reconocer su asombrosa inventiva visual.


Quizá no sea la obra maestra que algunos predican. A mí, personalmente, no me lo parece. Sin embargo, sí que se trata de uno de esos escasos títulos que otorgan notoriedad a un género que nunca ha tenido la consideración que posiblemente merecía. Imprescindible.


Memento (ídem, 2000) de Christopher Nolan.

“No me acuerdo de olvidarte”.

Debido a un fuerte golpe en la cabeza, Leonard (Guy Pearce), investigador de una agencia de seguros, pierde la memoria a corto plazo, por lo que  no puede almacenar nuevos recuerdos. Encontrar al hombre que asesinó a su mujer se ha convertido en su obsesión; para ello hace fotografías y se tatúa en el cuerpo cualquier dato que lo pueda conducir hasta él.


Si tenemos en cuenta que Christopher Nolan es un deficitario contador de historias (en ese sentido me recuerda mucho a Ridley Scott, otro director sobrevalorado), no debe sorprender a nadie que su mejor película siga siendo aquella que precisamente se erige sobre los fragmentos de una narración deconstruida. Memento, basada en el relato corto Memento Mori, escrito por su hermano Jonathan Nolan, empieza por el final y acaba por el principio. Dicho de otro modo, está contada al revés. Constituyendo esa inversión de la lógica narrativa su principal logro, puesto que la historia en sí carece de profundidad y no va más allá del thriller psicológico convencional.


El filme se abre con el primer plano de una mano agitando una fotografía hecha con una cámara polaroid. Lo curioso es que la imagen que en ella aparece, la de un cadáver, va despareciendo progresivamente en lugar de ir revelándose. A continuación se verá que esto sucede porque la acción en cuestión está filmada en sentido inverso al natural. Es decir, como si fuese una cinta de vídeo rebobinada hacia atrás. Nolan anticipa así la estructura que va a mantener a lo largo de la película, con la que pretende que los espectadores se vean inmersos en la misma confusión que acucia al protagonista. Sabemos lo que está ocurriendo, porque lo vemos; sin embargo, al igual que él, desconocemos el porqué de lo que acontece. El director nos ha desprovisto de memoria alguna. Todos somos Leonard. Cada secuencia es previa a la anterior, aunque aparezca después. Siempre se inician en el mismo punto de la trama en el que concluyen las siguientes, que, paradójicamente, son en realidad anteriores. Esa es la pista que nos da el director para seguir el hilo de la historia. El espectador debe permanecer muy atento si no quiere perderse. Más que un puzle bidimensional al estilo Mulholland Drive, de David Lynch, Memento es un eficaz artilugio cinematográfico que basa su complejidad en la subversión temporal del relato. Para comprender el sorpresivo final, es necesario fijarse en la subtrama referida al personaje de Sammy Jankis, un tipo que padeció la misma enfermedad que Leonard, y encontrar paralelismos entre uno y otro. Es entonces cuando emerge el drama personal de una culpa no asumida que da sentido a todo el conjunto. 


Uno de los aspectos que más valoro de la película es su sentido del romanticismo. Leonard es un hombre enamorado que aún no ha conseguido superar la pérdida de su mujer. La única motivación de su existencia, su única vía de escape, es perseguir incansablemente al responsable de su muerte. El minucioso esfuerzo que le supone llevar a cabo la investigación, es el método que utiliza para afrontar su enfermedad y esconder su culpa.

El desaprovechado Guy Pearce realiza un trabajo espléndido, siendo muy bien secundado por Carrie-Anne Moss y Joe Pantoliano (dos ex Matrix).

Original, sí. De culto, sí. Sobrevalorada, también. En cualquier caso, y como dije al principio, el mejor trabajo hasta la fecha de su director.


Clásicos del western: El pistolero (The Gunfighter, 1950) de Henry King.

“He cumplido treinta y cinco años y ni siquiera tengo un buen reloj”.

Jimmy Ringo (Gregory Peck), de quien se dice que es el revólver más rápido del Oeste, llega a la pequeña ciudad de Cayenne, donde, después de varios años, pretende hablar con su esposa, Peggy (Helen Westcott), convertida ahora en maestra de escuela, para convencerla de que ha abandonado sus correrías de forajido y quiere iniciar una nueva vida junto a ella y su hijo. Sin embargo, dispone de poco tiempo, ya que los hermanos de un joven al que mató en defensa propia, lo persiguen para acabar con él.


Soberbio western de Henry King que retrata de un modo realista y desesperanzado, aquí no tiene cabida la redención, el drama de un pistolero incapaz de romper con su delictivo pasado. El guión de William Bowers y William Sellers parte de una idea original del también realizador André de Toth: “La idea me vino en un bar. Descubrí que en este tipo de locales la gente intentaba siempre provocar a tipos como Errol Flynn o Clark Gable. Cada vez que uno de ellos entraba en un bar o un restaurante, siempre había algún joven que quería presumir y no se le ocurría otra cosa que tratar de pincharlos y provocarlos. Pensé que en el Oeste debía de pasar lo mismo”.


Buena parte de la acción se desarrolla en unas pocas horas, casi a tiempo real, y en unos pocos decorados. Ringo espera impaciente en el interior de un bar la respuesta de su esposa, que se hace de rogar. Mientras tanto, debe hacer todo lo posible por evitar meterse en líos. No se lo pondrán fácil, puesto que, además de los vengativos hermanos que vienen de camino, tiene que lidiar, entre otras cosas, con un joven fanfarrón que desea labrarse un nombre a su costa. Es su sino, en el saloon de cada pueblo hay algún mequetrefe con ínfulas de pistolero que quiere hacerse famoso. Quizá su cruz sea merecida, aunque ésta soporte más pecados de los realmente cometidos. Así era el Oeste, matabas a uno y te contaban diez. Ya dijo Napoleón que una retirada a tiempo es una victoria; pero para Ringo es tarde, ha tardado demasiado en reinsertarse. No como el sheriff de Cayenne, al que interpreta Millard Mitchell, antiguo compinche de Jimmy que sí supo hacerlo y ahora es un ciudadano respetable.


Desde un punto de vista formal, la película destaca por su sobriedad. Es un western de espacios cerrados. King apenas utiliza la música. Se centra en dotar de tensión al relato. Gregory Peck, por su parte, realiza una de las mejores composiciones de su carrera. Transmite a la perfección el hastío y el desgaste de un hombre que se sabe derrotado de antemano.

The Gunfighter es un filme formidable. Muy superior a otros westerns psicológicos posteriores de mayor renombre.


Las quince mejores películas del cine británico de todos los tiempos.



Barry Lyndon (ídem, 1975) de Stanley Kubrick.



Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean.



Eyes Wide Shut (ídem, 1999) de Stanley Kubrick.



El sirviente (The Servant, 1963) de Joseph Losey.



Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948), de Michael Powell y Emeric Pressburger.



El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969) de Terence Fisher.



El tercer hombre (The Third Man, 1949) de Carol Reed.



Another Year (ídem, 2011) de Mike Leigh.



Repulsión (Repulsion, 1965) de Roman Polanski.



Secretos y mentiras (Secrets and Lies, 1996) de Mike Leigh.



El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell.



El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934) de Alfred Hitchcock.



Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949) de Robert Hamer.



La leyenda de Vandorf (The Gorgon, 1964) de Terence Fisher.



El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957) de David Lean.

La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles.

“Como los tiburones, enloquecidos con su propia sangre, devorándose a sí mismos”.

Michael O´Hara (Orson Welles), marinero irlandés, es contratado por Arthur Bannister (Everett Sloane), un rico abogado criminalista, para que trabaje en su yate privado como compensación por haber ayudado a su hermosa mujer, Elsa (Rita Hayworth). Fuertemente atraído por la fémina en cuestión, Michael se inmiscuirá en un falso asesinato.


Pese a resultar mutilada en la sala de montaje, The Lady from Shanghai, inspirada en la novela negra de quiosco If I Die Before I Wake, de Sherwood King, constituye uno de los títulos más fascinantes de la carrera de Orson Welles. Un filme perfecto en su imperfecta perfección.

Según se cuenta, el proyecto surge como consecuencia de un préstamo de 25.000 dólares que Welles había recibido del presidente de Columbia, Harry Cohn, para financiar la puesta en escena teatral de La vuelta al mundo en ochenta días. A cambio, el enfant terrible se comprometió a dirigir una película protagonizada por la que por entonces seguía siendo su mujer, la estrella Rita Hayworth. En realidad, ambos estaban ya prácticamente separados, lo que viene a explicar la desglamourización a la que la actriz fue sometida por parte de su ex, quien la obligó a cortarse su famosa cabellera y teñírsela de rubio platino.


Debido a los recortes sufridos, la trama se vuelve ininteligible por momentos. Además, cuesta tragarse la ingenuidad del protagonista. Da igual, ustedes saben que en una obra del autor de Ciudadano Kane, más que lo que se cuenta, lo que de verdad importa es el modo en que se cuenta. Y ahí no hay peros que valgan. Impresionante su imaginería visual. El filme, de turbadora atmósfera expresionista, está repleto de los primerísimos planos, las angulaciones de cámara, los ampulosos planos secuencia y el juego de picados/contrapicados característicos de su director. Son varias las secuencias antológicas que contiene: el encuentro entre Michael y Elsa en el acuario, la persecución en el interior del teatro chino, el alucinado paseo del protagonista por la “Casa de los locos” o el tiroteo final en el laberinto de los espejos. Esta última, fragmentada como la propia película, supone una de las escenas más inolvidables de la historia del séptimo arte.


Lo dicho, amputada, desigual, imperfecta pero decididamente genial. Casi una obra maestra.


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