Malas tierras (Badlands, 1973) de Terrence Malick.


Años 50. Kit (Martin Sheen) es un joven perturbado que se enamora de Holly (Sissy Spacek), una quinceañera con la que inicia una relación. La oposición a la misma del padre de ésta (Warren Oates), provocará que Kit lo asesine y se fugue con ella, comenzando una huida que les llevará desde Dakota del Sur hasta Montana. 


Impactante ópera prima del genial, aunque a veces incomprendido, Terrence Malick. Pocas veces en la historia del cine un debut resultó tan brillante; y, lo que es más importante, supuso el alumbramiento de un lenguaje propio (entendido como la conjunción de una serie de elementos formales, narrativos y de contenido que se repiten de manera constante en todas las obras de un autor), el de un cineasta que, a partir de recursos ya manidos, logró dar singular forma a sus inquietudes e intereses. 

Malick se inspiró en un caso verídico, el de Charles Starkweather (joven delincuente que en 1958, acompañado de su novia de 14 años, asesinó a once personas en el trayecto entre Nebraska y Wyoming), para componer esta telúrica odisea de violencia gratuita, con estructura de road movie, que ha ejercido una enorme influencia en muchos filmes posteriores. El título de la película tiene que ver con el paisaje árido y fuertemente erosionado (las llamadas tierras baldías) que caracteriza a una parte de la geografía del estado de Dakota, y que sirve como escenario natural del relato que ahora nos ocupa. 


La pérdida de la inocencia y el retorno al paraíso perdido como medio de redención, son los dos temas esenciales sobre los que se articula, ya no sólo esta obra, sino toda la filmografía del cineasta tejano. La voz en off de Holly, hilo de narración y reflexión, nos introduce y guía a través de un mundo frío y enajenado, que tanto puede parecer ingenuo como terrorífico en su inaprensible lógica. Kit es un tipo desarraigado y a contracorriente que no parece tener conciencia real de las diferencias que existen entre el bien y el mal. Sufre una enajenación que le conduce a matar sin escrúpulos cuando algo se interpone en su camino. Sus intentos por mitificar sus actos y convertirse en un criminal famoso, no son más que la patética consecuencia de una sociedad enferma que premia el afán individualista. A su lado, la ambigua candidez de Holly resulta inquietante. Ambos personajes no funcionarían de no ser por la excelente labor realizada por Martin Sheen y Sissy Spacek en sus realistas composiciones.

El director de La delgada línea roja impregna su filme de sobria poesía, consiguiendo imágenes de gran fuerza expresiva, como el incendio de la casa del padre o el baile nocturno que los protagonistas, iluminados por los faros del coche, se marcan en medio del desierto.


Malick no pudo comenzar su obra de manera más abrumadora, logrando ya en su primera película lo que otros muchos (la mayoría) pretenden y no alcanzan durante toda una carrera: un lenguaje personal e intransferible.


Atraco perfecto (The Killing, 1956) de Stanley Kubrick.


Johnny Clay (Sterling Hayden) es un ex convicto que ha trazado el plan perfecto para dar un golpe en la oficina de apuestas del hipódromo. Para ello contará con la ayuda de un grupo de colaboradores (Jay C. Flippen, Ted de Corsia, Elisha Cook Jr., Joe Sawyer…) dispuestos a arriesgarse con tal de obtener el jugoso botín. 


The Killing continúa siendo una de las más perfectas y logradas obras de Stanley Kubrick. Un imponente ejercicio de cine negro tan preciso y milimétrico como el mecanismo interior de un reloj.

Con esta película, que guarda más de un paralelismo con La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston, el director neoyorquino se consolidó como uno de los mayores talentos del Hollywood de su época. La clave de su éxito radica en su portentoso guión, escrito por el propio Kubrick y Jim Thompson a partir de una novela de Lionel White, que plantea una original estructura narrativa a base de saltos temporales (tanto hacia delante como hacia atrás), con la que se pretende ofrecer al espectador una visión exhaustiva y cuasi matemática de todo lo que acontece. 


En realidad se trata de un relato sobre perdedores a la deriva, que ven en el atraco planificado la única forma de salir de la mediocridad vital en la que parecen anclados. El director acierta de pleno al exponer las motivaciones de cada uno de ellos, perfilando así a personajes reales y vidas en descomposición que necesitan de un cambio para reforzar el fino hilo del que penden. Kubrick dota a la historia de un brío narrativo innegable, salpicándola de las dosis de tensión y suspense adecuadas. Muestra, además, un gusto por el detalle y una sofisticación en la puesta en escena que nos recuerda al cine de Max Ophüls, extraordinario cineasta al que el creador de 2001: Una odisea del espacio admiraba, y que siempre ejerció una notable influencia en su carrera.

La cinta se beneficia de una gran fotografía en blanco y negro de Lucien Ballard y de la excelente labor de todo su reparto, debiendo ser subrayadas las interpretaciones de Sterling Hayden y Elisha Cook. Espléndido actor secundario este último, que aquí compone a un hombre débil y temeroso que desea complacer a la fulana de su mujer.  


El ya mítico y fatalista final, corona al filme como uno de los trabajos más significativos de su autor. 

La saga de Anatahan (Anatahan, 1953) de Josef von Sternberg.


  Segunda Guerra Mundial. Tras sufrir un naufragio provocado por un bombardeo enemigo, un grupo de soldados japoneses va a parar a una pequeña isla volcánica llamada Anatahan, en donde sólo habitan el encargado de una plantación (Tadashi Suganuma) y su joven esposa (Akemi Negishi).  


Este filme japonés significó el cierre de la filmografía del gran Josef von Sternberg, director sibarita de sublimado estilo al que se conoce principalmente por sus obras junto a Marlene Dietrich (El ángel azul, Marruecos, La Venus rubia, El expreso de Shanghai, Capricho imperial…).

Anatahan es una película fabulosa en la que Sternberg, además de reflexionar acerca de las flaquezas de la naturaleza humana, muestra su fascinación por la mujer: ser dominado y a la vez dominante en sus relaciones con el género masculino.

Por su naturalismo y carácter semidocumental, la cinta se acerca más a los trabajos de Robert J. Flaherty que al cine de su época; constituyendo una exótica y primitiva rareza de enorme valor cinematográfico.  Su fuerza radica en el poder de sus imágenes, que relegan al ostracismo la importancia de los diálogos, como si de un filme silente se tratase. De hecho, el relato se sigue, fundamentalmente, a través de la voz en off del propio Sternberg, quien también se encargó de la extraordinaria fotografía que ostenta la película. 


La disciplina castrense con la que los soldados arriban al paraje edénico, irá progresivamente sucumbiendo ante sus instintos más salvajes y primarios, acabando convertidos en holgazanes aficionados a la bebida a los que no les importa quitar la vida al prójimo con tal de hacerse con los favores sexuales de la reina de la isla: la Keiko interpretada por Akemi Negishi, actriz a la que, según se cuenta, Sternberg descubrió en un club nocturno.

Podemos entender La saga de Anatahan, como un lúcido estudio microsociológico sobre un grupo de individuos que se ven obligados a convivir durante varios años sin tener noticias de lo que ocurre en el mundo exterior, mostrando unos resultados que se sitúan más cerca de Hobbes que de Rousseau, ya que se nos presenta al hombre como un ser incapaz de mantener un comportamiento moral cuando sus actos no están condicionados por normas o leyes, cayendo en el bellum erga omnes (guerra de todos contra todos) del que hablaba el autor de Leviatán.


Quizá se le pueda achacar al relato una cierta redundancia de motivos, pero no por ello el filme deja de ser un excelente broche a la obra de su singular director.

MEME, algunas de mis escenas favoritas.

 
Recojo el guante que me lanzó el camarada David, de Ciclos de cine, y aquí os dejo mi MEME particular. Espero que lo disfrutéis. 



 
ESCENA MÁS DIVERTIDA:
Aquella de Sopa de ganso (Duck Soup, 1933) en la que Groucho se contempla ante un espejo que no es tal y cree verse a sí mismo (aunque sospecha que no es así), cuando en realidad se trata de Harpo, que va caracterizado como él. Simplemente desternillante.



ESCENA MÁS TRISTE:
El final de Duelo en la alta sierra (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah, en donde, tras un vibrante duelo a pistola, asistimos a la amarga despedida de dos viejos amigos (Joel McCrea y Randolph Scott). Memorable.



ESCENA MÁS ALEGRE:
Nada me parece más alegre y vitalista que ver a Gene Kelly cantando y bailando, mientras le cae un tremendo chaparrón en Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, 1952).



ESCENA MÁS AGRIDULCE:
El final de Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) de Akira Kurosawa, en el que la alegría de los campesinos liberados de la opresión, contrasta con la sensación de pérdida que sacude a los guerreros que han sobrevivido a la batalla.



ESCENA MÁS PERTURBADORA:
Polanski travestido y completamente consumido por la locura en una secuencia noctívaga de la genial El quimérico inquilino (Le locataire, 1976).



ESCENA MÁS RARA:
Los últimos minutos de la inclasificable y fascinante Cabeza borradora (Eraserhead, 1976) de David Lynch. Lynch tenía que ser…



ESCENA CON MÁS SUSPENSE:
Hitchcock, por supuesto. La secuencia de la torre en Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958).



ESCENA MÁS TERRORÍFICA:
El final de La semilla del diablo (Rosemary´s Baby, 1965) de Roman Polanski. Si no es terrorífico darse cuenta de que tu recién nacido es el anticristo…



ESCENA MÁS ROMÁNTICA:
 La "resurrección" de Madeleine en Vértigo y el posterior abrazo/beso con Scottie, filmado con travelling de 360 grados (qué importante es la forma circular en esta película) alrededor de los personajes.



ESCENA CON MEJOR DIÁLOGO:
Con todos mis respetos para Wilder, Manckiewicz y otros grandes guionistas del Hollywood clásico, en esta categoría me tengo que quedar con uno de los mejores y más profundos diálogos de la mayor pluma de la historia del cine: la del sueco Ingmar Bergman. Esta escena corresponde a su filme El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957).



LA MEJOR ESCENA (SONORA) SIN DIÁLOGO:
La del Royal Albert Hall en El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1956) de Alfred Hitchcock.



LA MEJOR ESCENA SILENTE:
La secuencia de las escaleras de Odessa en El acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925) de Sergei M. Eisenstein. Todo un prodigio en cuanto a movimiento, ritmo y montaje.

     

ESCENA CON MEJOR PELEA:
El brutal combate entre Jake LaMotta (De Niro) y Sugar Ray Robinson en la excepcional Toro salvaje (Raging Bull, 1980) de Martin Scorsese. Para verla, pinchen aquí .


MEJOR ESCENA MUSICAL:
Una que asocio a mi niñez. Judy Garland cantando Somewhere over the rainbow en El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939).



MEJOR ESCENA CON BAILE:
El encadenado de valses con el que se muestra el progresivo enamoramiento entre Danielle Darrieux y Vittorio de Sica en Madame de… (ídem, 1953) de Max Ophüls.



MEJOR ESCENA ONÍRICA:
Nadie se ha adentrado en el mundo de los sueños como Andrei Tarkovsky, así que me quedo con las secuencias oníricas que aparecen en su obra El espejo (Zerkalo, 1975). A continuación, un montaje de las mismas.



EL MEJOR DISCURSO:
El que entona el loco Domenico (Erland Josephson) en la Plaza del Campidoglio de Roma en el filme Nostalgia (Nostalghia, 1983) de Andrei Tarkovsky. Todos deberíamos aprender de él.



EL MEJOR INICIO:
Ex aequo para el entierro de Otelo y Desdémona con el que se abre la magistral adaptación que hizo Orson Welles de la obra de Shakespeare en 1951; y el bello e hipnótico comienzo de El Nuevo Mundo (The New World, 2005) de Terrence Malick.





LA MEJOR MUERTE:
La de Drácula (Christopher Lee) a manos de Van Helsing (Peter Cushing) en la brillante Drácula (Horror of Dracula, 1958) de Terence Fisher. Para verla, pinchen aquí .


EL CLÍMAX MÁS CONSEGUIDO:
La creación de la novia en La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) de James Whale. ¡Está viva!



EL MEJOR FINAL:
No hay duda. El de la obra maestra de Dreyer Ordet (La palabra) (Ordet, 1955). Una resurrección (o no) que constituye todo un canto a la vida.



LA MEJOR ESCENA DE LA HISTORIA DEL CINE:
Como había que elegir… La aparición sobre las murallas del castillo de Elsinor del espectro del padre en el Hamlet (Gamlet, 1964) de Grigori Kozintsev. Se trata de una secuencia de una fuerza expresionista admirable. Una sublime partitura de Dmitri Shostakóvich la acompaña.



Mi elegido para que continúe esta peculiar cadena, es Diego de El hombre de cristal.

El tercer hombre (The Third Man, 1949) de Carol Reed.


Tras la Segunda Guerra Mundial, Holly Martins (Joseph Cotten), escritor de novelas del oeste, viaja hasta Viena en busca de su amigo de la infancia, Harry Lime (Orson Welles). Su llegada se verá sobresaltada por la noticia de la muerte de éste en un accidente, lo que le llevará a quedarse en la ciudad para esclarecer las causas de tan trágico suceso.


Atemporal y extraordinario filme que, no por casualidad, fue elegido en el año 1999 por el British Film Institute como la mejor película británica de la historia. En él se conjugan a la perfección, toda una serie de elementos provenientes del talento artístico de quienes participaron en su creación, consiguiendo con su trabajo, una indiscutible obra maestra.

Desde su estreno, mucho se ha escrito y comentado acerca de la autoría de la cinta, puesto que algunos ven en su brillante concepción expresionista la mano de Orson Welles. Sin embargo, la aportación del genio se limitó, que no es poco, a su inolvidable interpretación como Harry Lime, a un plano en el que su personaje saca los dedos a través de las rendijas de una alcantarilla y a la inclusión en el guión de la que sigue siendo la frase más célebre y recordada de toda la película: “En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre… pero produjo Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz, ¿y qué produjeron?... el reloj de cuco”.  Hay que considerar, por tanto, al escritor Graham Greene, autor del texto, y al realizador Carol Reed, que ya había dado muestras de su talento en la excelente Larga es la noche (Odd Man Out, 1947), como los dos verdaderos artífices de la obra, aunque no cabe duda de que este último debió verse inspirado por la cercanía del director de Ciudadano Kane.


Uno de los grandes logros del filme, es la magistral plasmación que hace de la Viena de posguerra. En donde los edificios semiderruidos, las monumentales esculturas, el pavimento húmedo y las sombras que se proyectan sobre las paredes, sirven como decadente escenario de un relato que versa sobre la pérdida de la inocencia y el envilecimiento humano. Ese marco turbador se ve reforzado por el sublime juego de luces y sombras, además de por las angulaciones y encuadres distorsionados que lo presiden. Tal ubicación, debe entenderse como metáfora del contexto de ruina moral y devastación en el que se encontraba Centroeuropa tras la conflagración bélica, aunque también como una extensión del estado mental del gran protagonista de la película: el omnipresente Harry Lime compuesto por Orson Welles. Toda la historia gravita en torno a él, a pesar de que no asoma en pantalla hasta superada la hora de metraje y de que sólo lo hace durante algunos minutos. Pero ¡qué minutos! Y todo gracias a la magnética y carismática presencia de este auténtico titán de la interpretación, cuya primera aparición en la película, descubierto en la oscuridad de un portal por una luz que emana de una ventana mientras su rostro esboza una sonrisa irónica, constituye una de las mejores presentaciones que de un personaje masculino se han realizado jamás.


 Junto a Welles, también resplandece Joseph Cotten, que da vida a un perdedor condenado a estar siempre en un segundo plano con respecto a su amigo. Personalmente, su personaje me parece el más complejo, el que permite más lecturas debido a las difíciles decisiones que tiene que tomar y asumir. Al fin y al cabo, Lime es simple en su maldad, pero Holly presenta innumerables y contradictorios matices. El desencantado plano final, dice mucho acerca de él.

A destacar, igualmente, los roles desempeñados por Alida Valli, sufrida y abnegada enamorada de Lime, y Trevor Howard, al que le obsesiona la idea de capturar al villano. Algo que finalmente sucede en la asombrosa secuencia que transcurre en las cloacas de la ciudad.  

Sería injusto terminar el comentario sin hacer alusión a la espléndida y famosa partitura para cítara que Anton Karas, a quien Reed conoció tocando en una taberna vienesa, compuso para la obra. Simplemente memorable. 


Si aún no han visto The Third Man (cosa que dudo), pónganse inmediatamente a ello; si por el contrario ya la disfrutaron en su día, seguramente se trate de un buen momento para volver a hacerlo, ¿no lo creen? 
 

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