Rosemary (Mia Farrow) y Guy (John Cassavetes) Woodhouse, son un joven matrimonio que se instala en un edificio decimonónico situado junto a Central Park. Allí conocerán a Minnie (Ruth Gordon) y Roman (Sidney Blackmer) Castevet, una extravagante pareja de ancianos que no tardará en inmiscuirse en sus vidas. Rosemary quedará encinta tras una noche de horribles pesadillas, iniciando un período de gestación durante el que sentirá que algo extraño le está ocurriendo.
Polanski firma su gran obra maestra, junto con El quimérico inquilino (Le locataire, 1976), en este extraordinario filme de terror que constituye la cumbre del subgénero satánico. Y lo hace anteponiendo la sutileza y el arte de sugerir, frente al efectismo barato de otras cintas de este tipo como la excesivamente mitificada El exorcista (The Exorcist, 1973) de William Friedkin.
Esta adaptación de la novela de Ira Levin, supuso el salto a Hollywood del cineasta tras haber destacado en Europa con títulos como El cuchillo en el agua (Nóz W. Wodzie, 1962), Repulsión (Repulsion, 1965) o El baile de los vampiros (Dance of the Vampires, 1967). La película granjeó fama y popularidad a su director, aunque, con toda seguridad, no la habría realizado de conocer cuál iba a ser una de sus consecuencias: el truculento asesinato de su esposa Sharon Tate (embarazada al igual que el personaje de Rosemary) a manos de varios miembros de "La Familia" de Charles Manson por, supuestamente, haber revelado muchos secretos relativos al satanismo en su cinta.
Rosemary's Baby sigue siendo una de las obras más terroríficas de la historia del cine por ubicar el miedo en un contexto cotidiano y familiar en el que todos nos podemos reconocer. Polanski administra sabiamente la incursión de elementos intrigantes en la trama (el mueble que la anterior inquilina del apartamento movió para tapar un armario empotrado como si temiese que algo saliera de allí, las alusiones a la “historia negra” del edificio, los cánticos rituales que parecen provenir del apartamento contiguo, el suicidio de la joven que vivía con los Castevet…), que irán in crescendo, con lo que consigue plasmar un progresivo estado de angustia y amenaza que acaba por impregnar a todo el relato en su escalofriante tramo final.
Revisionar este clásico permite, además de percatarse de los minuciosos detalles que lo componen, descubrir el humor pérfido y malicioso, polanskiano en definitiva, que hay en el mismo; sobre todo en la actitud y comportamiento del personaje al que da vida John Cassavetes.
Todo el reparto está a un nivel difícilmente superable, destacando la frágil ingenuidad con la que Mía Farrow encarna a su asustadiza Rosemary. Ruth Gordon, por su parte, se hizo con el Oscar a la mejor actriz secundaria por su lograda composición de la siniestra y metomentodo vecina.
No me gustaría concluir el comentario sin hacer alusión al carácter ambiguo que preside algunos momentos del filme. ¿En verdad existe una conspiración contra Rosemary o todo es fruto del trastorno paranoico que le provoca su embarazo? Evidentemente, la interpretación está mucho más clara aquí que en El quimérico inquilino, donde la ambigüedad es extrema, pero que nos hagamos esta pregunta ya dice mucho en favor de la maestría de su autor.
"Yo no quiero que el espectador piense esto o aquello; quiero simplemente que no esté seguro de nada. Es lo más interesante: la incertidumbre" (Roman Polanski).




















