La piel que habito (2011) de Pedro Almodóvar.


Robert Ledgard (Antonio Banderas) es un prestigioso cirujano plástico que, tras perder a su esposa en un accidente de tráfico a causa de graves quemaduras, está experimentando con la transgénesis para conseguir una piel artificial más resistente. Para ello utiliza como cobaya humana a Vera (Elena Anaya), joven a la que tiene cautiva en una de las habitaciones de su aislada mansión.


Si se mezclan Los ojos sin rostro de Georges Franju, las ideas científicas más demenciales de las cintas de terror de la Hammer (en especial las de la serie de películas que Terence Fisher hizo sobre Frankenstein y Dr. Jeckyll y su hermana Hyde de Roy Ward Baker), algunos de los bodrios patrios dirigidos por Jesús Franco y Glen o Glenda (Vicente o Vera en este caso) de Ed Wood; y a esa mezcla se le añade una buena pizca del universo amanerado, melodramático y tan spanish-kitsch de Pedro Almodóvar, probablemente surja algo parecido a La piel que habito, uno de los filmes menos convencionales y más extremos (argumentalmente hablando) de la carrera del cineasta manchego.

Bajo la apariencia de un thriller psicológico con elementos de terror y ciencia ficción, Almodóvar vuelve a dar rienda suelta a varias de sus habituales obsesiones (transformismo y crisis de la identidad sexual, drama familiar, personajes retenidos en contra de su voluntad…), alternando momentos muy sugerentes con otros más bien risibles y hasta sonrojantes. El resultado final es del todo imperfecto e irregular, aunque si no se toma demasiado en serio, su visionado puede hacerse ciertamente disfrutable gracias al talento y delirio del autor de Todo sobre mi madre.


Los aspectos más reseñables de la película son la excelente puesta en escena, que coquetea con el minimalismo, el trabajo de cámara y la espléndida partitura de Alberto Iglesias.

En el apartado actoral, el gran trabajo de Elena Anaya contrasta con la floja interpretación de un Antonio Banderas poco creíble en su encarnación de mad doctor con ansias de venganza como consecuencia de un drama personal.


Haríamos mal en confundir la originalidad con la rareza. La piel que habito carece de lo primero (no deja de ser un remedo de cosas que ya se han visto) y destaca por lo segundo. Eso sí, debo reconocer que gracias a esta obra se ha despertado en mí un temor que hasta ahora desconocía. Y es que el solo hecho de poder abrir los ojos en un quirófano y que alguien te diga que te han hecho una vaginoplastia por sorpresa, me produce un miedo atroz… 


Aguirre, la cólera de dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972) de Werner Herzog.


Siglo XVI. Una expedición española encabezada por Don Pedro de Ursúa (Ruy Guerra), se adentra en el Amazonas con el objetivo de encontrar la legendaria ciudad de El Dorado. Lope de Aguirre (Klaus Kinski), segundo al mando, pronto se hará con el control de la misión, conduciéndola al más profundo de los abismos. 


Cuarenta años después de su estreno, podemos afirmar que Aguirre der Zorn Gottes, la película que dio a conocer internacionalmente al singular e imprescindible cineasta alemán Werner Herzog, no ha perdido ni un solo ápice de su poder hipnótico y de fascinación.

El filme fusiona acontecimientos y personajes de dos expediciones reales: la de Francisco de Orellana, que en 1540 descendió el río Napo, y la de Pedro de Ursúa y Lope de Aguirre sobre el río Marañón en 1560. A través del diario de Fray Gaspar de Carvajal (Del Negro), quien realmente fue partícipe y cronista de la primera, aunque aquí se le sitúe en la segunda, Herzog nos introduce en esta demencial odisea que, sin duda, debió inspirar a Francis Ford Coppola para su también extraordinaria Apocalypse Now (los paralelismos entre los personajes de Aguirre y el coronel Kurtz son más que evidentes).


El autor de Fitzcarraldo dota a la cinta de un sentido hiperrealista y semidocumental (adecuado uso de la cámara en mano), heredero en parte de las obras paisajísticas de pintores como Caspar David Friedrich y Arnold Böcklin, de quienes también toma el sentido simbólico que estos otorgaban a los escenarios naturales como reflejo de la personalidad de los individuos ubicados en ellos.

La película se filmó con un presupuesto irrisorio, lo que agravó las dificultades del rodaje en tierras peruanas. Al parecer, los roces entre Herzog y Kinski, ambos de personalidades muy vehementes, fueron una constante. El actor amenazó en más de una ocasión con la idea de abandonar el proyecto, pero las advertencias del director (según se cuenta llegó a decirle que le pegaría un tiro si finalmente lo hacía) lograron evitarlo.

De la mano del megalómano Aguirre (memorable, impulsiva y grotesca composición del camaleónico intérprete alemán), la expedición, en su paso por el río, irá progresivamente sucumbiendo ante los ataques de los indios, el hambre, la fiebre y la locura.


El delirante final, captado mediante un travelling circular, nos muestra al enloquecido Aguirre como soberano de una balsa habitada por cadáveres y macacos roñosos. Inolvidable cierre para una obra cuasi genial.

Jane Eyre (ídem, 2011) de Cary Fukunaga.


“¿Dónde está Dios? ¿Qué es Dios? Es quien nos ha hecho a ti y a mí, y nunca destruirá lo que ha creado. Descanso en su poder y confío ampliamente en su bondad. Cuento las horas que me separan de esa hora ansiada que me ha de llevar a él”.
Jane Eyre.

Siglo XIX. Tras salir del orfanato en el que ha sido educada, Jane Eyre (Mia Wasikowska) consigue un empleo como institutriz en la vieja mansión de Thornfield, donde debe hacerse cargo de la formación de una niña francesa custodiada por el señor Rochester (Michael Fassbender). La joven pronto descubrirá que el dueño de la casa, por el que se siente fuertemente atraída, esconde un terrible secreto.


Más que satisfactoria nueva adaptación de la famosa novela romántica publicada en 1847. El joven director estadounidense Cary Fukunaga, ha conseguido, sin dejar de ser fiel al clásico literario, una hermosa y sentida película que demuestra la vigencia emocional de la historia que Charlotte Brontë escribió hace más de siglo y medio.

El filme, de impecable envoltura formal, posee una lograda ambientación de época que nos traslada con facilidad al momento en el que tienen lugar los acontecimientos. Destaca su ubicación en impresionantes escenarios reales como Broughton Castle, Haddon Hall, White Edge Lodge o Wingfield Manor. El diseño de producción, el vestuario y el trabajo de fotografía son en verdad exquisitos.


A diferencia de adaptaciones previas, la narración en la actual se estructura a partir del uso de flashbacks, ya que la cinta se inicia con la huida de Jane de Thornfield tras conocer el secreto de Rochester. Este recurso no sólo agiliza el relato, sino que permite rememorar algunos momentos esenciales de la novela, como aquellos en los que se nos muestra la infancia de Jane, que de otro modo no tendrían cabida en una obra que no llega a las dos horas de metraje.

Sin duda, el aspecto más destacado del filme, amén de su apartado visual, es su excelente reparto: Mia Wasikowska (la Alicia de Burton) está espléndida y sorprendente en su composición de heroína victoriana, al igual que Michael Fassbender, quien demuestra con su encarnación de un personaje tan complejo como el del señor Rochester, que nos encontramos ante uno de los actores más interesantes que han surgido en los últimos años. También es digna de reseñar, la intervención de la siempre notable Judi Dench como la cálida ama de llaves de Thornfield. 


Es una lástima que Fukunaga no haya acentuado más los elementos sombríos y góticos del texto de Brontë. Esa vieja mansión, esos páramos tormentosos y ese misterioso secreto que oculta el protagonista merecían haber sido dotados de mayores dosis de suspense.

Se trata, en cualquier caso, de un producto altamente recomendable. Rico tanto en continente como en contenido; algo que, a día de hoy, no resulta fácil encontrar.

Al este del edén (East of Eden, 1955) de Elia Kazan.


“Y Yahvé puso una señal a Caín para que nadie que lo encontrase lo atacara. Caín dejó la presencia de Yahvé y se estableció en el país de Nod, al oriente de edén”.
(Génesis 4: 15-16)

Ciudad de Salinas, 1917. Adam Trask (Raymond Massey) es un honesto granjero que vive junto con sus dos hijos, Cal (James Dean) y Aaron (Richard Davalos), de caracteres muy diferentes. El primero descubre que su madre Kate (Jo Van Fleet) no está muerta, tal y como su padre les había dicho, sino que vive en una localidad cercana regentando un local de alterne. 


Esta portentosa alegoría bíblica (renovación del mito de Caín y Abel), supone el que probablemente sea el trabajo más satisfactorio de Elia Kazan y uno de los títulos clave del cine norteamericano de los años cincuenta. Se trata de una adaptación de la novela homónima que el Premio Nobel John Steinbeck publicó en el año 1952.

En medio de un contexto rural marcado por el puritanismo religioso, Kazan realiza un complejo y conseguido estudio de las relaciones paterno-filiales y fraternales basadas en el amor y el odio, además de indagar en las insondables raíces del bien y del mal. El filme se estructura a partir del desigual trato que se establece entre el padre y cada uno de sus hijos: Cal, cual figura cainesca, tiene una tendencia natural a descarriarse. Todo lo contrario que su hermano Aaron, cuyo comportamiento modélico lo convierte en el favorito de su progenitor.


La virtud de Kazan a la hora de llevar a cabo el tratamiento de sus personajes, es que nunca cae en el fácil y simplista maniqueísmo. Los actos de Cal se justifican por su tormento interior, que se deriva de una existencia falta de amor. Su personalidad se ha visto trastocada como consecuencia de la ausencia de su madre y de la incomprensión de su padre. Es un ser perdido que no halla respuestas en un mundo anquilosado y autodestructivo (la película se ubica justo en el momento en el que los Estados Unidos decidieron participar en la Primera Guerra Mundial, y fue estrenada cuando aún coleaban las terribles secuelas de la Segunda) que tampoco hace nada por ofrecérselas, de ahí que su personaje se convirtiese en todo un símbolo para una generación determinada.

Desde un punto de vista técnico y formal, cabe destacar la brillante utilización del CinemaScope, el uso de angulaciones forzadas para subrayar los momentos de mayor tensión, y una magnífica fotografía en color en la que abundan los claroscuros y predominan los tonos ocres y marrones.


La cinta supuso el descubrimiento/encumbramiento de James Dean, arquetipo por excelencia del American Rebel, que aquí aparece formidablemente secundado por un reparto en verdad espléndido.

Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean.


De manera fortuita, un hombre (Trevor Howard) y una mujer (Celia Johnson) casados se conocen en una estación de tren. Este encuentro inicialmente programado por el azar, se irá repitiendo, ya de forma intencionada, semana tras semana, dando lugar a una intensa y sentida historia de amor. 


En opinión de quien suscribe estas líneas, Breve encuentro, adaptación de la pieza teatral de un solo acto Still Life de Noël Coward, constituye el mayor logro cinematográfico de David Lean. Este modesto y sencillo (sólo en apariencia) drama romántico, ha conmovido desde el momento de su estreno a varias generaciones de cinéfilos que no logran oponer resistencia al cúmulo de emociones y sentimientos universales que de él emanan. Porque ¿alguien cree de verdad que lo que aquí se expone no le puede ocurrir? Apuesto a que no. 

Emulando a Gabriel García Márquez, podríamos afirmar que Brief Encounter es la crónica de una muerte anunciada, ya que todos, incluso los propios personajes, somos conscientes de que la historia de amor que se nos presenta está condenada a no ir más allá de unos cuantos encuentros efímeros (la estación de tren, lugar de paso, es una adecuada metáfora de los mismos). Es precisamente ahí donde reside el halo trágico y amargo que envuelve todo el filme, y que se ve acentuado de manera magistral con la expresionista atmósfera creada por la fotografía de Robert Krasker. 


Nos encontramos ante una película de gestos, de reveladoras miradas, de besos y abrazos furtivos, y de palabras que aspiran a la caricia y el consuelo en los momentos en los que todo parece perdido. Su visionado invita a reflexionar acerca de la relativa importancia del tiempo, subordinado al eterno recuerdo de un paseo en barca, una tarde en el cine o una mano que se posa sobre nuestro hombro antes de emprender el vuelo definitivo. Es posible que la existencia de Laura y Alec (inolvidables composiciones de Johnson y Howard) se prolongue durante muchos años, pero sus vidas siempre quedarán ancladas a esos jueves en los que, por primera y única vez, sintieron cómo sus seres se desprendían del yo para fusionarse con el otro.

Lean narra con sensibilidad y utiliza de un modo verdaderamente admirable algunos recursos como el flashback, la voz en off (resignada confesión interior de Laura a su marido), la música (Concierto para piano nº2 de Rachmaninoff) o los efectos de sonido (las bocinas que marcan las llegadas y salidas de los trenes que unen y separan los destinos de los protagonistas).  


Por todo lo anteriormente dicho y por muchas otras cosas que cabría comentar, Breve encuentro se eleva como uno de los clásicos esenciales del cine romántico de todos los tiempos. Imprescindible.

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