“Al
igual que una flor no elige su color, no somos responsables de aquello en lo
que nos convertimos”.
El
día de su dieciocho cumpleaños, India Stoker (Mia Wasikowska), una joven poco
sociable y de espíritu taciturno, pierde a su padre en un trágico accidente de
automóvil. Poco después aparece en su vida el misterioso tío Charlie (Matthew
Goode), cuya existencia ignoraba hasta ese momento. Éste decide instalarse junto
a ella y su madre (Nicole Kidman) durante un tiempo.
Park
Chan-wook debuta en Hollywood con este irregular ejercicio de estilo en el que
el contenido queda subordinado a la forma de manera sonrojante. Defecto muy
común entre los cineastas orientales de la actualidad. Con Stoker, siniestro cuento gótico que combina el thriller
psicológico, la comedia negra y el drama familiar, el director surcoreano
reflexiona acerca de la irreprimible inclinación que algunos individuos sienten
hacia la violencia. Una psicopatía social que no tiene razón ni origen, que áun
no ha sido explicada, y que pervive en nuestra especie desde la noche de los
tiempos.
Asimismo,
la película refleja el tránsito de la adolescencia a la vida adulta, de los ingenuos
juegos púberes al despertar sexual. Su protagonista, una “nínfula” de agudísima
percepción sensorial (resulta imposible no pensar en la Lolita de Nabokov),
hallará el sendero que conduce a su verdadera naturaleza (la del escorpión) de
la mano de su seductor tío, llamado Charlie en homenaje a La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock; aunque Matthew Goode no
tenga ni un ápice del carisma y el talento interpretativo del gran Joseph
Cotten. Su insípida composición contrasta con la de una espléndida Mia Wasikowska,
quien trabajo a trabajo va refrendando su categoría como actriz. Nicole Kidman,
por su parte, no deja de ser una mera comparsa entre tío y sobrina.
El
guión de Wentworth Miller, conocido por ser el protagonista de la serie
televisiva Prison Break, resulta
previsible e inverosímil, estúpido en su segunda mitad, algo que parece
importar poco al realizador, más preocupado por mimar la estética de cada plano
(excelente fotografía de Chung-hoon Chung) que por conferir credibilidad a lo que
está contando en un ejemplo manifiesto de onanismo visual. Además, abusa del flashback, utilizándolo mal y cuando no
toca. Sí que me gustaría resaltar, en cambio, la interesante partitura de Clint
Mansell.
Lo
dicho, una soberana tontería. Y Park Chan-wook lleva ya unas cuantas.





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