Stoker (ídem, 2013) de Park Chan-wook.

“Al igual que una flor no elige su color, no somos responsables de aquello en lo que nos convertimos”.

El día de su dieciocho cumpleaños, India Stoker (Mia Wasikowska), una joven poco sociable y de espíritu taciturno, pierde a su padre en un trágico accidente de automóvil. Poco después aparece en su vida el misterioso tío Charlie (Matthew Goode), cuya existencia ignoraba hasta ese momento. Éste decide instalarse junto a ella y su madre (Nicole Kidman) durante un tiempo.


Park Chan-wook debuta en Hollywood con este irregular ejercicio de estilo en el que el contenido queda subordinado a la forma de manera sonrojante. Defecto muy común entre los cineastas orientales de la actualidad. Con Stoker, siniestro cuento gótico que combina el thriller psicológico, la comedia negra y el drama familiar, el director surcoreano reflexiona acerca de la irreprimible inclinación que algunos individuos sienten hacia la violencia. Una psicopatía social que no tiene razón ni origen, que áun no ha sido explicada, y que pervive en nuestra especie desde la noche de los tiempos.


Asimismo, la película refleja el tránsito de la adolescencia a la vida adulta, de los ingenuos juegos púberes al despertar sexual. Su protagonista, una “nínfula” de agudísima percepción sensorial (resulta imposible no pensar en la Lolita de Nabokov), hallará el sendero que conduce a su verdadera naturaleza (la del escorpión) de la mano de su seductor tío, llamado Charlie en homenaje a La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock; aunque Matthew Goode no tenga ni un ápice del carisma y el talento interpretativo del gran Joseph Cotten. Su insípida composición contrasta con la de una espléndida Mia Wasikowska, quien trabajo a trabajo va refrendando su categoría como actriz. Nicole Kidman, por su parte, no deja de ser una mera comparsa entre tío y sobrina.


El guión de Wentworth Miller, conocido por ser el protagonista de la serie televisiva Prison Break, resulta previsible e inverosímil, estúpido en su segunda mitad, algo que parece importar poco al realizador, más preocupado por mimar la estética de cada plano (excelente fotografía de Chung-hoon Chung) que por conferir credibilidad a lo que está contando en un ejemplo manifiesto de onanismo visual. Además, abusa del flashback, utilizándolo mal y cuando no toca. Sí que me gustaría resaltar, en cambio, la interesante partitura de Clint Mansell.

Lo dicho, una soberana tontería. Y Park Chan-wook lleva ya unas cuantas.


Las diez mejores películas sobre el nazismo*.

"Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia".
(Aldous Huxley)

El gran dictador (The Great Dictator, 1940), de Charles Chaplin.



La caída de los dioses (La caduta degli dei, 1969), de Luchino Visconti.



Shoah (ídem, 1985), de Claude Lanzmann.



La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), de Steven Spielberg.



Ser o no ser (To Be or Not To Be, 1942), de Ernst Lubitsch.



El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935), de Leni Riefenstahl.



Casablanca (ídem, 1942), de Michael Curtiz.



El pianista (The Pianist, 2002), de Roman Polanski.



Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945), de Roberto Rossellini.



El hundimiento (Der Untergang, 2004), de Oliver Hirschbiegel.


*La lista está ordenada de manera aleatoria.

Una noche en la ópera (A Night at the Opera, 1935) de Sam Wood.

“Estaba con esa mujer porque me recuerda a usted; de hecho, por eso estoy ahora mismo con usted, porque usted me recuerda a usted, sus ojos, su cara... todo lo que hay en usted me recuerda a usted, exceptuándola a usted. Creo que está bien claro, que me ahorquen si lo entiendo".

Otis B. Driftwood (Groucho Marx) es un caradura que se aprovecha de la ingenuidad de la señora Claypool (Margaret Dumont) para que ésta se convierta en mecenas de la Ópera de Nueva York. Junto con Fiorello (Chico Marx) y Tomasso (Harpo Marx), dos truhanes de cuidado, Otis tratará de ayudar a una pareja de enamorados (Kitty Carlisle y Allan Jones) a los que su profesión, ambos son cantantes de ópera, puede separar.



Al igual que otros trabajos de los Marx, Una noche en la ópera es, degustada a día de hoy, una película bastante desfasada que se mantiene gracias a algunos de los gags y chistes que aparecen a lo largo de su metraje. El filme supuso la primera colaboración de Groucho, Chico y Harpo (ya no estaba Zeppo, el menor de los hermanos) con la Metro-Goldwyn-Mayer después de que rompieran con Paramount tras el fracaso comercial y crítico de Sopa de ganso (Duck Soup, 1933).


El cambio de productora se tradujo en una obra mucho más estructurada desde el punto de vista de la historia (ahora existía un guión con  su respectiva introducción, nudo y desenlace), pero que carecía del humor anárquico e irreverente de anteriores títulos. Pese a la referida “domesticación”, en la cinta hallamos momentos cómicos verdaderamente antológicos, como la mítica escena del camarote (“¡Y también dos huevos duros”), la surrealista firma del contrato entre Groucho y Chico (“La parte contratante de la primera parte, será considerada como la parte contratante de la primera parte”) o el desternillante tramo final en el interior de la ópera. Tales momentos contrastan, sin embargo, con la sosa historia de amor de la pareja protagonista, así como con los tediosos números musicales que poco o nada aportan al desarrollo de la trama.


Una curiosidad para terminar: en el año 1975, el grupo de rock británico Queen, tomó el nombre de la película para dar título a su cuarto álbum de estudio, A Night at the Opera. Según se cuenta, Freddie Mercury y los suyos se lo pasaron en grande viéndola una noche en los estudios donde grababan el disco.

Muy divertida.


Las diez mejores películas sobre la infancia*.

"Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es maravillosa".
(Gilbert keith Chesterton)

El chico (The Kid, 1921), de Charles Chaplin.



Pather Panchali (La canción del camino) [Pather Panchali, 1955], de Satyajit Ray.



Los olvidados (1950), de Luis Buñuel.



El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick.



Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cents coups, 1959), de François Truffaut.



La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, 1962), de Andrei Tarkovsky.



El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.



He nacido, pero... (Umarete wa Mita Keredo, 1932), de Yasujiro Ozu.



La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka, 1988), de Isao Takahata.



El espejo (Zerkalo, 1975), de Andrei Tarkovsky.


*La lista está ordenada de manera aleatoria.

Luis II de Baviera, el rey loco (Ludwig, 1972) de Luchino Visconti.

“El arte es una verdad absoluta”.

Se narran diversos episodios del reinado de Luis II de Baviera (Helmut Berger), monarca que rigió el estado bávaro desde 1864, cuando tan sólo contaba con dieciocho años de edad, hasta 1886, fecha en la que fue declarado incapacitado para gobernar y recluido bajo atención psiquiátrica.


Ludwig es uno de los proyectos más ambiciosos y personales del maestro italiano Luchino Visconti. Aquí, su concepción operística de la puesta en escena alcanza unas cotas de exquisitez, grandilocuencia y refinamiento raras veces vistas en la historia del cine. A partir de la figura histórica del príncipe alemán Luis de Wittelsbach, apodado “el rey loco”, el autor de Muerte en Venecia recrea de manera magistral y suntuosa un fresco de época con el que reflexiona acerca de temas puramente viscontianos como la soledad, la decadencia aristocrática o la insatisfacción vital.


El rey ha perdido la cordura, se dice en el reino de Baviera. ¡Se gasta los impuestos de sus súbditos en construir castillos y satisfacer a ese aprovechado de Richard Wagner! ¡Esto no se puede permitir! Claman encolerizados algunos miembros del gobierno, ansiosos por apartarle el poder. Una comisión de investigación inicia un proceso para determinar si, efectivamente, su majestad ya no está en condiciones de gobernar. Ministros, consejeros, sirvientes y médicos hacen sus declaraciones frente a la cámara de Visconti. Con cada una de ellas se inicia un fragmento de las dos décadas de reinado del monarca. Nosotros, atentos espectadores, somos testigos de todo cuanto se cuenta. La película se abre con una revelación del joven Ludwig a su confesor poco antes de subir al trono: “Llamaré a los verdaderos sabios, a los grandes artistas, y les pediré que me ayuden. De ellos serán los monumentos, como disponen los grandes reyes”. Esta frase denota una personalidad más preocupada por las artes que por los asuntos de estado. El metraje, que se extiende durante casi cuatro horas, irá descubriéndonos a un ser extremadamente sensible, vulnerable y fantasioso que se encierra en el interior de sus lujosos castillos para evitar el contacto con la realidad. Su admiración por la música de Wagner (Trevor Howard), de quien se convierte en mecenas y protector, y el amor platónico que profesa hacia su prima Elizabeth (Romy Schneider), la emperatriz de Austria, son los dos únicos pilares sobre los que se sostiene su melancólica existencia. Como hombre temeroso de Dios, tratará de reprimir sus inclinaciones homosexuales. Quizá ningún otro personaje de la filmografía viscontiana se asemeje tanto al propio cineasta como este Ludwig. 


El filme se rodó en los impresionantes escenarios reales de Baviera donde tuvieron lugar los hechos narrados, como los palacios de Nymphenburg y Herrenchiemsee, o los castillos de Berg, Hohenschwangau, Linderhof y Neuschwanstein. Visconti envuelve al conjunto con piezas clásicas de Jacques Offenbach, Richard Wagner y Robert Schumann, haciendo un uso primoroso del zoom de acercamiento y alejamiento.

Helmut Berger realiza la interpretación de su vida en su sublime composición del enigmático Ludwig. Junto a su trabajo, cabe resaltar el de la malograda Romy Schneider, que vuelve a encarnar a “Sissi Emperatriz”; aunque con unas connotaciones muy diferentes a las del personaje de la película con la que se dio a conocer en la década de los cincuenta.

En definitiva, obra mayor de un artista mayúsculo. Fascinante.


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