Like Someone in Love (2012) de Abbas Kiarostami.

       Tokio. Akiko (Rin Takanashi) es una joven estudiante que se prostituye para pagar sus estudios sin que su celoso novio (Ryo Kase) lo sepa. Una noche, visita a Takashi (Tadashi Okuno), cliente de avanzada edad con el que establece una relación inesperada.


Tengo la sensación de que Like Someone in Love, el último trabajo del gran cineasta iraní Abbas Kiarostami, proyectado durante el pasado Festival de Cannes, donde fue recibido con cierta indiferencia, es un filme incompleto. Incompleto porque no aporta toda la información necesaria para hacer comprensibles las motivaciones de sus entrañables personajes, e igualmente incompleto porque sus ciento nueve minutos de duración terminan por no conducir a nada. Una lástima, puesto que la premisa argumental de la que partía daba para mucho más. Toma su título de una canción de jazz que la voz de Ella Fitzgerald hizo célebre a finales de la década de los cincuenta.


De la película destaco su estética y el modo en el que está filmada. Kiarostami vuelve a apostar por las secuencias largas como motor de una narración que transcurre casi a tiempo real. Los silencios son muy importantes. Y el uso del fuera de campo, admirable. La fotografía de Katsumi Yanagijima es sobresaliente, sobre todo en las escenas nocturnas (la vuelta en taxi de Akiko por las calles de Tokio constituye el mejor momento de la obra). Nada se le puede reprochar a la cinta desde un punto de vista visual. Al contrario, resulta excelente. Pero aquí no somos formalistas, no nos quedamos en la mera superficie a la hora de analizar un ejercicio cinematográfico. No pensamos como Konrad Fiedler, teórico del arte alemán, para quien “el contenido propio de la obra de arte consiste en la forma”. También nos fijamos en el fondo, y es precisamente ahí donde Like Someone in Love se muestra como un conjunto desaprovechado, casi me atrevería a decir que insustancial. De poco sirven la estupenda interpretación de Tadashi Okuno y la encantadora presencia de Rin Takanashi si sus personajes quedan definidos de manera tan somera. Kiarostami tampoco incide demasiado en el interesante juego de identidades que se establece entre ambos cuando aparece en la trama el personaje del novio.


En cualquier caso, y pese a tratarse de una obra menor, Like Someone in Love no deja de ser el digno trabajo de una maestro; aunque éste sólo luzca a ráfagas.


Las diez mejores películas de Fritz Lang.






Perversidad (Scarlet Street, 1945).



  
El tigre de Esnapur/La tumba india (Der Tiger von Eschnapur/Das Indische Grabmal, 1959).



M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931).



Los sobornados (The Big Heat, 1953).



Deseos humanos (Human Desire, 1954).



Furia (Fury, 1936).



Metrópolis (Metropolis, 1927).



El doctor Mabuse (Dr. Mabuse, der Spieler, 1922).



La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1944).



Mientras Nueva York duerme (While the City Sleeps, 1956).

To the Wonder (ídem, 2012) de Terrence Malick.

“El amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación”.
(Rabindranath Tagore)

Tras conocerse en Europa, Neil (Ben Affleck) y Marina (Olga Kurylenko) se marchan a vivir a Estados Unidos. Allí, sin embargo, su relación comienza a deteriorarse, entre otras cosas, por la aparición de Jane (Rachel McAdams), una conocida de la infancia de Neil.


Cuando uno camina sobre el alambre corre el riesgo de caerse. Y eso es precisamente lo que le ha sucedido a Terrence Malick con su última película, To the Wonder, drama amoroso con implicaciones existenciales que fue proyectado durante el pasado Festival de Cine de Venecia, donde recibió bastantes abucheos, y que ahora llega hasta nuestras salas. El filme resulta desapasionado, frío, autocomplaciente y poco inspirado. Decepcionante a todos los niveles. A veces, se tiene incluso la sensación de estar asistiendo a la obra de un mero imitador del director de La delgada línea roja. No hay poesía en sus imágenes ni sustancia en sus reflexiones. Todo queda reducido a una bella fotografía (impresionante trabajo del mexicano Emmanuel Lubezki) con puntuales fogonazos de talento visual.


En comparación con la trascendencia vital y cósmica de El árbol de la vida, su obra cumbre, To the Wonder se aferra a la intimidad de unos personajes planos que deambulan por la pantalla como si fuesen modelos bressonianos en su desnudez expresiva. Es una película abstracta, compuesta por estampas evanescentes suspendidas en el tiempo. Malick da un paso más en su concepción elíptica de la narración, obviando la importancia de los diálogos, las situaciones y el contexto; pero el conjunto parece improvisado y falto de reposo. Luego está el personaje de Javier Bardem, quizá el de mayor interés, aunque de presencia impostada y no sujeta a la lógica de la trama. Un sacerdote confundido ante el silencio de Dios, que no comprende que el creador se mantenga impasivo ante los males de este mundo. Su mensaje es claro: ninguna relación perdura si en ella no se establecen lazos espirituales. El amor es pasajero, la pasión también, sólo la conciencia de pertenecer a un espíritu común puede mantener unida a la carne. 


La envoltura musical es exquisita, como no podía ser de otro modo tratándose de un filme de Malick, con piezas de Hector Berlioz, Richard Wagner, Ottorino Respighi o Joseph Haydn. En cualquier caso, y sin ningún género de duda, la peor película de su imprescindible autor.


Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953) de Ingmar Bergman.

“Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ella”.
(Antonie L. Apollinarie Fée)

Albert (Åke Grönberg) es el propietario de un pequeño circo venido a menos y acuciado por los problemas económicos. Tras haber abandonado a su esposa e hijos tiempo atrás, ahora convive con Anne (Harriet Andersson), una joven y voluptuosa amazona. Sin embargo, ese modo de vida ya no le satisface, por lo que intenta regresar con su familia.


Magnífico drama circense en el que Bergman vuelve a posar su pesimista mirada sobre unas relaciones de pareja desgastadas por la insatisfacción vital. Porque no hay historia de amor, al menos dentro de la obra del autor sueco, que sobreviva al hastío de la convivencia una vez superada la fase de apasionamiento inicial. Olvídense de los besos interminables, las promesas de amor eterno y los finales felices. Esto es la vida, señores. Con sus dudas y sinsabores, sus arrebatos y mentiras, sus miserias y decepciones. La amarga y bendita vida. Nada más. Y nada menos. 


Gycklarnas afton aún evidencia la influencia que en el cine de Bergman ejerció el realismo poético francés, tanto en la configuración de personajes como en el afán estético, construyéndose la puesta en escena a partir de algunos postulados expresionistas (la iluminación a base de claroscuros, las angulaciones de la cámara, los juegos de espejos…). A lo largo de la película, el maestro sueco contrapone el mundo del circo al del teatro, de igual modo que en El rostro (Ansiktet, 1958), filme con el que Noche de circo se asemeja en diferentes aspectos, confrontaba ciencia y superstición. En ambos casos, los protagonistas, artistas de segunda fila, son humillados por quienes consideran mísera su profesión; aunque aquí el resultado final es bastante más desdichado. La acción parece desarrollarse en un solo día; y se abre con la llegada del circo ambulante, al alba, a la pequeña localidad donde residen la mujer e hijos de Albert. Éste, cansado de las idas y venidas de su roñoso espectáculo, tratará de volver con ellos. Curiosamente, su amante también estará tentada de abandonar la vida circense tras conocer a un adulador intérprete de teatro (Hasse Ekman). Los dos quieren huir de la vida que arrastran. 


La cinta supuso la primera colaboración del cineasta con el director de fotografía Sven Nykvist, con quien volvería a trabajar en El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960), y del que ya no se separaría hasta la producción televisiva Tras el ensayo (Efter repetitionen, 1984). Por otro lado, cabe resaltar la enorme interpretación de Albert Johansson, así como la sensual presencia de Harriet Andersson. 

Noche de circo, un gran Bergman a redescubrir. Y cuanto antes, mejor.


Las quince mejores películas del cine japonés de todos los tiempos.


Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Yasujiro Ozu.



Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953) de Kenji Mizoguchi.



Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957) de Akira Kurosawa.



Nubes flotantes (Ukigumo, 1955) de Mikio Naruse.



Rashomon (ídem, 1950) de Akira Kurosawa.



Primavera tardía (Banshun, 1949) de Yasujiro Ozu.



Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954) de Akira Kurosawa.



Principios de verano (Bakushû, 1951) de Yasujiro Ozu.



Onibaba (ídem, 1964) de Kaneto Shindô.



El intendente Sansho (Sansho Dayu, 1954) de Kenji Mizoguchi.



Historia del último crisantemo (Zangiku monogatari, 1939) de Kenji Mizoguchi.



Barbarroja (Akahige, 1965) de Akira Kurosawa.



Tormento (Midareru, 1964) de Mikio Naruse.



La mujer de la arena (Suna no onna, 1964) de Hiroshi Teshigahara.



La voz de la montaña (Yama no oto, 1954) de Mikio Naruse.

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