Inseparables (Dead Ringers, 1988) de David Cronenberg.

“Pienso a menudo que debería haber concursos de belleza para el interior de los cuerpos”.

Beverly y Elliot Mantle (Jeremy Irons), gemelos monocigóticos y brillantes ginecólogos, lo comparten todo, desde el apartamento en el que conviven hasta las mujeres con las que se acuestan, pasando por la clínica privada donde trabajan. Cuando a sus vidas llega Claire (Geneviève Bujold), una famosa actriz de televisión, la relación entre ambos comienza a resquebrajarse.


Obra mayor de David Cronenberg a partir de la novela Twins (1977), de Bari Wood y Jack Geasland, que, a su vez, se inspiraba en el caso real de los hermanos Marcus. Dead Ringers es un filme insano, turbador, complejo e inquietante. La quintaesencia del universo cronenbergiano en su morbosa querencia por la malformación de las relaciones humanas. Todas las obsesiones del autor de La mosca (identidad, locura, sexo, deformidad, ciencia, tecnología) están presentes aquí, su “Necronomicón” particular. Uno siente pavor ante escenas como la de la pesadilla que sufre Beverly, donde el apéndice que lo une a su hermano es brutalmente arrancado por Claire, o aquella otra en la que, enajenado por el consumo repetido de drogas, se dispone a operar a una de sus pacientes con un aberrante instrumental quirúrgico que hará que muchas espectadoras se lo piensen bien antes de acudir a la consulta del ginecólogo.


Los gemelos Mantle son de idéntico físico, aunque dispares en cuanto a carácter. Beverly es apocado, tímido y trabajador; Elliot, en cambio, es descarado, seguro y frívolo. En realidad, ambos constituyen un mismo ser. Los dos rostros de Jano. La dualidad personificada. Una mente y dos cuerpos. El uno no puede estar sin el otro, del mismo modo que el otro no puede estar sin el uno. Como si fuesen siameses. Su relación es perfecta hasta que aparece Claire, cual manzana de la discordia. Los dos se la llevan a la cama sin que ella lo sepa, pero sólo uno se enamora. A partir de ahí surgen los típicos celos, desavenencias y roces inherentes a cualquier trío. Trío que encuentra una extraña metáfora en la deformación del útero de Claire. Beverly, el más débil, se sitúa entre la amante y su hermano; sin embargo, no puede romper los fuertes lazos emocionales que lo unen  con éste, lo que lo lleva a hacerse adicto a lo somníferos y otros medicamentes que lo terminan trastornando. Elliot, en principio al margen de las adicciones de Beverly, a quien pretende ayudar, acabará sumergiéndose también en la degradación física y mental, cuya estampa definitoria es la grotesca Pietà con la que se cierra la película.


Jeremy Irons está impresionante en su doble rol, consiguiendo la que probablemente sea la mejor interpretación de toda su carrera. Resulta curioso el parecido existente entre el personaje de Beverly, a menudo ataviado con gafas, y el Cronenberg de la época. ¿Casualidad?

En conclusión, y por si no ha quedado claro a lo largo del texto, una convincente obra maestra.



Clásicos del western: Winchester '73 (ídem, 1950) de Anthony Mann.

“Esta es la historia del rifle modelo Winchester de 1873, ‘el rifle que conquistó el Oeste’. Para el vaquero, el forajido, el agente de la ley o el soldado, el Winchester 73 era un preciado tesoro. Un indio vendería su alma por poseer uno…”.

Lin McAdam (James Stewart) anda buscando al hombre que asesinó a su padre por la espalda. Le acompaña “High Spade” (Millard Mitchell), un viejo amigo. Ambos llegan a la ciudad de Dodge City, donde, con motivo de las celebraciones del cuatro de julio, se organiza un concurso de tiro en el que se premia al ganador con un rifle Winchester 73. Lin sabe que aquel al que persigue estará allí.


Me atrevería a afirmar, sin temor a equivocarme, que Winchester ’73 es el mejor de todos los westerns de Anthony Mann. Y eso es mucho decir si tenemos en cuenta que el director regaló al género un buen puñado de trabajos como La puerta del diablo (Devil's Doorway, 1950), Las furias (The Furies, 1950), Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952), Colorado Jim (The Naked Spur, 1953), Tierras lejanas (The Far Country, 1954), Desierto salvaje (The Last Frontier, 1955), El hombre de Laramie (The Man from Laramie, 1955), Cazador de forajidos (The Tin Star, 1957), El hombre del oeste (Man of the West, 1958) o Cimarrón (Cimarron, 1960).


El verdadero protagonista de la película no es otro que el rifle que le da título, el cual está siempre presente e irá pasando de mano en mano a lo largo del metraje en singular peregrinación. El primero de sus propietarios es Lin, después de haberlo ganado en el concurso. Más tarde se harán con él el asesino al que éste busca (Stephen McNally), un contrabandista de armas sin escrúpulos (John McIntire), un joven jefe indio (Rock Hudson), un cobarde (Charles Drake), un matón (Dan Duryea) y nuevamente el asesino. Hasta que al final termina su itinerario circular en las mismas manos en las que lo comenzó. Wim Wenders, admirador del filme, señaló en una ocasión que el guión escrito por Borden Chase, daba para, al menos, ocho buenos westerns. No se equivocaba. De manera paralela al recorrido descrito por el rifle, asistimos a una obsesiva búsqueda por parte de Lin, tras la que se esconde una tragedia familiar que culmina con un duelo a muerte en medio de un árido paisaje rocoso. Además del enfrentamiento final, destacan otras secuencias como la del concurso de tiro o el ataque indio al campamento. El brío narrativo de Mann no decae en ningún momento. 


El magnífico reparto raya a gran altura, especialmente James Stewart, en la que supuso su primera colaboración con Mann, y Shelley Winters. A resaltar también la fotografía en blanco y negro de William H. Daniels.

Western mayúsculo, en definitiva, este Winchester ’73. Quizá la mejor película de su enorme director.


Las diez mejores películas de John Ford.





El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962).



Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, 1946).



Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940).



Centauros del desierto (The Searchers, 1956).



El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952).



Qué verde era mi valle (How Green Was My Valley, 1941).



Misión de audaces (The Horse Soldiers, 1959).



La diligencia (Stagecoach, 1939).



Río Grande (Rio Grande, 1950).



Fort Apache (ídem, 1948).

Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. August, 2011) de Joachim Trier.

“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.
(Pablo Neruda)

Anders (Anders Danielsen Lie), de treinta y cuatro años de edad, se encuentra finalizando un programa de desintoxicación de drogas en un centro ubicado en el campo. Un día obtiene permiso para trasladarse a la ciudad, donde ha concertado una entrevista de trabajo. Allí se reencuentra con amigos, familiares y viejos conocidos a los que hacía mucho tiempo que no veía.


Con Oslo, 31. august, Joachim Trier, primo lejano del Trier famoso, sigue poniendo de manifiesto el excelente estado de forma en el que se halla inmerso el cine escandinavo actual (Thomas Vinterberg, Nicolas Winding Refn, Susanne Bier, Tomas Alfredson...). Se trata de un filme hipnótico, de gélida belleza, cuyo visionado deja huella en el espectador mucho más allá de la hora y media de metraje durante la que se extiende. Libre adaptación de la novela de Pierre Drieu La Rochelle El fuego fatuo (1931), también llevada al cine en 1963 por Louis Malle.


La acción se desarrolla a lo largo de un solo día, de mañana a mañana. Veinticuatro horas para seguir adelante o terminar con todo. La película se abre con filmaciones caseras de la ciudad de Oslo, acompañadas por testimonios de diferentes voces que rememoran determinados acontecimientos de sus respectivos pasados. Son recuerdos de los que se desprende nostalgia y amor hacia la ciudad, los mismos sentimientos que embargan al atribulado protagonista cuando recorre sus calles y pulula por sus rincones. La inquieta pero calma cámara de Trier, convierte a la urbe en un personaje más, quizá el principal de esta amarga historia de imposible rehabilitación emocional. El joven Anders Danielsen Lie, quien ya había colaborado con el director en su ópera prima, Reprise (2006), realiza una veraz interpretación sin la cual la cinta no habría funcionado. 


Dos escenas que rescato: aquella en la que Anders escucha las conversaciones de las personas que tiene a su alrededor en una cafetería, tomando así conciencia de que su proyecto vital está acabado; y el plano secuencia final, trágica culminación a un filme espléndido. Qué jodida puede llegar a ser la vida a veces, ¿verdad?


Cine y literatura: versos a través del espejo*.



De nuestros encuentros, cada instante
era fiesta con el dios distante.
Solos en todo el mundo.
Era más valiente y liviana que el ala de un ave.
Por la escalera, como un mareo acosante,
corrías y me llevabas -suave- 
dentro de la húmeda lila
a tus dominios insondables
por la otra parte del espejo.

Y al llegar la noche
me fue regalada la piedad,
se abrió la puerta del altar
y brilló, brilló en la oscuridad
la desnudez de su lento declinar.
Y al despertar: "¡Bendita seas!", dije
y supe que era audaz mi bendición:
dormías tú, y se extendía la lila
para tocar tus párpados con el azul del Universo.
Y los párpados que el azul tocó
quietos eran y la mano, tibia.

Y pulsaban los ríos en el cristal,
humeaban los cerros, brillaba el mar.
Una esfera de cristal tenías en tu mano.
Dormías en un trono elevado.
Y ¡Dios sagrado! Mía eras, mía mi beldad.

Despertaste y transformaste el léxico de la humanidad.
Y al habla de fuerza sonora colmaste
y la palabra "tú" mostró -oh, arte-
su nueva esencia y significó "zar".

Todo cambió en el mundo,
hasta las cosas sencillas, palangana, bocal,
cuando detenida entre nosotros estaba
el agua dura y laminada.

Algo nos llevó al más allá,
y, cual espejismo, se distanciaba
-construida por milagro- la ciudad.
A nuestros pies la menta se acostaba
y las aves seguían nuestra ruta larga
y los peces en contra iban de las aguas
y se abrió el cielo ante nosotros
cuando el destino nos siguió celoso
cual un loco que lleva una navaja.


Desde el alba te esperé ayer,
adivinaron ellos que tú no vendrías.
¿Recuerdas cómo estaba el tiempo?
¡como una fiesta! Y yo salí sin abrigo.
Hoy has venido, y nos han hecho
un día demasiado sombrío,
lluvia, una hora demasiado tardía,
y corren las gotas por las ramas frías.
No es posible detenerlas con palabras
ni con el pañuelo enjugarlas.


No creo en los presentimientos. Tampoco temo a los agüeros.
No esquivo la blasfemia y el veneno.
La muerte no existe. Inmortales son todos.
Todo es inmortal. No hay que temer a la muerte
ni a los diecisiete, ni a los setenta.

Sólo hay luz y realidad.
No hay oscuridad ni muerte en este mundo.
Ya estamos todos en la costa del mar.
Soy de los que recogen las redes.
Cuando en cardumen viaja la inmortalidad.

Vivid en la casa y la casa existirá.
Llamaré a cualquiera de los siglos,
entraré en él y en él construiré mi hogar.
Por eso a una misma mesa vuestros hijos y vuestras esposas conmigo están.

Y es una para el nieto y el abuelo:

el futuro hay, ahora se consumará. Y si mi mano levanto
los cinco rayos con vosotros quedarán.
Cada día del pasado yo sostuve con mis clavículas y mi voluntad.
Medí el tiempo con cadena de apear y lo atravesé como si fuera el río Ural.

Mi siglo a mi talla escogía.

Íbamos al sur, pendía el polvo en la estepa.
La hierba mal olía, el grillo traveseaba,
tocaba las herraduras con su antena
y predecía mi muerte, como un monje presagiaba.

Até mi destino a la silla de montar.
Y ahora estoy en los futuros siglos
me levanto cuan niño en los estribos.
Me basta con mi inmortalidad
para que de siglo en siglo mi sangre corra.
Por un rincón con lumbre y bondad
pagaría de buen grado con mi vida.
Más su aguja voladora como a un hilo
me lleva por el mundo a toda costa.

Arseni Tarkovsky (1907-1989).

El hombre tiene un cuerpo,
cual una celda.
Cansada el alma está
de su íntegra envoltura.
Con oreja y ojos,
como monedas,
y piel con cicatrices
que cubre la osamenta.
Por la córnea vuela
a la fuente del cielo,
al radio del hielo,
al carruaje del ave.
Y oye por las rejas
de su viviente cárcel
la carraca del campo,
la trompa de los mares.
El alma es sin su cuerpo,
como cuerpo sin camisa.
No hay labor ni intento
ni verso ni concepto.
Adivinanza vana:
¿quién irá a bailar
a aquella misma plaza
donde nadie está?
Y sueño otra alma
vestida de otra forma:
arde y corre, tímida,
en busca de esperanza.
Se quema y sin sombra
se aleja por la tierra,
un racimo de lilas
dejando de recuerdo.
No te lamentes, niño,
de la Eurídice pobre,
empuña el palo y corre
tras el aro de cobre
mientras tus oídos capten
ora alegres, ora secos
de tus pasos los ecos
que repite la tierra.

   * Estos cuatro pemas del poeta ruso Arseni Tarkovsky, aparecen a lo largo del metraje de El espejo (Zerkalo), filme dirigido por su hijo, Andrei Tarkovsky, en 1975.

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