Esculpiendo el tiempo cumple dos años: las (mis) cincuenta mejores películas de la historia (lista revisada y actualizada).






50.      Sombras de antepasados olvidados (Tini zabutykh predkiv, 1964) de Sergei Paradjanov. 



49.      El tigre de Esnapur/La tumba india (Der Tiger von Eschnapur/ Das Indische Grabmal, 1959) de Fritz Lang. 



48.      Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939) de Raoul Walsh. 



47.      Tristana (1970) de Luis Buñuel. 



46.      Yi Yi (ídem, 2000) de Edward Yang. 



45.      Marketa Lazarová (ídem, 1967) de Frantisek Vlácil.



44.      Fitzcarraldo (ídem, 1982) de Werner Herzog. 



43.      Principios de verano (Bakushû, 1951) de Yasujiro Ozu. 



42.      Laura (ídem, 1944) de Otto Preminger.



41.      Nubes flotantes (Ukigumo, 1955) de Mikio Naruse.



40.      El gatopardo (Il gattopardo, 1963) de Luchino Visconti.



39.      L´Atalante (ídem, 1934) de Jean Vigo.



38.      Armonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000) de Béla Tarr.



37.      Solaris (Solyaris, 1972) de Andrei Tarkovsky.



36.      Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) de Akira Kurosawa.



35.      El espejo (Zerkalo, 1975) de Andrei Tarkovsky.



34.      Trono de sangre (Kumonosu jo, 1957) de Akira Kurosawa.



33.      Carretera perdida (Lost Highway, 1997) de David Lynch.



32.      Dies irae (Vredens dag, 1943) de Carl Theodor Dreyer.



31.      Madame de… (ídem, 1953) de Max Ophüls.



30.      Nazarín (1959) de Luis Buñuel.



29.      Los niños del paraíso (Les enfants du paradis, 1945) de Marcel Carné.



28.      Barry Lyndon (ídem, 1975) de Stanley Kubrick.



27.      El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962) de John Ford.



26.      Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) de Kenji Mizoguchi.



25.      Perversidad (Scarlet Street, 1945) de Fritz Lang.



24.      Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) de Ingmar Bergman.



23.      La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d'Arc, 1928) de Carl Theodor Dreyer.



22.      Nostalgia (Nostalghia, 1983) de Andrei Tarkovsky.



21.      Hamlet (Gamlet, 1964) de Grigori Kozintsev.



20.      El placer (Le plaisir, 1952) de Max Ophüls.



19.      La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) de James Whale.



18.      Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963) de Ingmar Bergman.



17.      Luces de la ciudad (City Lights, 1931) de Charles Chaplin.



16.      Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles.



15.      2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick.



14.      El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) de Terrence Malick.



13.      Viridiana (1961) de Luis Buñuel.



12.      Amanecer (Sunrise: A Song of Two Humans, 1927) de F. W. Murnau.



11.      Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock.



10.      Ordet (La palabra) (Ordet, 1955) de Carl Theodor Dreyer.



9.      Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953) de Yasujiro Ozu.



8.      Andrei Rublev (Andrey Rublyov, 1966) de Andrei Tarkovsky.



7.      Iván el terrible, partes I y II (Ivan Groznyy I-Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor, 1944-1958) de Sergei M Eisenstein.



6.      El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice.



5.      El caballo de Turín (A Torinói ló, 2011) de Béla Tarr.



4.      Stalker (ídem, 1979) de Andrei Tarkovsky.



  3.      Persona (ídem, 1966) de Ingmar Bergman.



2.      Gertrud (ídem, 1964) de Carl Theodor Dreyer.



1.      Sacrificio (Offret, 1986) de Andrei Tarkovsky.



Michael (Mikaël, 1924) de Carl Theodor Dreyer.


“No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa de explorar, un paisaje, ya sea árido o apacible, de una belleza única. No hay experiencia más noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía”. (Carl Th. Dreyer)

La relación entre Claude Zoret (Benjamin Christensen), afamado pintor, y Michael (Walter Slezak), su joven alumno y modelo, comienza a deteriorarse con la llegada de la princesa Zamikoff (Nora Gregor), quien con sus encantos conquistará el corazón del segundo.


Existe entre los cinéfilos una tendencia más o menos generalizada, debido probablemente al desconocimiento, que consiste en obviar todo lo que el maestro danés hizo con anterioridad a La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d'Arc, 1928). Esa omisión arbitraria, impide no ya sólo el análisis de la génesis del lenguaje dreyeriano, fundamental para comprender su posterior evolución, sino también el simple disfrute de una serie de películas de gran calidad, que parecen haber quedado sepultadas por el peso de las ulteriores obras maestras firmadas por el cineasta.

Mikaël, adaptación de una novela de Herman Bang, es un Kammerspielfilm que nos habla del dolor del desengaño y de cómo el estado emocional condiciona el trabajo del artista. La relación que se expone entre Zoret y Michael, va mucho más allá de la mera correspondencia maestro-alumno, adquiriendo evidentes connotaciones homosexuales que hacen que el filme sea, desde un punto de vista temático, bastante adelantado a su tiempo.


Pese a lo que el título pueda indicar, el verdadero protagonista de la cinta es Claude Zoret, al que interpreta con notable solvencia Benjamin Christensen, director de la singular Häxan: La brujería a través de los tiempos (Häxan, 1922). Dreyer nos muestra la progresiva decadencia física y artística de su personaje, apesadumbrado desde que conoce la aventura amorosa de su amado pupilo. Zoret soportará con solemne resignación, la descarada ingratitud de aquel que, aun en los malos momentos, sigue constituyendo su principal fuente de inspiración.

La puesta en escena, enaltecida por la excelente fotografía de Karl Freund y Rudolph Maté, se caracteriza por su riqueza simbólica (alusiones a la religión y a la muerte) y su profundidad espacial en las secuencias que se desarrollan en el interior del salón de la mansión de Zoret. El autor de Gertrud prosigue avanzando en su camino hacia la depuración y la abstracción más absolutas.


Gracias a la ejemplar restauración llevada a cabo hace unos años por el Friedrich-Wilhelm-Murnau-Stiftung (encomiable su labor), los admiradores del inmarcesible realizador danés, tenemos la oportunidad de disfrutar de otra de sus películas olvidadas.

¡Está viva!


En 1935, en plena depresión económica y a pocos años de que se iniciase la más catastrófica de las guerras conocidas por este mundo, James Whale alumbró una de las películas más geniales de la historia del cine: La novia de Frankenstein. Prácticamente insuperable en términos de estilo, originalidad creativa y puesta en escena, el filme se mantiene como una de las obras maestras esenciales del género fantástico. Sin duda, uno de los aspectos más recordados del mismo, es el singular maquillaje que portaba Elsa Lanchester. Las hábiles manos del maestro Jack Pierce, que se debió inspirar en el atemporal busto de Nefertiti, crearon un verdadero icono (uno más) cuya vigencia estética a día de hoy resulta innegable. Ya lo decimos en el encabezado de esta entrada, la novia sigue estando viva, ¡muy viva!















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