Primavera tardía (Banshun, 1949) de Yasujiro Ozu.


Noriko (Setsuko Hara) sigue viviendo con su padre viudo (Chishu Ryu) a pesar de que ya se encuentra en edad de contraer matrimonio. Sin embargo, la idea de separarse de su progenitor le embarga de una profunda tristeza.


En la historia del cine japonés destacan por méritos propios los nombres de cuatro directores: Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi, Akira Kurosawa y el injustamente olvidado Mikio Naruse. El primero de ellos es, probablemente, el más importante; no sólo por ser el más trascendental y poético, sino porque también consiguió crear un lenguaje cinematográfico único e intransferible.

 A Ozu se le suele considerar tradicionalmente como el director más japonés de todos, algo que no deja de ser curioso si tenemos en cuenta que su cine no se parece al de ningún otro director nipón. Mizoguchi señalaba que él intentaba hacer realistas historias extraordinarias, mientras que Ozu convertía lo cotidiano en extraordinario, algo que a su juicio era mucho más complicado.

Ozu, gran admirador del cine occidental, se formó en el período mudo, y a partir de entonces fue depurando su estilo, liberándolo de artificios y elementos innecesarios.


 Su cámara se sitúa casi siempre a pocos centímetros del suelo, lo que le obligó desde el principio a construir techos en los decorados, ya que estos resultaban visibles, acentuándose además una puesta en escena en profundidad remarcada por los propios decorados. Esa cámara suele ser poco móvil; en este sentido Ozu evolucionará hasta tal punto que en algunas de sus últimas películas no habrá ni un solo movimiento de la misma. El montaje resulta fundamental en su obra, todo lo contrario que en la de Mizoguchi, en la que sus famosos planos-secuencia reducirán la importancia del mismo. De ahí que Donald Richie señalara que Ozu es el director del montaje, mientras que Mizoguchi sería el del no montaje.

Ozu también renuncia a los fundidos de cualquier tipo, sustituyéndolos por sus míticos planos de transición, que sirven o bien para dotar de contextualización a la siguiente escena, o bien para resaltar la importancia de naturalezas muertas como muebles o jarrones. Es importante señalar que en sus películas los decorados siempre tienen cuatro paredes (en lugar de las tres que solían utilizarse en el Hollywood clásico), de modo que la cámara puede situarse en cualquier lado de la estancia. A todo ello hay que sumar que nos encontramos ante uno de los mayores maestros en la composición planos, a los que dota de un lirismo sublime.

 Cuenta, por tanto, con un lenguaje propio que lejos de ser simple como se podría pensar a primera vista, resulta tremendamente complejo.


La cinta que ahora nos ocupa; Banshun, es una de sus mejores obras, título clave que influye prácticamente en casi todas las películas que hizo posteriormente. En ella nos encontramos con algunos de los temas esenciales de su filmografía, como la relación entre las distintas generaciones, el paso del tiempo o la soledad. El magnífico guión fue escrito conjuntamente por el propio Ozu y su gran amigo Kôgo Noda a partir de una historia de Kazuo Hirotsu.

Decir que el filme resulta conmovedor es quedarse corto. Pocas veces, o quizás nunca, se ha visto en el cine una relación más bella entre padre e hija, interpretados magistralmente por la musa de Ozu y su actor fetiche.


Como secuencias inolvidables, destacan el último viaje que realizan juntos a la ciudad de Kyoto; el momento en el que Noriko se viste de novia y mira de forma tímida a su amado padre, al que agradece lo hecho por ella, y por supuesto, la escena final. Secuencia en la que el padre, ya solo en su casa, pela una pieza de fruta mientras se le caen las lágrimas. La tristeza que desprende es tan grande, que el espectador se ve obligado a acompañar al gran Chishu Ryu en su amargo llanto.
       

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