Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) de Kenji Mizoguchi.

“Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra en vez de levantar”.
(San Agustín)

Japón, finales del siglo XVI. En un contexto beligerante, dos campesinos, Genjûrô (Masayuki Mori) y Tobei (Eitarô Ozawa), deciden, en contra de la opinión de sus respectivas mujeres, viajar hasta la ciudad para satisfacer sus ambiciones: el primero, alfarero aficionado, quiere hacerse rico vendiendo sus cerámicas, mientras que el segundo sueña con convertirse en samurái.


León de Plata ex aequo en el Festival de Cine Venecia de 1953, Ugetsu monogatari (conocida en España indiferentemente como Cuentos de la luna pálida, Cuentos de la luna pálida de agosto o Cuentos de la luna pálida después de la lluvia), adaptación de dos relatos de Ueda Akinari y un cuento de Guy de Maupassant, constituye una hermosa fábula sobre la ambición humana y sus fatales consecuencias. La película, cumbre ineludible de la cinematografía nipona, aúna con sutileza la realidad con lo sobrenatural en un conjunto que destaca por sus valores morales y su perfeccionismo estético.


La década de los cincuenta supuso el período de mayor esplendor de la carrera de Kenji Mizoguchi, que en menos de un lustro rodó títulos tan importantes como Vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna, 1952), Los amantes crucificados (Chikamatsu monogatari, 1954), El intendente Sansho (Sansho Dayu, 1954), La emperatriz Yang Kwei-fei (Yôkihi, 1955), La calle de la vergüenza (Akasen chitai, 1956) o el filme que nos ocupa, acaso el mejor de todos ellos, y, por descontado, el más conocido para el público occidental. En Ugetsu monogatari, el director japonés vuelve a situar a la mujer como víctima de la mezquindad masculina; aunque esta vez sean los hombres, especialmente Genjûrô, los principales protagonistas de su relato. Tanto Miyagi (la gran Kinuyo Tanaka), esposa de éste, como Ohama (Mitsuko Mito), mujer de Tobei, acaban mal por causa de la sinrazón de sus maridos, que anteponen sus intereses a los de su propia familia. Hasta la princesa Wakasa (Machiko Kyô), un alma en pena que vaga por la tierra junto a su vieja nodriza en busca del amor que le fue negado en vida, sufrirá por culpa de Genjûrô, quien le oculta a la llegada a su castillo que tenga una mujer y un hijo, conviviendo con ella en pecado durante algún tiempo. Para Mizoguchi, asiduo a los prostíbulos y cuya hermana fue vendida a temprana edad para que se convirtiera en geisha, la causa de la infelicidad femenina es casi siempre el egoísmo de los hombres.


Desde un punto de vista técnico, sobresalen la utilización de planos largos muy elaborados, los elegantes movimientos de cámara, y la naturalidad de las transiciones entre lo real y lo sobrenatural (no olvidemos que Cuentos de la luna pálida no deja de ser una historia de fantasmas).

¿Mi momento favorito de la película? Todo la parte que transcurre en el interior del castillo de la princesa Wakasa, donde la influencia estética del teatro noh resulta evidente, además del conmovedor tramo final.


Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954) de Akira Kurosawa.

“La amistad más profunda suele surgir de un encuentro casual”.

Japón, siglo XVI. Una aldea de campesinos, harta de sufrir los continuos saqueos de unos bandidos, decide contratar los servicios de un grupo de samuráis para que defiendan sus intereses.


Si se me permite el paralelismo, considero que Los siete samuráis es al cine lo que Don Quijote a la literatura. Uno de esos clásicos universales que no pueden faltar en ninguna colección. En ambos casos se trata de un relato de aventuras; y, también en ambos casos, unos personajes con elevados ideales (aquí el código del bushidō) ponen su vida al servicio de los más desfavorecidos. Akira Kurosawa logró el León de Plata en el Festival de Venecia gracias a esta monumental obra que ha inspirado con posterioridad, a cineastas tan dispares entre sí como lo puedan ser Sam Peckinpah o Andrei Tarkovsky.


El filme puede estructurarse, grosso modo, en cuatro partes diferenciadas: una introducción en la que Kurosawa expone la premisa argumental a desarrollar posteriormente, destacando la reunión que los aldeanos mantienen en la casa del molino del viejo patriarca, quien les recomienda la contratación de samuráis hambrientos (“incluso el oso sale del bosque cuando tiene hambre”, les dice); el proceso de reclutamiento de los samuráis, que comienza con la elección del personaje de Takashi Shimura, veterano al que encuentran rescatando a un niño de las garras de un ladrón que lo tiene secuestrado; la llegada de los siete guerreros, encabezados por el citado Shimura, a la pequeña aldea, donde preparan a los campesinos para combatir a los bandidos; y el enfrentamiento con estos, que, tras varias escaramuzas, culmina con la mítica batalla final bajo un torrente de agua. La narración se muestra portentosa a lo largo de las más de tres horas y media de metraje, en las que el director nipón mezcla con acierto el humor, la acción y el drama social. El dibujo de personajes resulta maravilloso (inolvidable el bufonesco Kikuchiyo interpretado por el gran Toshirô Mifune), y la puesta en escena, soberbia; sobresaliendo la maestría de Kurosawa en la composición de cada plano. El autor de Rashomon rodó con varias cámaras a la vez, otorgando fluidez narrativa a secuencias tan complejas como la de la batalla bajo la lluvia.


Uno de los aspectos más llamativos de la película a mi entender, y al que, curiosamente, no se le suele prestar la atención que merece, es la importancia que Kurosawa concede al entorno natural donde transcurre la historia. Es por ello que filma con detalle la vegetación, el bosque y las colinas que rodean a la aldea, captando con agudeza los sonidos de la naturaleza (el viento que sopla, el canto de los pájaros, el fluir del arroyo…). Esta concepción del entorno como un ente vivo, casi otro personaje, debió influir de manera decisiva en el cine de Andrei Tarkovsky, declarado admirador del maestro japonés (véase, por ejemplo, Andrei Rublev).

Obra maestra.


De la vida de las marionetas (Aus dem Leben der Marionetten, 1980) de Ingmar Bergman.

“Observo mi cara en el espejo. Me es bastante familiar. Y constato que en esta combinación de sangre y carne y nervios y hueso hay dos… no sé cómo llamarlos; dos entidades irreconciliables. El sueño de cercanía, dulzura y comunidad. Abandono de todo lo vivo. Y por el otro lado violencia, terror, amenaza de muerte. A veces creo que todo eso tiene un origen común”.

Peter Egermann (Robert Atzorn) es un exitoso hombre de negocios que estrangula y viola a una prostituta. A continuación se inicia una investigación policíaca con el objetivo de averiguar qué razones lo llevaron a perpetrar tan horrible crimen.


Aus dem Leben der Marionetten es el exhaustivo estudio psicológico de una personalidad reprimida y atormentada. Tras su visionado, el espectador se ve sacudido por la idea de que la existencia no es más que un escenario teatral en el que ejercemos de simples títeres atrapados en las férreas convenciones sociales que determinan lo que somos. Con un guión perfectamente estructurado, repleto de diálogos y soliloquios brillantes (resulta revelador el monólogo frente a un espejo de Tim, el amigo homosexual de Katarina, la mujer de Peter), la película muestra la incomparable pericia del autor sueco a la hora de exponer y diseccionar las contradicciones inherentes al alma humana.


Flanqueado por un prólogo y un epílogo a color, el resto del filme, rodado en un sobrio blanco y negro con fotografía de Sven Nykvist, se estructura en diferentes episodios que transcurren antes y después del asesinato de la prostituta a manos de Peter Egermann. Estos continuos saltos en el tiempo (de días, e incluso horas), tanto hacia delante como hacia atrás, sirven para tener una visión conjunta del estado mental del protagonista; de las posibles causas y fatales consecuencias de su crimen. Cada episodio cuenta con una conversación entre dos personajes como elemento central del mismo. A través de los sucesivos testimonios del entorno familiar y social de Peter, que incluye al profesor Mogens Jensen (Martin Benrath), su psiquiatra, Bergman va dibujando la personalidad de su personaje principal: un tipo infelizmente casado, de homosexualidad reprimida, cuyo débil carácter ha sido forjado en el seno de una madre posesiva. Toda la película posee una atmósfera onírica, casi pesadillesca, gracias a la abstracción alcanzada por la puesta en escena en determinadas secuencias (véanse la fantasía homicida de Peter o su sueño relatado mediante una carta), y a la minimalista música de Rolf A. Wilhelm.


En cuanto a la técnica de filmación, destaca el uso de espacios cerrados, los planos de larga duración y los primeros y primerísimos planos de los personajes.

Temas habituales dentro de la filmografía bergmaniana como la identidad, las máscaras sociales, el existencialismo vital o la convivencia matrimonial, son el caldo de cultivo dramático de De la vida de las marionetas; notable y experimental obra cinematográfica. No demasiado conocida, pero sí muy apreciada por los seguidores del inmarcesible autor de Los comulgantes.


Cine y literatura: "Le plaisir" (1952), el placer de ver y leer.

     En 1952, Max Ophüls dirigió uno de los filmes más exquisitos de la historia del cine. Estructurado en tres episodios, Le plaisir adaptaba tres cuentos del célebre literato decimonónico francés Guy de Maupassant: La máscara, La casa Tellier y La modelo.

Guy de Maupassant (1850-1893).


La máscara, 1889.

     “Había un baile de disfraces, esa noche, en el Hélice-Montmartre. Era con ocasión de la Mi-Carême, y la multitud entraba, como el agua por la compuerta de una esclusa, en el corredor iluminado que conduce al salón de baile. La formidable llamada de la orquesta, resonante como una tempestad musical, desbordaba las paredes y el techo, se difundía por el barrio, iba a despertar, por las calles y hasta en el fondo de las casas vecinas, el irresistible deseo de saltar, de estar caliente, de divertirse que dormita en el fondo del animal humano.


      Y los clientes del lugar llegaban también de las cuatro esquinas de París, gente de todas clases, amante de placeres fuertes y bulliciosos, un poco indecentes, rayanos en el libertinaje. Eran empleados, chulos, mozas, mozas de toda estofa, desde el vulgar algodón a la más fina batista, mozas ricas, viejas y cargadas de brillantes, y mozas pobres, de dieciséis años, llenas de ganas de andar de juerga, de entregarse a los hombres, de gastar dinero. Elegantes trajes de etiqueta en busca de carne fresca, de primicias desfloradas, aunque sabrosas, merodeaban entre aquella muchedumbre caldeada, buscaban, parecían olfatear, mientras que las máscaras semejaban agitadas sobre todo por el deseo de divertirse. Ya las más famosas cuadrillas agolpaban en torno a sus brincos una densa corona de público. La ondulante hilera, la masa movediza de mujeres y hombres que rodeaba a los cuatro bailarines se anudaba a su alrededor como una serpiente, ora próxima, ora apartada, siguiendo las evoluciones de los artistas. Las dos mujeres, cuyos muslos parecían sujetos al cuerpo por resortes de goma, hacían con las piernas sorprendentes movimientos. Las lanzaban al aire con tanto vigor que el miembro parecía volar hacia las nubes, y después de pronto las apartaban como si se hubieran abierto hasta la mitad del vientre, deslizando una hacia adelante, otra hacia atrás, y tocaban el suelo por el centro con un gran impulso rápido, repugnante y divertido.

      Sus parejas saltaban que se las pelaban, se agitaban, con los brazos estremecidos y alzados como muñones de alas sin plumas, y se adivinaba, bajo las máscaras, su respiración jadeante.

      Uno de ellos, que había ocupado un puesto en la más renombrada de las cuadrillas para sustituir a una celebridad ausente, el guapo "Piensa-en-mí", y que se esforzaba por estar a la altura del infatigable "Espinazo-de-Becerro", ejecutaba unos originales solos que despertaban la alegría y la ironía del público.

    Era flaco, iba vestido como un gomoso, con una linda máscara barnizada sobre el rostro, una máscara con bigotes rubios rizados rematada por una peluca de tirabuzones.

     Parecía una figura del museo de cera, una extraña y fantástica caricatura del encantador galán de los grabados de modas, y bailaba con un esfuerzo convencido, aunque torpe, con cómico arrebato. Parecía herrumbroso al lado de los otros, al tratar de imitar sus cabriolas; parecía paralizado, pesado como un gozque jugando con galgos. Burlones "bravos" lo animaban. Y él, ebrio de ardor, perneaba con tal frenesí, que de pronto, arrastrado por un impulso furioso, fue a darse de cabeza con la muralla del público que se abrió ante él para dejarle paso, y después volvió a cerrarse en torno al cuerpo inerte, tendido sobre el vientre, del bailarín inanimado.

     Unos hombres los recogieron, se lo llevaron. Gritaban: " ¡Un médico!" Se presentó un caballero, joven, elegantísimo, con traje de etiqueta y gruesas perlas en la pechera de la camisa. "Soy profesor de la Facultad", dijo con voz modesta. Lo dejaron pasar, y él acudió junto al bailarín, que seguía sin conocimiento, y al que extendían sobre unas sillas en una habitacioncita llena de carpetas, como un despacho de un agente de negocios. El doctor quiso ante todo quitarle la máscara y se dio cuenta de que estaba atada de una forma muy complicada, con multitud de menudos hilos de metal, que la unían hábilmente a los bordes de la peluca y encerraban la entera cabeza con unas sólidas ligaduras cuyo secreto era preciso conocer. El propio cuello estaba aprisionado en una falsa piel que prolongaba la barbilla, y esta piel de guante, pintada como la carne, llegaba al cuello de la camisa.


    Hubo que cortar todo esto con fuertes tijeras; y cuando el médico hubo hecho, en aquel sorprendente conjunto, un corte que iba del hombro a la sien, entreabrió aquel caparazón y encontró una vieja cara de hombre gastado, pálido, flaco y arrugado. Tal fue la impresión entre quienes habían llevado la joven máscara rizosa, que nadie rió, nadie dijo una palabra.

     Todos miraban, acostado en unas sillas de paja, aquel triste rostro de ojos cerrados, cubierto de pelos blancos, unos, largos, que caían sobre la cara desde la frente, otros, cortos, que habían crecido en las mejillas y el mentón, y, al lado de aquel pobre ser, la linda y pequeña máscara barnizada, aquella máscara fresca que seguía sonriendo (...)” 

La casa Tellier, 1881.

“(…) La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne; por las ventanas se veía la bahía llena de barcos que descargaban y el gran pantano salado llamado "La traba"; detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.

Madame provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure. Había aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice "Es una buena profesión" y enviarían a sus hijos a mantener un harén de mujeres como los enviarían a dirigir un internado de señoritas.

Esta casa, por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cual era propietario. Monsieur y Madame, anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más ventajoso para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa que colapsaba en ausencia de sus dueños.

Eran buena gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.

El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo mantenía entre la molicie y el sedentarismo; engordó demasiado y dañó su salud.

Madame, después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del establecimiento; se la reconocía como una persona absolutamente prudente, y las propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.

Era alta, entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese albergue siempre cerrado, brillaba como bajo un barniz grasiento. Un delgado adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y de cara animada, atraía fácilmente, con un matiz de moderación que sus nuevas ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre propio al establecimiento que ella dirigía, se enojaba y sublevada. En fin, tenía un alma delicada, y, aunque trataba a sus mujeres como amigas, repetía a menudo que ellas "no eran harina de un mismo costal".

Algunas veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su tropa; y se iban a retozar en la hierba en la orilla del riachuelo que corre en los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía la merienda sobre el césped bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso, una dulce emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre llena de indulgencia y complacencia.

La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en la noche a la gente del pueblo y los marineros. Dos de las personas encargadas del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las necesidades de esta parte de la clientela. Servían, con la ayuda de un camarero llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y fuerte como un buey, las botellas de vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas, fomentaban el consumo.

Las otras tres damas (eran sólo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían reservadas a la clientela del primer piso, a menos que fueran requeridas abajo y que el primero estuviese vacío. El salón Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel azul y ornamentado de un gran dibujo representando a Leda extendida bajo un cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando en una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella brillaba toda la noche, detrás de una celosía, un pequeño farol como aquellos que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los muros.

El edificio, húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de colonia pasaba por los pasillos, o bien una puerta entreabierta en el piso bajo hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores del primero una mueca inquieta y de disgusto.

Madame, amable con sus clientes y amigos, no se movía del salón, y se interesaba de las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un descanso de los chistes pícaros, de los peculiares panzones que se decían cada noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de mujeres públicas.

Las tres damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.

Como el personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra, un compendio del tipo femenino, a fin de que todo consumidor pudiera encontrar allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.

Fernanda representaba a la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y cuyo pelo ondea, corto, claro y sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.

Rafaela, una Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía, delgada, con los pómulos salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos ganchos sobre sus sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado por una nube. Su nariz arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo, que habían tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.

Rosa la Jaca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche, con una voz cascada, unos versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias interminables y triviales, no cesaba de hablar callando sólo para comer y de comer sólo para hablar. Siempre agitada y ágil como una ardilla, a pesar de su gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos, estallaban sin cesar, aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café, por todos lados, sin ningún motivo.

Las dos mujeres de abajo, Luisa, apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un poco, la una siempre vestida como La Libertad con una cinta tricolor, la otra como Fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras vestidas para un carnaval. Parecidas a todas las mujeres del pueblo, ni más feas ni más bonitas, verdaderas sirvientas de posada, se les apodaba en el puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.

Una paz celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.

El establecimiento, único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte de consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos, exultados cuando ella les expresaba una amistad más marcada; y cuando se encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían "Esta noche, donde tú sabes", como diciendo "En el café, ¿no es cierto?, después de comida".

En fin, La Casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana (…)” 

La modelo, 1883.

" (...) Era hermosa; sobre todo, elegante, y tenía una cintura divina. Se enamoró Juan como nos enamoramos de cualquier mujer agradable a la que vemos con frecuencia, y supuso que la quería con toda su alma. Es una singular aberración. En cuanto nos gusta una mujer y la deseamos, ya suponemos que no es posible vivir sin ella. El más desmemoriado recuerda que le ocurrió lo mismo varias veces —y que a la satisfacción de un deseo ha seguido el desencanto en todas las ocasiones; que para unir dos existencias no es bastante complacer al brutal apetito de la carne, pronto saciado, sino que precisa un acuerdo absoluto de las almas, del temperamento, del humor.

    Es necesario saber distinguir si el apasionamiento que sentimos lo inspiran los atractivos corporales, un deseo voluptuoso que nos embriaga, o el encanto profundo y suave del espíritu.


    Lo cierto es que Juan Summer imaginó que la quería con toda su alma, haciéndola mil juramentos de fidelidad y vivió completamente consagrado a ella.


    Era una mujer fascinadora, con el desparpajo elegante que tan fácilmente muestran las criaturas de Paris. Bromeaba, charlaba, canturriaba, diciendo tonterías brillantes como rasgos de ingenios por la gracia que las envuelve al ser lanzadas. Tenía siempre actitudes y gestos oportunos para seducir al artista. Levantando los brazos, inclinándose, tendiendo la mano, subiendo al coche, se movía con desenvoltura y garbo.


    En un trimestre, Juan Summer no reparó que su adorable modelo era, como todas las modelos.


    Para veranear tomaron una casita en Andressy, donde cierta noche sobresaltaron el espíritu del pintor las primeras inquietudes.


    Hacía un tiempo delicioso, una luna espléndida y decidimos dar un paseo por la orilla del río. La bóveda celeste reflejaba su esplendor en el agua temblorosa, quebrando sus reflejos amarillos en los remansos quietos, en el cauce rumoroso, en toda la extensión líquida que se deslizaba lentamente.
Avanzábamos, poseídos por la vaga exaltación que nos producen esas noches fascinadoras. Hubiéramos querido realizar sobrehumanas empresas, descubrir amores de seres desconocidos y extraordinariamente poéticos. Sintiendo amagos de aspiraciones, ansias y éxtasis incomprensibles, callábamos, envueltos por la serena y penetrante frescura de la noche ideal, por la placidez luminosa de la carne, que baña el espíritu perfumándolo y sumergiéndolo en un goce infinito.


   De pronto, Josefina (se llama Josefina) prorrumpió bulliciosamente:


  —¡Ah! ¡Mira un pez que salta! ¿Lo has visto?
Juan respondió sin mirar hacia donde la mujer señalaba.
  —Sí, nena mía.
Ella se disgustó, increpándole:
  —No mientas; no lo has visto; mirabas a otro lado y no volviste siquiera los ojos a donde yo te indiqué.
Juan sonrió.
  —Es tan delicioso este ambiente que nos rodea de una vaguedad soñadora... Ni miro nada, ni pienso nada, ni sé nada...
Josefina se contuvo, pero al poco rato, lanzada por el prurito de hablar, preguntó:
  —¿Irás a París mañana?
El dijo:
  —No lo sé.
Josefina se puso nerviosa. exaltándose:
  —¡Qué divertido! ¡Pasear toda la noche, sin decir una palabra!¡Como unos tontos!
Juan seguía callado, y entonces ella, con el perverso instinto de la mujer exasperada y que se ha propuesto exasperar a los otros, voceó la estúpida copla, con la cual nos habían ensordecido ya durante dos años, y que principia:
...Mirando las musarañas...
Juan insistió:
—Te ruego que te calles.
Ella repuso, furiosa y descompuesta:
—¡Que me calle! ¿Por qué?
¿Hay algún moribundo?
Juan repuso:
—No turbes el goce que nos ofrece la quietud luminosa del paisaje.


   Replicó la mujer, vomitando una sarta imbécil, odiosa,. con salpicaduras de reproches inauditos, con recriminaciones intempestivas y lágrimas al final. De todo hubo.


    Se retiraron. Juan la dejó desfogarse, sin contradecirla, sin atenderla, sumergido en la contemplación de la Naturaleza.


     Y a los tres meses luchaba por sacudir aquellas ligaduras invencibles e invisibles. Ella le retenía, le oprimía, le martirizaba. Hubo altercados violentos, injurias reciprocas y hasta golpes brutales


    Al cabo, él se propuso terminar aquello, separarse a toda costa, romper las cadenas. Vendiendo todas las obras que pudo terminar —no era muy famoso aún— y amparándose con los amigos, reunió veinte mil francos; los puso una mañana sobre la chimenea con una carta, despidiéndose, y se fue a refugiar en mi casa (...)" 
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