Mandarinas (Mandariinid, 2013) de Zaza Urushadze.

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.
(Henry Miller)

1992. En plena guerra de Abjasia, Ivo (Lembit Ulfsak), un viejo carpintero estonio que ayuda a su vecino Margus (Elmo Nüganen) con la cosecha de mandarinas, recoge en su casa a dos soldados heridos pertenecientes a bandos enfrentados.


Hermosa y sencilla. Películas como Mandariinid, del realizador georgiano Zaza Urushadze, nos muestran que el ser humano está, o debería estar, por encima de sus diferencias étnicas, políticas o religiosas. El filme, nominado al Óscar en la categoría de Mejor película de habla no inglesa, se ambienta en una zona rural situada al oeste de Georgia a principios de los años noventa, cuando la provincia separatista de Abjasia declaró su independencia, lo que dio lugar a un conflicto armado entre abjasios y georgianos.


Más que sobre la guerra en sí, la cual se deja en un segundo término, Mandarinas reflexiona sobre las consecuencias de ésta: la muerte, la destrucción, el odio, la pérdida y la soledad. El personaje de Ivo (soberbia interpretación del desconocido Lembit Ulfsak), inolvidable por su humanidad, sentido común y madurez vital, actuará como involuntario mediador entre dos enemigos aparentemente irreconciliables que se ven obligados a convivir bajo el mismo techo durante unas semanas: un mercenario checheno defensor de la causa abjasia (Giorgi Nakashidze) y un soldado georgiano contrario a ella (Misha Meskhi). El inteligente guión de Zaza Urushadze, que resalta el valor de la convivencia entre los hombres, huye de planteamientos maniqueos, de modo que en la historia no hay buenos ni malos, y sí individuos corrientes a los que el absurdo conflicto hace cometer atrocidades que en ningún otro contexto llevarían a cabo. Si bien es cierto que el desarrollo de la cinta puede resultar algo previsible, y quizá se eche en falta una mayor profundización de caracteres, todo queda compensado por el humanismo de un discurso humilde, carente de pretensiones.


En el plano formal, destacan la sobriedad de la puesta en escena, la bonita fotografía de exteriores y los lentos desplazamientos de una cámara que rara vez permanece quieta. Por último, destacar también la conmovedora y melancólica partitura de Niaz Diasamidze, colofón musical a esta pequeña gran obra.


Los diez mejores directores japoneses.


1. Yasujiro Ozu (1903-1963).



2. Akira Kurosawa (1910-1998).



3. Mikio Naruse (1905-1969).



4. Kenji Mizoguchi (1898-1956).



5. Yôji Yamada (1931-     ).



6. Hiroshi Teshigahara (1927-2001).



7. Masaki Kobayashi (1916-1996).



8. Shohei Imamura (1926-2006).



9. Hayao Miyazaki (1941-     ).



10. Isao Takahata (1935-    ).

La casa del tejado rojo (Chiisai ouchi, 2014) de Yôji Yamada.

“No hay secreto que el tiempo no revele”
(Jean-Baptiste Racine)

Japón, 1935. Con sólo dieciocho años, Taki (Haru Kuroki) abandona su hogar y se marcha a Tokio para trabajar como sirvienta en la casa de los señores Hirai, donde pronto se convierte en inseparable compañera de Tokiko (Takako Matsu), la amable señora de la casa.


Delicioso, sutil, exquisito melodrama familiar ambientado en la primera parte de la era Showa que adapta una novela de éxito de la escritora japonesa Kyôko Nakajima. Después de su maravillosa puesta al día del clásico de Yasujiro Ozu Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953) en Una familia de Tokio (Tôkyô kazoku, 2013), el maestro nipón Yôji Yamada nos regala esta melancólica, contenida, bellísima película en la que se abordan temas como el pasado, la memoria individual, los secretos, el amor, la fidelidad o el sentimiento de culpa. Gracias a su interpretación, la actriz Haru Kuroki se alzó con el Oso de Plata a la mejor actriz en el Festival de Berlín de 2014.


Conviven en la compleja estructura narrativa del filme, que por momentos recuerda a la de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), de Clint Eastwood, tres líneas temporales: el tiempo presente del arranque de la cinta, donde asistimos al entierro de la anciana Taki (Chieko Baishô), y el de los últimos minutos de metraje; un tiempo algo anterior, quizá unos meses atrás, en el que el joven Takeshi (Satoshi Tsumabuki) ayuda a Taki, su tía abuela, a redactar sus memorias; y un tiempo pasado, el más importante y el que ocupa la mayor parte de la película, que abarca los años que van desde 1935, cuando Taki comienza a trabajar en la casa del tejado rojo, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, con el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Esta aparente complejidad expositiva basada en la alternancia de tiempos, resulta sencilla para el espectador gracias a la maestría en la narración del autor de El ocaso del samurái. Al igual que Ozu, cuyo espíritu parece invocarse a través de la preeminencia de los planos fijos y de interiores, de la posición baja de la cámara y de la primorosa composición de los encuadres, Yamada hace que lo complejo parezca sencillo; y que, en sus manos, lo cotidiano adquiera el aroma de lo poético, de lo sublime, de lo extraordinario.


Como telón de fondo a este melodrama de amoríos secretos y paleta otoñal, de pasiones reprimidas por el peso de los convencionalismos sociales y de la supeditación femenina, tenemos la historia del Japón previo a la Segunda Guerra Mundial (Yamada utiliza la memoria individual para inducir de ella la colectiva), un país que, debido a su imparable crecimiento económico, demográfico, industrial y militar, creyó ser invencible antes de que el horror atómico y el discurso radiofónico de su emperador lo despertasen del sueño. Chiisai ouchi, otra memorable obra de su autor.


Las diez mejores películas sobre extraterrestres.


1. La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel.



2. La cosa (El enigma de otro mundo) (The Thing, 1982), de John Carpenter.



3. Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott.



4. El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla.



5. El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951), de Christian Nyby y Howard Hawks.



6. La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman.



7. Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956), de Fred M. Wilcox.



8. Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), de Steven Spielberg.



9. Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), de Robert Wise.



10. El experimento del Dr. Quatermass (The Quatermass Experiment, 1955), de Val Guest.

Cinematografía: Sven Nykvist, escultor de luz (1922-2006).

"La luz está contigo, no sientas que estás solo".
(Sven Nykvist)




Sven Nykvist junto a Ingmar Bergman, de quien se convirtió en colaborador habitual desde Noche de circo (1953).



Al lado de Woody Allen en el set de Otra mujer (1988).



Roman Polanski contó con el director de fotografía sueco en el rodaje de El quimérico inquilino (1976).



Junto con Andrei Tarkovsky rodando Sacrificio (1986).



De la mano de Philip Kaufman consiguió una de sus nominaciones al Óscar por La insoportable levedad del ser (1988).



Recibiendo un Óscar por su trabajo en Gritos y susurros (1972). Ganaría una segunda estatuilla con Fanny y Alexander (1982).

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