Jimmy´s Hall (ídem, 2014) de Ken Loach.

“Como fuerza social, un individuo con una idea vale por noventa y nueve con un solo interés”.
(John Stuart Mill)

Irlanda, 1932. James Gralton (Barry Ward) vuelve a su pueblo natal, en el condado de Leitrim, después de pasar unos años exiliado en Estados Unidos por motivos políticos. Sus viejos amigos lo animan para que reabra su salón de baile, lo que le acarreará nuevos problemas.


Gustará más o menos, pero lo que no se le puede discutir al veterano realizador británico Ken Loach es la coherencia de su filmografía. En Jimmy´s Hall, película basada en la figura histórica de James Gralton, primer deportado político de la República de Irlanda, el autor de Tierra y libertad (Land and Freedom, 1995) regresa a una temática, la lucha de clases; un paisaje, el irlandés; y unos personajes, jornaleros activistas, propietarios intransigentes y sacerdotes reaccionarios; bastante comunes dentro de su ya extensa obra. Como resultado obtiene un filme quizá menor, de escasa relevancia, aunque muy bien hecho.


Partiendo de un planteamiento ciertamente maniqueo,  cosa típica en Loach, Jimmy´s Hall centra su atención en el conflicto ideológico que surge en una pequeña comunidad irlandesa a consecuencia de la reapertura de una suerte de salón cultural en el que, además de celebrarse bailes nocturnos, se imparten clases de canto, literatura o música. Salvo excepciones, los asistentes suelen ser miembros de las capas sociales menos favorecidas, trabajadores en su mayoría, lo que enfurece a los estamentos más conservadores de la población, encabezados por el padre Sheridan (Jim Norton), quien, desde su púlpito, censura las actividades que tienen lugar en el salón, incitando a sus feligreses a que actúen contra el “comunista Gralton” y los suyos. Loach opta por una puesta en escena sobria, destacando el equilibrio existente entre las escenas de interiores y las de exteriores. El paisaje irlandés aparece bellamente captado por la bonita fotografía de Robbie Ryan.


Bien escrita (el guión es de Paul Laverty, colaborador habitual del director) bien rodada, bien contada, bien interpretada y, pese a todo, rutinaria, carente de pasión, intrascendente.


2x1: Lucy (2014), de Luc Besson, y Filth, el sucio (2013), de Jon S. Baird.

LUCY (ídem, 2014), de Luc Besson.


Según cuenta una leyenda urbana (al parecer es falso), los seres humanos utilizamos sólo un diez por ciento de nuestro cerebro. ¿Qué pasaría si alguien fuese capaz de aprovechar el cien por cien de su capacidad cerebral? Bajo esta curiosa premisa, propia de la ciencia-ficción, se desarrolla Lucy, el penúltimo bodrio del realizador francés Luc Besson. Scarlett Johansson (lo mejor de la cinta) interpreta aquí a Lucy, una joven que adquiere algo así como “superpoderes” a consecuencia de la ingestión accidental de una gran cantidad de una nueva droga. El filme no arranca mal, destacando la conferencia del profesor Norman (Morgan Freeman) sobre la evolución del cerebro humano a partir del hallazgo del esqueleto fosilizado de Lucy (de ahí el título), un Australopithecus afarensis descubierto en 1974 por el paleoantropólogo estadounidense Donald Johanson. Durante los primeros minutos, los únicos medianamente interesantes en mi opinión, Besson alterna la acción real con imágenes de la naturaleza y el reino animal que sirven como metáfora aclaratoria de lo que estamos viendo. Conforme la protagonista alcanza porcentajes cada vez mayores de capacidad cerebral, adquiriendo así impresionantes cualidades físicas y mentales, la trama va descendiendo hacia porcentajes cada vez menores de interés, hasta desembocar en un último tercio de metraje demencial y absurdo. Menos mal que sólo dura hora y media.





FILTH, EL SUCIO (Filth, 2013), de Jon S. Baird.


Siguiendo con el espíritu macarra y la esquizofrenia visual de títulos como Trainspotting (ídem, 1996), de Danny Boyle, o Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998), de Terry Gilliam, Filth, el sucio narra las aventuras y desventuras del detective de policía Bruce Robertson (James McAvoy), un agente corrupto, maleducado, alcohólico y drogadicto que sería capaz de cualquier cosa con tal de obtener el ascenso que le permita volver con su mujer (Shauna Macdonald). El asesinato de un joven en las calles de Edimburgo, supone la oportunidad que estaba esperando para conseguirlo. La interpretación de un espléndido James McAvoy, es el elemento más destacado de este irregular filme de narrativa atropellada, estética sucia y excesos paranoicos de su personaje principal. Lo peor: las aberrantes escenas oníricas en las que aparece el psiquiatra de Bruce (Jim Broadbent), y el sorpresivo toque final de “travestismo polanskiano”. En definitiva, un auténtico despelote para pasar el rato.


Interstellar (ídem, 2014) de Christopher Nolan.

“La humanidad nació en la Tierra, pero su destino no es morir aquí”.

En un futuro próximo, la Tierra se ve azotada por continuas tormentas de polvo que destruyen las cosechas y van disminuyendo el nivel de oxígeno existente en la superficie terrestre. La vida en nuestro planeta toca a su fin, por lo que resulta necesario viajar al espacio para encontrar otros mundos potencialmente habitables por el ser humano.


Christopher Nolan ha fundado un nuevo género cinematográfico: la “creencia-ficción”. Y es que hay que hacer un ejercicio de verdadera fe para tomar por ciencia, aunque sea futura, lo que aquí se nos expone. Así que dejémoslo mejor en simple ficción. O, como decía anteriormente, en “creencia-ficción”. Ironías al margen, hay que reconocerle al autor de Memento su capacidad para, cual avezado prestidigitador, utilizar todo tipo de trucos narrativos y trampas argumentales con las que hacer creer a sus espectadores lo que él pretende que estos crean. Interstellar es una entretenidísima aventura espacial que se disfruta si se deja al margen la razón, como casi cualquier otro espectáculo de barraca de feria. Lo erróneo sería que nos la tomásemos como algo más, porque decididamente no lo es; aunque Nolan, otra vez, haya vuelto a convencer a muchos de lo contrario.


El guión de Christopher y su hermano Jonathan Nolan a partir de una historia del astrofísico estadounidense Kip Thorne, es caprichoso, enrevesado y contiene unas cuantas lagunas argumentales sin resolver (¿deberíamos llarmarlas agujeros de gusano?). Tomando como punto de partida la atrayente idea de la búsqueda de planetas habitables fuera de nuestra galaxia ante el inminente final de la vida en la Tierra, la película va diluyéndose progresivamente en sus propias reflexiones sobre la relatividad del espacio-tiempo en los viajes interestelares. Además, le sobran algunos excesos melodramáticos en la relación paternofilial que mantienen un estupendo Matthew McConaughey y Jessica Chastain. Por no hablar del patético personaje del doctor Mann, al que encarna Matt Damon. Como suele ocurrir con otros trabajos del realizador británico, uno tiene la sensación de que en el reparto hay demasiadas caras conocidas para tan pocos personajes relevantes. Desde el punto de vista visual, Interstellar, pese a su pretendida grandilocuencia, aporta poco a nada a otras obras cinematográficas ambientadas en el espacio exterior. Creo que casi ciento setenta millones de dólares de presupuesto daban para mucho más. Basta con recordar lo que hizo Stanley Kubrick en 1968 sin ordenadores y con apenas once millones en su insuperable 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey).


A favor de Nolan y su filme, diré que resulta harto complicado mantener entretenido al espectador durante prácticamente tres horas de metraje. He aquí su mayor mérito. Aunque si me tengo que quedar con algo de Interstellar, me quedo, sin duda, con su fantástica banda sonora. Otra muestra del inagotable talento del compositor alemán Hans Zimmer.


Festival de Cine Europeo de Sevilla 2014: "Heimat", el sueño de Jakob.

HEIMAT, LA OTRA T IERRA (Die Andere Heimat - Chronik einer Sehnsucht, 2013), de Edgar Reitz. Selección EFA.


Immanuel Kant cambió la historia de la filosofía universal sin siquiera salir de la pequeña localidad que lo vio nacer, Königsberg. El ejemplo de Kant, demuestra que las fronteras del pensamiento van mucho más allá de las fronteras físicas. Algo similar a lo que le ocurre a Jakob Simon (Jan Dieter Schneider), el protagonista de esta impresionante película de Edgar Reitz, veterano cineasta alemán reconocido por su serie para televisión Heimat, dividida en tres partes (1984, 1992 y 2004). Si en la citada serie Reitz retrataba los principales acontecimientos históricos de Alemania durante la pasada centuria, ahora se retrotrae hasta mediados del siglo XIX, centrando su relato en un pueblecito de la cordillera de Hunsrück, donde los distintos miembros de la familia Simon tratan de salir adelante en un contexto de extrema miseria. El resultado es una obra maestra de monumental metraje (casi cuatro horas) y sobrecogedora belleza. Como señalaba con anterioridad, el personaje central de esta historia es Jakob, el menor de los Simon. Jakob, joven soñador e ingenuo, arde en deseos de marcharse algún día a Brasil para iniciar su utopía vital. Se pasa las horas leyendo libros de viajes y aprendiendo los dialectos de las tribus indias de América. Su autoritario padre (Rúdiger Kriese), el herrero del pueblo, lo reprende continuamente, obligándolo a trabajar en la fragua. Sólo su madre (Marita Breuer), a la que adora, y su viejo tío (Reinhard Paulus) parecen comprenderlo. Filmada en un extraordinario blanco y negro sobre el que se superponen determinadas gotas de color (la escena del paso del cometa es apoteósica), Heimat desprende esa singular poética que sólo encontramos en los filmes históricos del checo Frantisek Vlácil. El propio Jakob, a través de las notas de su diario, va narrando los vaivenes y desengaños de una existencia empecinada en no hacer realidad ninguno de sus sueños. Resaltar en el ámbito estrictamente técnico, la movilidad de la cámara y la planificación y ejecución de los planos secuencia. A los más cinéfilos también les sorprenderá la breve aparición del mítico director Werner Herzog en el papel de Alexander von Humboldt. 


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