Soundtracks: El desprecio (1963) de Georges Delerue.

Por Antonio Miranda.


            ‘’… Entonces me amas completamente…’’.

La conclusión a la que llega Camille tras una serie de triviales preguntas a su amado es, sencillamente, ridícula. Resulta artísticamente embriagador el estudio musical de los inicios de cualquier película y, en ‘’El desprecio’’, no es menor la ocasión de disfrutar al máximo de ello. Podría asegurar que se trata de uno de los comienzos de historia, en gran pantalla, que más impulsa la grandeza de su banda sonora. La conversación absurda del hombre y la mujer (desnudos) en la cama nos da a conocer la burda realidad cotidiana de la relación de pareja y, más allá, del amor en sí. Godard, el director, unta la secuencia con, por un lado, el remilgado y quejumbroso sentido romántico del género femenino y, por otro, con la estúpida actitud de conformismo del masculino. Nos encontramos ante un planteamiento inicial interesantísimo que se puede proyectar al resto del filme y cuya cotidianidad contrasta, drásticamente, con las hermosas, y realmente románticas, notas del genial músico francés el cual, indudablemente, encarna en la historia un papel protagonista. Delerue y su partitura no suenan, no describen, ni siquiera narran: son un personaje más del reparto. Un personaje, como digo, de una presencia constante y metafísica, chocando voluntariamente contra las costumbristas escenas que reflejan el amor cotidiano (rechazable, insípido y voluble pero practicado por todos los mortales). En ‘’El desprecio’’, la música representa el verdadero Romanticismo.


  La estética del filme, siguiendo los cánones de la ‘’Nouvelle Vague’’, es un matiz en claro contraste con la vertiente clásica de la música de Delerue. ¿Por qué? Tal vez el uso de una técnica compositiva más arriesgada no hubiera ofrecido este contraste mencionado y se hubiera convertido en un elemento más, pero sin demasiada importancia, que hubiera enmarañado todo el entramado. Mantener la idea de la música dentro del filme es potenciar la función novedosa de la obra y centrar, aún más si cabe, la intención que se pretende. Un ejemplo claro lo tenemos cuando ‘’el Ulises’’ de ‘’La Odisea’’ que se está rodando aparece, torpe en movimientos, nadando en el mar e izándose hasta una roca; suena la música dulce de la partitura y enlaza la imagen grotesca y realista con el cielo embriagador y hermoso. Un sencillo e inteligente choque que marca los lindes de las intenciones cinematográficas del director con habilidad.

‘’El desprecio’’ posee dos líneas argumentales, por un lado el conflicto de pareja y por otro el que aparece entre director y productor a la hora de dar cuerpo a una obra cinematográfica. Es decir, dos ámbitos directos y claramente realistas que podrían llevar a negar la postura sobre la música que quien esto escribe ofrece. Igualmente valdría el atrevimiento de adjuntar las melodías suaves y dulces de Delerue con la figura femenina, hermosa y delicada, de la protagonista y no llevarla hasta conceptos tan teóricos como el Romanticismo puro. Así ocurre cuando ella y él (el productor americano) se ven por vez primera. La llegada de la chica, que aparece en pantalla después de la escena inicial, es inquietante y llena de esplendor, todo gracias al inicio del tema principal que el músico compone para el filme. Pero sería muy cómodo quedarse aquí y no estudiar las intenciones de director y compositor de llevar más allá de la belleza de unas curvas visuales la creación de tan sublimes notas. Éstas suenan durante todo el metraje, iniciadas la mayoría de las veces cuando está presente la bella Camille en primer plano de importancia, y sí, nos conducen inexorablemente a su imagen, pero como símbolo de la belleza y la grandeza de la verdadera idea de Romanticismo. La escena inicial lo define: una mujer con el discurso tan pobre como el que se muestra en ese momento no puede ser la referencia única de una partitura tan sublime. Sería, simplemente, un gran error.


La parte del  amor que más se aproxima al concepto de Romanticismo mencionado es, sin duda, el dolor y la tragedia sentimental. Adoptemos entonces, si cabe, esta idea como enlace que sirve al compositor para mostrar su obra y reflejar, desde el inicio, la llegada de los acontecimientos. Es un hecho curioso: mientras la relación de pareja se va enfriando y rompiendo, la música mantiene la misma línea: triste, melancólica. Director y artista han optado por no llevar a ambas sobre franjas paralelas y sí, con la partitura, anunciar el desenlace desde un comienzo que, como digo, sería la parte más próxima a la idea filosófica del Amor que se quiere transmitir con el cuerpo de las notas del músico francés. No obstante, un punto flojo en el trabajo y que hace frenar la subida en calidad que pudiera intuirse en la obra es, decisión en su mayor parte del director, usar el tema principal una y otra vez hasta tal punto que llega a cansar su escucha, quizá no para el espectador inmerso absolutamente en la trama, pero sí para cualquier estudioso de las composiciones para cine. Una pena, pero Delerue se ve limitadísimo a la hora de componer y consigue, ligeramente, un par de versiones del tema que se pueden escuchar en algún instante, curiosamente los momentos ‘’narrados’’ por la partitura que más cuerpo y calidad alcanzan (al sincerarse los protagonistas por separado, con su voz en off, pero intercalados los pensamientos por el director y, minutos más tarde, al pronunciar Camille el desprecio que siente hacia su marido). No obstante, por otro lado, este pequeño matiz negativo se puede compensar con otra interpretación, muy atractiva, del papel de la música en el filme: el comentado protagonismo como si de un personaje importante más se tratara. A tal fin, el carácter repetitivo y único de la melodía principal, sin apenas variaciones, le ofrece un cuerpo con auténtica presencia hasta llegar a ser identificado como tal, como un miembro más de la trama.

Georges Delerue.

La partitura no se deteriora y la relación sí. La música nos habla siempre; nuestro cónyuge dejará de hacerlo muy pronto. Las notas nada guardan de ironía; las conversaciones de pareja lo harán, sin duda. La composición es eterna; el amor, no. El trato de uno con otro llega a ser violento; el sonido: siempre delicado. Aquí se encuentra el punto clave de la historia vista desde la música de Delerue. Un desarrollo muy equilibrado y que guarda esta orientación incluso en el desenlace final.  Como he dicho: la música nos evade hasta la filosofía del Romanticismo tomando como proyector de su idea la belleza de una mujer que, en verdad, no sufre sino el dolor vital de creerse romántica (y no serlo).

En conclusión, una obra limitada en duración pero intensa en planteamiento. No de las creaciones más altas del compositor pero sí con un valor, plasmado en la imagen, muy alto. Delerue, siempre delicado y hermoso.



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