Big Eyes (ídem, 2014) de Tim Burton.

“El artista debe ser mezcla de niño, hombre y mujer”.
(Ernesto Sábato)

Biopic sobre Margaret Keane (Amy Adams), pintora estadounidense conocida principalmente por sus retratos de niños con ojos grandes.


La potenciación desmedida del estilo en detrimento del contenido, han llevado al Tim Burton de los últimos años a una encrucijada de difícil salida. Si redundar en esa línea de superficial estilización le acarrearía (le acarrea) no pocas críticas, apartarse de ella sería (es) visto como un acto de renuncia de lo que hace de su cine algo verdaderamente personal. Por tanto, al otrora mágico autor de Eduardo Manostijeras sólo le queda la opción de elegir el modo en el que quiera ser apuntillado (cinematográficamente hablando), y en Big Eyes, su nueva película, ha decidido hacerlo mediante la segunda vía.


Con guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski, los mismos que firmaron la magistral Ed Wood, Big Eyes se adentra en los años más convulsos y, paradójicamente, exitosos de la carrera de la artista Margaret Keane. Los que coincidieron con su matrimonio con Walter Keane (Christoph Waltz) y el posterior divorcio entre ambos que los llevaría a enfrentarse en los tribunales por la autoría de sus obras. Y es que, por si el lector no lo sabe, Margaret consintió que, durante años, su marido se atribuyese el mérito de los cuadros que ella pintaba a cambio de un reconocimiento que la sociedad de su época (los años cincuenta y sesenta) probablemente no le hubiese brindado a una “simple” ama de casa. El problema de la cinta radica en lo esquemático que resulta el libreto, que en ningún momento profundiza ni en personajes (demasiado planos) ni en situaciones. Por otra parte, su factura visual, en la que cuesta encontrar elementos propios de la imaginería burtoniana, no se diferencia en mucho de la de cualquier telefilme de sobremesa. Amy Adams realiza una interpretación espléndida como la sufrida Margaret Keane, al contrario que su compañero de reparto, un Christoph Waltz sobreactuado y pasado de rosca. Temas como el talento creativo, la frivolización y mercantilización del arte, los celos profesionales o el sometimiento social femenino, son tratados de manera digna, pero harto convencional para alguien con la personalidad de Burton.


Con todo, probablemente estemos ante el filme de acción real más interesante del director desde Big Fish (2003), lo que tampoco dice mucho en favor de su trabajo llevado a cabo durante la última década.


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