La isla de las almas perdidas (Island of lost souls, 1932) de Erle C. kenton.


Edward Parker (Richard Arlen), único superviviente de un naufragio, es recogido por un barco mercantil que transporta toda clase de animales. Como consecuencia de las malas relaciones que se establecen entre Edward y el capitán alcohólico de la nave, nuestro protagonista se verá obligado a desembarcar junto con los animales en una pequeña y extraña isla. Allí conocerá al Dr. Moreau (Charles Laughton), que realiza vivisecciones a animales con el fin de convertirlos en seres humanos. 


Fascinante película de género fantástico que adapta el clásico literario de ciencia-ficción La isla del Dr. Moreau de H. G. Wells, situándose muy por encima de posteriores adaptaciones de la misma obra.

El filme cuenta con un sobrio guión de Philip Wylie y Waldemar Young,  en el que se acentúa la maldad y la locura de Moreau,  cuya interpretación a cargo del gran Charles Laughton resulta impagable. Al parecer, para crear este personaje, Laughton se inspiró en un médico al que conocía y del que tomó el look.

El mad doctor ejerce de tirano en su isla, en la que establece un régimen del miedo amenazando a las criaturas de la misma con un látigo y con “la casa del dolor”, lugar en el que lleva a cabo sus dolorosos experimentos.


Otra de las grandes aportaciones del guión es el personaje de Lota (Kathleen Burke), la mujer pantera, la más perfecta de las creaciones de Moreau, y con la que intentará seducir al nuevo inquilino de la isla con el objetivo de crear una nueva raza. Lota representa tanto a la sensualidad más salvaje como a la ingenuidad más pura, sus encuentros con Parker son inolvidables, destacando ese en el que ambos se sientan al borde de un estanque y vemos sus reflejos en el mismo. 

Dentro de la troupe de seres monstruosos que pueblan la isla, destaca la presencia de Bela Lugosi, que interpreta a aquel que dice la ley, y al que reconocemos gracias a sus ojos y a su singular voz, a pesar de estar cubierto por un peludo maquillaje obra de Wally Westmore.


La dirección de Erle C. Kenton resulta magnífica, destacando la sutileza con la que muestra esa galería de personajes pintorescos, en lugar de jactarse en una filmación descarada de los mismos. Esta dirección se ve ensalzada por la gran fotografía de Karl Struss, de claras reminiscencias expresionistas. 

Island of lost souls es todo un clásico de lo grotesco, al nivel de otras obras similares (por su encanto monstruoso) y más conocidas como La parada de los monstruos (Freaks, 1932) de Tod Browning.

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