Soundtracks: El hombre del brazo de oro (1955) de Elmer Bernstein.

Por Antonio Miranda.


Siempre se recordarán sus melodías. ‘’La gran evasión’’, ‘’Los siete magníficos’’, pero personalmente creo que Elmer Bernstein alcanzó su clímax como artista fusionando, junto a la orquesta, el mundo del jazz. Multitud de obras, grandes reconocimientos pero, en opinión de quien esto escribe, a punto de entrar en la lista de los más grandes compositores de cine de todos los tiempos. Ahí se quedó, no sin desmerecer en absoluto la genialidad de su prolífica obra, a las puertas de su maestro North pero con un legado propio incuestionable. Sin duda, ‘’El hombre del brazo de oro’’ resulta de sus creaciones más sobresalientes. Una obra compleja y nada fácil de escuchar; jazz aderezado con estructuras atonales y ya, desde un inicio, bien acoplada a la imagen. Los títulos de crédito iniciales, importante momento para cualquier estudioso y amante de la música de cine, delatan sincronización exquisita entre lo que vemos y lo que Bernstein propone e intuimos, ligeramente, influencias que acabarán en obras tan trascendentales como las de James Bond. Centrémonos en esta gran elaboración.

El inicio marca el filme, musicalmente hablando, con temas que no dejarán desde entonces el ambiente del jazz. Elmer matiza las escenas de manera contundente. Lo podemos comprobar en el regreso inicial del protagonista a sus lugares habituales y cómo, entrando en el bar, las notas mantienen ritmos alegres y desenfadados y ya, haciéndolo en la casa y viendo a la mujer, el ritmo se pausa y enfatiza sensaciones más sensuales y femeninas. Gran trabajo inicial. Parece que el artista olvida reflejar lo que vemos y se centra en el ámbito idealista de la imagen, aquello que, presenciando la secuencia, el pensamiento nos traslada a imaginar; mientras hablan, el espectador evoca y regresa a escenas pasadas de ambos, quizá juntos, tal vez solos en alguna romántica habitación y sin la turbia relación que llevan (más tarde, el genial compositor nos desvelará qué refleja realmente con sus estructuras pausadas en estas escenas del matrimonio, con la aparición en la historia de Molly, a cuya imagen, en verdad, se refiere). Una estructura compositiva nada fácil de apreciar y ver en pantalla, pero de gran maestría y que el compositor desarrollará en el resto de la película. Así manejará, con habilidad, el ritmo del metraje. Bernstein se mantiene en silencio grandes fragmentos de un minutaje que, de pronto, se ve sorprendido por su aparición, la mayoría de las veces mezclando ligeros toques de cuerda con la orquesta de jazz, imprimiendo ese tono misterioso y trágico de la composición.


Elmer Bernstein fue uno de esos músicos que tuvo la valentía de enfrentarse a las supuestas negativas que la fuerte personalidad de un director, como era Otto Preminger, presentaría a cualquier propuesta que no saliera de él mismo. Lo hizo, y ‘’El hombre del brazo de oro’’ consiguió una personalidad artística absolutamente basada en la noción del músico para la obra. Era complicado enfrentarse a la primera película con música original compuesta íntegramente en forma de jazz. Variar estructuras, ritmos, sensaciones, todo sin optar a la orquesta tradicional, el arma eterna y eficiente de la música.

A la media hora de metraje percibimos un pequeño pero importante detalle. De nuevo Frankie, el protagonista, aparece cuidando y charlando trivialmente con su esposa. Sus secuencias son así, como su vida, aparentemente sencillas y sin importancia, con lo que Bernstein, inteligente, aplica a tales escenas un ritmo de jazz muy pausado, tranquilo y hasta sensual. Cuidado, ahora lo comprendemos; Frankie acaba de visitar a Molly,  su antigua amante, mientras de fondo sonaba un tema de ritmo más rápido, más común, algo de mayor referencia a los momentos lineales del matrimonio. Por tanto, Bernstein, sutilmente, está marcando el terreno del deseo de Frankie con sus notas; el protagonista permanece al lado de su mujer por compasión, pero su idea, su pasión, no es ella, sino Molly, de ahí que el artista nos presente esa estructura sensual y hermosa, lenta y estudiada, mientras el matrimonio habla trivialidades sociales. Antes lo hemos comentado: Bernstein parece que olvida reflejar lo que vemos y se centra en el ámbito idealista de la imagen, aquello que, presenciando la secuencia, el pensamiento nos traslada a imaginar (su deseo por Molly, en este caso).


Hasta ahora, Bernstein juega en dos sistemas musicales. Curiosamente, ninguno refleja la vida matrimonial (uno, sus deseos por Molly; otro, su mundo social). Poco más tarde del primer cuarto de película, el compositor engrandece su aportación de manera sorpresiva e impactante: la secuencia es la primera narración que se hace, hasta ahora toda la obra basada en apoyos y descripciones de ambientes y sensaciones. Ahora llega el momento, Frankie recae de sus males y Bernstein toma el mando de una situación dramática, la cual describe con golpes directos, jazzísticos siempre, y otorga a la historia la tragedia necesaria con ese cambio de tono musical y estructura que presenta sin tapujos, desligándose de todo lo anterior. Imprescindible secuencia para cualquier amante del cine y su música y de un final musicalmente insuperable: Frankie dice que ya nunca más volverá a caer…y la partitura, nuevamente, delata su pensamiento, que no discurso. Brillante.

Bernstein alcanza, mediada la obra, su plenitud, con fragmentos descriptivos intensos, llegando a acelerar él solo, no olvidemos que siempre mediante composiciones de jazz, el ritmo de las secuencias. Ahora los registros y estructuras se van combinando y varían a cada momento. Gran trabajo y exquisito reflejo del mal vital del protagonista con dos notas aderezadas por los arreglos de todos los instrumentos, delatando los momentos de tentaciones de Frankie, que van apareciendo poco a poco con más frecuencia. Es la tipología musical que sirve de enlace a la que el artista va a plantearnos en la segunda mitad del metraje, más oscura, más viciosa y con una disposición de partitura más directa y centrada en narrar los hechos que van ocurriendo. En la mayoría de los casos sintetiza el pensamiento del protagonista y sus viciadas y repentinas intenciones. Se acude ahora a pequeños matices sin ritmo, como queriendo introducir  la orquesta al uso, pero nos engaña y en seguida insiste de nuevo con el tema principal que lleva a Frankie a la destrucción. Un último tercio de historia remarcado por esta estructura que, insistiendo como armazón fijo, nos conduce fielmente a padecer el mismo estado que el protagonista: opresivo y hasta tiránico.

Elmer Bernstein

La historia avanza rápidamente; los acontecimientos finales van sucediéndose a la misma velocidad que el mal abraza a Frankie. El artista gira ligeramente y esos matices instrumentales sin ritmo van apareciendo más (fijémonos en la exquisita escena, breve, de la mujer de Frankie arrojando al hombre por las escaleras; la secuencia es rápida y directísima, genial, como lo es el carácter fortísimo que le impregna la música), aunque nunca se abandona el carácter jazzístico de toda la obra. Un magnífico final que termina por ofrecernos la sensación de haber escuchado y visto un trabajo de altisimo nivel. En definitiva, una de las mejores composiciones, si no la mejor, de Elmer Bernstein en toda su carrera para el cine.



El Havre (Le Havre, 2011) de Aki Kaurismäki.

“Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera, dejaría de ser artista”.
(Oscar Wilde)

Marcel Marx (André Wilms) es un viejo limpiabotas que vive en compañía de su mujer Arletty (Kati Outinen), gravemente enferma de cáncer, en un humilde barrio de la ciudad francesa de Le Havre. Un día, se tropieza por casualidad con Idrissa (Blondin Miguel), un niño inmigrante fugado a quien la policía busca. Marcel decide prestarle su ayuda.


Le Havre es uno de esos filmes que tienen la extraordinaria capacidad de reconciliarte con el cine y con la humanidad. Ojalá el mundo fuese como el barrio proletario que aquí describe Kaurismäki; un lugar donde los buenos corazones comparten su experiencia vital en un clima de esperanza y solidaridad. Y es que, en última instancia, Le Havre supone un hermoso canto a la solidaridad entre los hombres. Ésa que tanta falta hace en nuestra sociedad de hoy.


A través de una entrañable paleta de personajes (el propio Marcel, su esposa Arletty, el pequeño Idrissa, el comisario de policía Monet, la panadera, el limpiabotas chino, la dueña del bar, Little Bob…), Kaurismäki reflexiona con su particular sentido del humor acerca de un tema tan dramático como es el de la inmigración ilegal norteafricana en Europa. La trama es de una sencillez casi transparente, con una exposición brechtiana (ajena al sentimentalismo) de los acontecimientos y un tratamiento estético depurado hasta el extremo. Su "simpleza" formal recuerda al mejor Bresson, confiriendo al conjunto un carácter atemporal. La composición de planos resulta magistral. Por otro lado, la marcada teatralización de las escenas de interiores contrasta con la presencia del mar abierto (recordemos que Le Havre es una ciudad portuaria) en las de exterior. En la fotografía de Timo Salminen predominan los tonos fríos de grises y azules tan característicos en la obra del realizador finés.


Con su final, es imposible no pensar en el Dreyer de Ordet. Los milagros existen, y una prueba irrefutable de ello la constituye esta maravillosa, inolvidable película. Un cuento contemporáneo.


THEO ANGELOPOULOS. Manuel Vidal Estévez. CÁTEDRA.

“Yo soy alguien que ha vivido en las salas de cine. Todo lo que sé lo he aprendido viendo películas y reflexionando sobre ellas”.


La editorial Cátedra, dentro de su colección Signo e Imagen/Cineastas, dedica un completo estudio académico a la obra del realizador griego Theodoros Angelopoulos (1935-2012), responsable de títulos tan importantes en la historia del cine europeo como El viaje de los comediantes (O thiasos, 1975), Paisaje en la niebla (Topio stin omichli, 1988), La mirada de Ulises (To vlemma tou Odyssea, 1995), o La eternidad y un día (Mia aioniotita kai mia mera, 1998). Para Manuel Vidal Estévez, autor del libro que nos ocupa “… la Historia y el viaje no son más que… recipientes… con los que se aborda lo que a fin de cuentas todas las películas de Angelopoulos, casi sin excepción, convocan sin cesar: el vacío. Un vacío que, claro está, nada tiene que ver con la inanidad o la insignificancia, sino que constituye su propia finalidad… un vacío cuya función no es sino evocar aquello que no es posible soportar, y por lo tanto tampoco es posible representar”. El estudio se abre con una minuciosa cronología de la compleja historia de Grecia a lo largo del siglo XX, fundamental para entender los abundantes “apuntes” históricos y políticos de los filmes de Angelopoulos. A continuación, el autor se adentra en el análisis de cada una de una de sus películas, incluidos cortometrajes y documentales. No lo hace siguiendo un orden estrictamente cronológico, puesto que a veces prefiere agrupar a determinadas obras en bloques temáticos. Un ejemplo: El apicultor (1986), El paso suspendido de la cigüeña (1991) y La eternidad y un día (1998) forman parte del bloque titulado El desencanto del mundo y la muerte. El libro, al margen de los habituales apéndices sobre materiales audiovisuales y sonoros referidos al cineasta, también incluye un interesantísimo apartado en el que recoge las opiniones del propio Angelopoulos acerca de su vida y obra. Creo que se trata, en definitiva, de un estudio muy elaborado que hará las delicias de los amantes del inmarcesible director heleno.


Big Eyes (ídem, 2014) de Tim Burton.

“El artista debe ser mezcla de niño, hombre y mujer”.
(Ernesto Sábato)

Biopic sobre Margaret Keane (Amy Adams), pintora estadounidense conocida principalmente por sus retratos de niños con ojos grandes.


La potenciación desmedida del estilo en detrimento del contenido, han llevado al Tim Burton de los últimos años a una encrucijada de difícil salida. Si redundar en esa línea de superficial estilización le acarrearía (le acarrea) no pocas críticas, apartarse de ella sería (es) visto como un acto de renuncia de lo que hace de su cine algo verdaderamente personal. Por tanto, al otrora mágico autor de Eduardo Manostijeras sólo le queda la opción de elegir el modo en el que quiera ser apuntillado (cinematográficamente hablando), y en Big Eyes, su nueva película, ha decidido hacerlo mediante la segunda vía.


Con guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski, los mismos que firmaron la magistral Ed Wood, Big Eyes se adentra en los años más convulsos y, paradójicamente, exitosos de la carrera de la artista Margaret Keane. Los que coincidieron con su matrimonio con Walter Keane (Christoph Waltz) y el posterior divorcio entre ambos que los llevaría a enfrentarse en los tribunales por la autoría de sus obras. Y es que, por si el lector no lo sabe, Margaret consintió que, durante años, su marido se atribuyese el mérito de los cuadros que ella pintaba a cambio de un reconocimiento que la sociedad de su época (los años cincuenta y sesenta) probablemente no le hubiese brindado a una “simple” ama de casa. El problema de la cinta radica en lo esquemático que resulta el libreto, que en ningún momento profundiza ni en personajes (demasiado planos) ni en situaciones. Por otra parte, su factura visual, en la que cuesta encontrar elementos propios de la imaginería burtoniana, no se diferencia en mucho de la de cualquier telefilme de sobremesa. Amy Adams realiza una interpretación espléndida como la sufrida Margaret Keane, al contrario que su compañero de reparto, un Christoph Waltz sobreactuado y pasado de rosca. Temas como el talento creativo, la frivolización y mercantilización del arte, los celos profesionales o el sometimiento social femenino, son tratados de manera digna, pero harto convencional para alguien con la personalidad de Burton.


Con todo, probablemente estemos ante el filme de acción real más interesante del director desde Big Fish (2003), lo que tampoco dice mucho en favor de su trabajo llevado a cabo durante la última década.


Nightcrawler (ídem, 2014) de Dan Gilroy.

“Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”.
(Ryszard Kapuscinski)

Louis Bloom (Jake Gyllenhaal) es un videoaficionado que recorre cada noche las calles de Los Ángeles con el objetivo de ser el primero en llegar a los lugares donde acontecen crímenes y accidentes para filmarlos y vender después el material conseguido.


Destacado thriller noctámbulo del debutante en la dirección Dan Gilroy, que aborda temas varios como la falta de escrúpulos de los medios de comunicación cuando de índices de audiencia se trata, la ambición por alcanzar el éxito individual a cualquier precio, o el afán vouyerista de una sociedad morbosa y enferma que se regocija en el sufrimiento ajeno.


Jake Gyllenhaal, que tuvo que adelgazar alrededor de trece kilos para encarnar a su personaje, está magnífico como el alienado Louis Bloom: un sociópata frío y manipulador a lo Travis Bickle (ambos conducen un automóvil), dispuesto a todo con tal de conseguir las filmaciones más escabrosas de la noche angelina. Su evolución psicológica resulta verdaderamente escalofriante, pasando de ser un simple friki con una cámara de vídeo y un escáner para interceptar las comunicaciones de la policía, a convertirse en el más astuto y amoral reportero de imágenes de la ciudad. Pero, aunque despreciable, su actitud no deja de ser consecuencia de la voracidad informativa de unas agencias de noticias ultracompetitivas que pagan por la cantidad de sangre que emiten en pantalla. Cuanta más, mejor. El morbo atrae a los espectadores. Esta voracidad (principal crítica que hace el filme), está muy bien representada por el personaje de Nina (Rene Russo, mujer del realizador), directora de la sección nocturna de informativos a la que Louis chantajea.

Entre los posibles defectos de Nightcrawler, cabe citar lo reiterativo de la trama y la falta de credibilidad de determinadas situaciones. También se echa en falta una atmósfera algo más turbadora teniendo en cuenta su sordidez temática.


En cualquier caso, una cinta original e inteligente que se sitúa por encima de la media del depauperado cine estadounidense actual.


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