To the Wonder (ídem, 2012) de Terrence Malick.

“El amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación”.
(Rabindranath Tagore)

Tras conocerse en Europa, Neil (Ben Affleck) y Marina (Olga Kurylenko) se marchan a vivir a Estados Unidos. Allí, sin embargo, su relación comienza a deteriorarse, entre otras cosas, por la aparición de Jane (Rachel McAdams), una conocida de la infancia de Neil.


Cuando uno camina sobre el alambre corre el riesgo de caerse. Y eso es precisamente lo que le ha sucedido a Terrence Malick con su última película, To the Wonder, drama amoroso con implicaciones existenciales que fue proyectado durante el pasado Festival de Cine de Venecia, donde recibió bastantes abucheos, y que ahora llega hasta nuestras salas. El filme resulta desapasionado, frío, autocomplaciente y poco inspirado. Decepcionante a todos los niveles. A veces, se tiene incluso la sensación de estar asistiendo a la obra de un mero imitador del director de La delgada línea roja. No hay poesía en sus imágenes ni sustancia en sus reflexiones. Todo queda reducido a una bella fotografía (impresionante trabajo del mexicano Emmanuel Lubezki) con puntuales fogonazos de talento visual.


En comparación con la trascendencia vital y cósmica de El árbol de la vida, su obra cumbre, To the Wonder se aferra a la intimidad de unos personajes planos que deambulan por la pantalla como si fuesen modelos bressonianos en su desnudez expresiva. Es una película abstracta, compuesta por estampas evanescentes suspendidas en el tiempo. Malick da un paso más en su concepción elíptica de la narración, obviando la importancia de los diálogos, las situaciones y el contexto; pero el conjunto parece improvisado y falto de reposo. Luego está el personaje de Javier Bardem, quizá el de mayor interés, aunque de presencia impostada y no sujeta a la lógica de la trama. Un sacerdote confundido ante el silencio de Dios, que no comprende que el creador se mantenga impasivo ante los males de este mundo. Su mensaje es claro: ninguna relación perdura si en ella no se establecen lazos espirituales. El amor es pasajero, la pasión también, sólo la conciencia de pertenecer a un espíritu común puede mantener unida a la carne. 


La envoltura musical es exquisita, como no podía ser de otro modo tratándose de un filme de Malick, con piezas de Hector Berlioz, Richard Wagner, Ottorino Respighi o Joseph Haydn. En cualquier caso, y sin ningún género de duda, la peor película de su imprescindible autor.


Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953) de Ingmar Bergman.

“Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ella”.
(Antonie L. Apollinarie Fée)

Albert (Åke Grönberg) es el propietario de un pequeño circo venido a menos y acuciado por los problemas económicos. Tras haber abandonado a su esposa e hijos tiempo atrás, ahora convive con Anne (Harriet Andersson), una joven y voluptuosa amazona. Sin embargo, ese modo de vida ya no le satisface, por lo que intenta regresar con su familia.


Magnífico drama circense en el que Bergman vuelve a posar su pesimista mirada sobre unas relaciones de pareja desgastadas por la insatisfacción vital. Porque no hay historia de amor, al menos dentro de la obra del autor sueco, que sobreviva al hastío de la convivencia una vez superada la fase de apasionamiento inicial. Olvídense de los besos interminables, las promesas de amor eterno y los finales felices. Esto es la vida, señores. Con sus dudas y sinsabores, sus arrebatos y mentiras, sus miserias y decepciones. La amarga y bendita vida. Nada más. Y nada menos. 


Gycklarnas afton aún evidencia la influencia que en el cine de Bergman ejerció el realismo poético francés, tanto en la configuración de personajes como en el afán estético, construyéndose la puesta en escena a partir de algunos postulados expresionistas (la iluminación a base de claroscuros, las angulaciones de la cámara, los juegos de espejos…). A lo largo de la película, el maestro sueco contrapone el mundo del circo al del teatro, de igual modo que en El rostro (Ansiktet, 1958), filme con el que Noche de circo se asemeja en diferentes aspectos, confrontaba ciencia y superstición. En ambos casos, los protagonistas, artistas de segunda fila, son humillados por quienes consideran mísera su profesión; aunque aquí el resultado final es bastante más desdichado. La acción parece desarrollarse en un solo día; y se abre con la llegada del circo ambulante, al alba, a la pequeña localidad donde residen la mujer e hijos de Albert. Éste, cansado de las idas y venidas de su roñoso espectáculo, tratará de volver con ellos. Curiosamente, su amante también estará tentada de abandonar la vida circense tras conocer a un adulador intérprete de teatro (Hasse Ekman). Los dos quieren huir de la vida que arrastran. 


La cinta supuso la primera colaboración del cineasta con el director de fotografía Sven Nykvist, con quien volvería a trabajar en El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960), y del que ya no se separaría hasta la producción televisiva Tras el ensayo (Efter repetitionen, 1984). Por otro lado, cabe resaltar la enorme interpretación de Albert Johansson, así como la sensual presencia de Harriet Andersson. 

Noche de circo, un gran Bergman a redescubrir. Y cuanto antes, mejor.


Las quince mejores películas del cine japonés de todos los tiempos.


Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Yasujiro Ozu.



Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953) de Kenji Mizoguchi.



Trono de sangre (Kumonosu-jô, 1957) de Akira Kurosawa.



Nubes flotantes (Ukigumo, 1955) de Mikio Naruse.



Rashomon (ídem, 1950) de Akira Kurosawa.



Primavera tardía (Banshun, 1949) de Yasujiro Ozu.



Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954) de Akira Kurosawa.



Principios de verano (Bakushû, 1951) de Yasujiro Ozu.



Onibaba (ídem, 1964) de Kaneto Shindô.



El intendente Sansho (Sansho Dayu, 1954) de Kenji Mizoguchi.



Historia del último crisantemo (Zangiku monogatari, 1939) de Kenji Mizoguchi.



Barbarroja (Akahige, 1965) de Akira Kurosawa.



Tormento (Midareru, 1964) de Mikio Naruse.



La mujer de la arena (Suna no onna, 1964) de Hiroshi Teshigahara.



La voz de la montaña (Yama no oto, 1954) de Mikio Naruse.

Inseparables (Dead Ringers, 1988) de David Cronenberg.

“Pienso a menudo que debería haber concursos de belleza para el interior de los cuerpos”.

Beverly y Elliot Mantle (Jeremy Irons), gemelos monocigóticos y brillantes ginecólogos, lo comparten todo, desde el apartamento en el que conviven hasta las mujeres con las que se acuestan, pasando por la clínica privada donde trabajan. Cuando a sus vidas llega Claire (Geneviève Bujold), una famosa actriz de televisión, la relación entre ambos comienza a resquebrajarse.


Obra mayor de David Cronenberg a partir de la novela Twins (1977), de Bari Wood y Jack Geasland, que, a su vez, se inspiraba en el caso real de los hermanos Marcus. Dead Ringers es un filme insano, turbador, complejo e inquietante. La quintaesencia del universo cronenbergiano en su morbosa querencia por la malformación de las relaciones humanas. Todas las obsesiones del autor de La mosca (identidad, locura, sexo, deformidad, ciencia, tecnología) están presentes aquí, su “Necronomicón” particular. Uno siente pavor ante escenas como la de la pesadilla que sufre Beverly, donde el apéndice que lo une a su hermano es brutalmente arrancado por Claire, o aquella otra en la que, enajenado por el consumo repetido de drogas, se dispone a operar a una de sus pacientes con un aberrante instrumental quirúrgico que hará que muchas espectadoras se lo piensen bien antes de acudir a la consulta del ginecólogo.


Los gemelos Mantle son de idéntico físico, aunque dispares en cuanto a carácter. Beverly es apocado, tímido y trabajador; Elliot, en cambio, es descarado, seguro y frívolo. En realidad, ambos constituyen un mismo ser. Los dos rostros de Jano. La dualidad personificada. Una mente y dos cuerpos. El uno no puede estar sin el otro, del mismo modo que el otro no puede estar sin el uno. Como si fuesen siameses. Su relación es perfecta hasta que aparece Claire, cual manzana de la discordia. Los dos se la llevan a la cama sin que ella lo sepa, pero sólo uno se enamora. A partir de ahí surgen los típicos celos, desavenencias y roces inherentes a cualquier trío. Trío que encuentra una extraña metáfora en la deformación del útero de Claire. Beverly, el más débil, se sitúa entre la amante y su hermano; sin embargo, no puede romper los fuertes lazos emocionales que lo unen  con éste, lo que lo lleva a hacerse adicto a lo somníferos y otros medicamentes que lo terminan trastornando. Elliot, en principio al margen de las adicciones de Beverly, a quien pretende ayudar, acabará sumergiéndose también en la degradación física y mental, cuya estampa definitoria es la grotesca Pietà con la que se cierra la película.


Jeremy Irons está impresionante en su doble rol, consiguiendo la que probablemente sea la mejor interpretación de toda su carrera. Resulta curioso el parecido existente entre el personaje de Beverly, a menudo ataviado con gafas, y el Cronenberg de la época. ¿Casualidad?

En conclusión, y por si no ha quedado claro a lo largo del texto, una convincente obra maestra.



Clásicos del western: Winchester '73 (ídem, 1950) de Anthony Mann.

“Esta es la historia del rifle modelo Winchester de 1873, ‘el rifle que conquistó el Oeste’. Para el vaquero, el forajido, el agente de la ley o el soldado, el Winchester 73 era un preciado tesoro. Un indio vendería su alma por poseer uno…”.

Lin McAdam (James Stewart) anda buscando al hombre que asesinó a su padre por la espalda. Le acompaña “High Spade” (Millard Mitchell), un viejo amigo. Ambos llegan a la ciudad de Dodge City, donde, con motivo de las celebraciones del cuatro de julio, se organiza un concurso de tiro en el que se premia al ganador con un rifle Winchester 73. Lin sabe que aquel al que persigue estará allí.


Me atrevería a afirmar, sin temor a equivocarme, que Winchester ’73 es el mejor de todos los westerns de Anthony Mann. Y eso es mucho decir si tenemos en cuenta que el director regaló al género un buen puñado de trabajos como La puerta del diablo (Devil's Doorway, 1950), Las furias (The Furies, 1950), Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952), Colorado Jim (The Naked Spur, 1953), Tierras lejanas (The Far Country, 1954), Desierto salvaje (The Last Frontier, 1955), El hombre de Laramie (The Man from Laramie, 1955), Cazador de forajidos (The Tin Star, 1957), El hombre del oeste (Man of the West, 1958) o Cimarrón (Cimarron, 1960).


El verdadero protagonista de la película no es otro que el rifle que le da título, el cual está siempre presente e irá pasando de mano en mano a lo largo del metraje en singular peregrinación. El primero de sus propietarios es Lin, después de haberlo ganado en el concurso. Más tarde se harán con él el asesino al que éste busca (Stephen McNally), un contrabandista de armas sin escrúpulos (John McIntire), un joven jefe indio (Rock Hudson), un cobarde (Charles Drake), un matón (Dan Duryea) y nuevamente el asesino. Hasta que al final termina su itinerario circular en las mismas manos en las que lo comenzó. Wim Wenders, admirador del filme, señaló en una ocasión que el guión escrito por Borden Chase, daba para, al menos, ocho buenos westerns. No se equivocaba. De manera paralela al recorrido descrito por el rifle, asistimos a una obsesiva búsqueda por parte de Lin, tras la que se esconde una tragedia familiar que culmina con un duelo a muerte en medio de un árido paisaje rocoso. Además del enfrentamiento final, destacan otras secuencias como la del concurso de tiro o el ataque indio al campamento. El brío narrativo de Mann no decae en ningún momento. 


El magnífico reparto raya a gran altura, especialmente James Stewart, en la que supuso su primera colaboración con Mann, y Shelley Winters. A resaltar también la fotografía en blanco y negro de William H. Daniels.

Western mayúsculo, en definitiva, este Winchester ’73. Quizá la mejor película de su enorme director.


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