“El
amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple
sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda
creación”.
(Rabindranath
Tagore)
Tras conocerse en Europa, Neil (Ben Affleck) y Marina (Olga Kurylenko) se
marchan a vivir a Estados Unidos. Allí, sin embargo, su relación comienza a
deteriorarse, entre otras cosas, por la aparición de Jane (Rachel McAdams), una
conocida de la infancia de Neil.
Cuando uno camina sobre el alambre corre el riesgo de caerse. Y eso es
precisamente lo que le ha sucedido a Terrence Malick con su última película, To the Wonder, drama amoroso con
implicaciones existenciales que fue proyectado durante el pasado Festival de Cine
de Venecia, donde recibió bastantes abucheos, y que ahora llega hasta nuestras
salas. El filme resulta desapasionado, frío, autocomplaciente y poco inspirado. Decepcionante a todos los niveles. A veces, se tiene incluso la sensación de
estar asistiendo a la obra de un mero imitador del director de La delgada línea roja. No hay poesía en
sus imágenes ni sustancia en sus reflexiones. Todo queda reducido a una bella fotografía
(impresionante trabajo del mexicano Emmanuel Lubezki) con puntuales fogonazos de
talento visual.
En comparación con la trascendencia vital y cósmica de El árbol de la vida, su obra cumbre, To the Wonder se aferra a la intimidad
de unos personajes planos que deambulan por la pantalla como si fuesen modelos
bressonianos en su desnudez expresiva. Es una película abstracta, compuesta por estampas
evanescentes suspendidas en el tiempo. Malick da un paso más en su concepción
elíptica de la narración, obviando la importancia de los diálogos, las
situaciones y el contexto; pero el conjunto parece improvisado y falto de
reposo. Luego está el personaje de Javier Bardem, quizá el de mayor interés,
aunque de presencia impostada y no sujeta a la lógica de la trama. Un sacerdote
confundido ante el silencio de Dios, que no comprende que el creador se
mantenga impasivo ante los males de este mundo. Su mensaje es claro: ninguna
relación perdura si en ella no se establecen lazos espirituales. El amor es
pasajero, la pasión también, sólo la conciencia de pertenecer a un espíritu
común puede mantener unida a la carne.
La envoltura musical es exquisita, como no podía ser de otro modo
tratándose de un filme de Malick, con piezas de Hector Berlioz, Richard Wagner,
Ottorino Respighi o Joseph Haydn. En cualquier caso, y sin ningún género de
duda, la peor película de su imprescindible autor.


















.jpg)















