Clásicos del western: Pat Garrett y Billy The Kid (Pat Garrett and Billy The Kid, 1973) de Sam Peckinpah.


Tras años de correrías junto a Billy “El Niño” (Kris Kristofferson), Pat Garrett (James Coburn) ha decidido pasarse al lado de la ley, convirtiéndose en sheriff para garantizar la estabilidad de su vida. Ahora tendrá que enfrentarse a su antiguo amigo.


Western crepuscular y de tono baladístico, sus imágenes desprenden la tristeza y el desencanto de aquello que se ha perdido y que ya nunca volverá: una época, una forma de entender la vida, una amistad… Supone uno de los mejores trabajos de su autor, ese genio de carácter impredecible consumido por el alcohol y la melancolía, un romántico a su manera. Hablamos de Sam Peckinpah, el poeta del sudor y la violencia a cámara lenta, adalid de un cine sucio en el que abundan las putas y los desalmados, un director esencial para entender el cine norteamericano de las últimas décadas.

Aquí retoma el tema capital sobre el que se articula buena parte de su filmografía: la amistad traicionada. Dos amigos que por cuestiones de la vida deben enfrentarse, normalmente porque uno de ellos ha renunciado a sus principios al priorizar sus intereses. No es nada nuevo, ya lo encontrábamos en Duelo en la alta sierra (Ride the High Country, 1962), Mayor Dundee (Major Dundee, 1964) o Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969), pero no de un modo tan desalentador, nunca con la apesadumbrada poesía que emana de cada uno de los fotogramas que conforman este filme.


El retrato psicológico de los dos personajes principales resulta excelente: Billy es un espíritu libre, incapaz de pensar en lo que ocurrirá mañana, descuidado e irreflexivo, jamás cambiará. Él mismo se define perfectamente cuando dice: “Los tiempos cambian, yo no”. Es un niño grande que, no obstante, posee unos códigos de conducta inquebrantables que siempre antepone. Garret, por su parte, tiene un carácter más meditabundo, se hace mayor y quiere asegurar su sostenimiento económico. Es una de esas personas cuya concepción de la vida varía con el paso de los años. Mantiene una relación tensa con su esposa, que no entiende que sea capaz de perseguir a su amigo de antaño. Casi siempre está solo, todo lo contrario que Billy, que suele aparecer rodeado. Su actitud es comprensible, hace lo posible por evitar cazar a Billy, pero al final no le queda otra que hacer cumplir una ley en la que no cree. Su disparo hacia el espejo en el que se refleja tras asesinar cobardemente a su amigo, es una magistral metáfora con la que Peckinpah define su estado interior; la muerte de Billy es también la suya, se ha destruido a sí mismo. Su amigo permanecerá como un ser íntegro y auténtico; él, en cambio, sale abatido del pueblo mientras los niños lo apedrean.


Ambos actores realizan una gran labor, sobre todo Coburn, que está realmente soberbio en el que es el mejor trabajo de toda su carrera.

 También merece mención el resto del reparto, donde encontramos a secundarios como Jason Robards, Katy Jurado, Jack Elam o Bob Dylan, que ,a decir verdad, lo hace bastante mal. Y es que lo suyo es la música, como lo demuestra con la memorable banda sonora que compuso para la película, y que incluía su ya mítico tema Knockin´on Heaven´s Door.

Estamos, en definitiva, ante un western intimista y afligido. El filme más personal de Peckinpah. Casi una obra maestra.

         

Carretera perdida (Lost Highway, 1997) de David Lynch.

Fred Madison (Bill Pullman) es un músico de free jazz que sospecha que su esposa Renée (Patricia Arquette) le está siendo infiel. A partir de una mañana, el matrimonio comienza a recibir sobres sin remitente que contienen cintas de vídeo en las que su casa aparece filmada tanto desde fuera como desde el interior, por lo que deciden poner el asunto en manos de la policía.


David Lynch es el cineasta que mejor ha sabido proyectar al celuloide los laberintos y recovecos del espacio mental. Sus filmes menos accesibles, aquellos en los que se ha acercado como nadie a la abstracción, requieren un esfuerzo por parte del espectador que éste no siempre está dispuesto a realizar. Es el acomodamiento de quien vive en la complacencia del cine más convencional, el principal responsable de que muchas de sus obras sean tildadas de incomprensibles o simples tomaduras de pelo, cuando en realidad se trata de ejercicios de un sentido medido, que no por gravitar en torno a la locura y el trastorno gozan de un ápice menos de racionalidad.

 Lost Highway y Mulholland Drive son las películas de su filmografía que reflejan de forma más lúcida y compleja el universo personal del director norteamericano. Ambas, además de compartir muchos puntos de conexión, han abierto una senda a la que el cine del futuro debería mirar, en lugar de narcotizarse con los cantos de sirena provenientes del 3D y de los gurús que lo promueven.


Personalmente, considero que Lynch no ha inventado nada, algo que no le resta ni valía ni genialidad, puesto que ha sido el único capaz de llevar un paso más allá lo legado por expresionistas y surrealistas pertenecientes tanto al ámbito cinematográfico como al del resto de las artes.

Carretera perdida, su obra cumbre en opinión de quien suscribe estas líneas, es un filme sombrío y aterrador. Un perturbador viaje a ese lugar de la mente en el que la verdad se vuelve incierta y la fantasía se torna real, y en el que las fronteras entre una y otra prácticamente se difuminan.


La oscura carretera que advertimos durante los créditos iniciales simboliza la fuga mental (psicogénica), que no física, que experimentará el protagonista para escapar de una realidad terrible marcada por los celos, la infidelidad y el asesinato. Sin embargo, no es posible huir de lo que se ha hecho, aunque lo revistamos de trama de thriller cercano al terror (primera parte del filme) o de relato psicosexual con ramalazos de noir, en el que una chica en apuros acaba por convertirse en mujer fatal (segunda parte del filme).

Y es que la verdad siempre acaba por asomarse, ya sea a través de cintas de vídeo que actúan a modo de conciencia y que nos recuerdan lo que realmente pasó o como consecuencia de complejos nunca asumidos que reaparecen en su forma más cruda, destrozando así ese mundo idealizado que se había creado precisamente para olvidarlos.


El peso de la culpa es tan grande, que sólo las descargas de una silla eléctrica pueden poner fin a la mutación de realidades y personalidades con las que se trata de aliviar.

Así es Lost Highway, una obra maestra en el interior de una mente desquiciada, una mente que recuerda las cosas a su modo, no necesariamente como sucedieron.


Las diez mejores películas de los Años 50.


            1.  Ordet (La palabra) (Ordet, 1955) de Carl Theodor Dreyer.

Una de las películas más bellas y profundas de la historia del cine. Distintas actitudes ante la primordial cuestión de la fe, sirven al maestro danés para componer un verdadero canto a la vida.


2.  Vértigo (De entre los muertos) (Vertigo, 1958) de Alfred Hitchcock.

El filme más hondo y personal de su director, una mórbida historia de obsesión amorosa que remite a las exacerbaciones más febriles de la literatura gótica. Mi película norteamericana favorita de todos los tiempos.


 3.  Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Yasujiro Ozu. 

Probablemente la verdad se encuentre en los aspectos más sencillos y cotidianos de nuestra existencia. La vida nos parece tan compleja porque somos incapaces de vislumbrar su simpleza. Así lo creía Ozu, y así lo plasmó en esta obra memorable.


 4.  Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) de Ingmar Bergman.

La película más hermosa y conmovedora de toda la filmografía de Ingmar Bergman. Una road movie en la que el viaje físico se ve acompañado de otro interior mucho más importante en busca del sentido existencial necesario para afrontar la muerte.


 5.  El placer (Le plaisir, 1952) de Max Ophüls.

El paso del tiempo y las pérdidas que conlleva constituyen el tema esencial de esta melancólica y exquisita adaptación de tres cuentos de Guy de Maupassant. Tan maravillosa que uno desearía que no se terminara nunca.


 6.  Madame de... (ídem, 1953) de Max Ophüls.

Ophüls era en muchas ocasiones sinónimo de perfección. Si alguien lo duda sólo tiene que visionar esta película, tan fatalista y desesperadamente romántica que llega a doler. 


 7.  El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957) de Ingmar Bergman.

La angustia existencialista hecha filme. El caballero cruzado que juega al ajedrez con la muerte es una de las estampas más reconocibles del cine europeo de todos los tiempos.


 8.  Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953) de Kenji Mizoguchi.

Tan mezquino es a veces el hombre, que su deseo de poseer cosas que realmente no necesita le llevan a perder lo que ya tenía y verdaderamente importaba. Fascinante y mágica obra maestra del gran Kenji Mizoguchi.


 9.  La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955) de Charles Laughton.

Es una lástima que Charles Laughton sólo pudiera dirigir una película. Su oscuro cuento (claramente influenciado por las obras expresionistas mudas) sigue siendo un filme único en la historia del cine norteamericano. Jamás olvidaremos al reverendo Powell encarnado por Robert Mitchum, el mejor villano de todos los tiempos.


 10.  Rashomon (ídem, 1950) de Akira Kurosawa.

La estructura esquizofrénica de esta reflexión acerca del egoísmo y la mentira sigue fascinando hoy en día. En esta lista podrían haber aparecido otras obras imprescindibles que el director nipón filmó durante la década, pero Rashomon me sigue pareciendo la más influyente y compleja de todas ellas.

Capricho imperial (The Scarlet Empress, 1934) de Josef von Sternberg.


La princesa prusiana Sofía Federica (Marlene Dietrich) es elegida por su rey para contraer matrimonio con el Gran Duque de Rusia Pedro (Sam Jaffe), un botarate destinado a ser Zar. Sin embargo, la joven, que acabará convirtiéndose en Catalina La Grande, se sentirá atraída por el atractivo enviado (John Lodge) de la zarina Isabel (Louise Dresser).


La colaboración entre Sternberg y Dietrich ha legado auténticas joyas a la historia del séptimo arte tales como la cinta que nos ocupa, El ángel azul (Der blaue Engel, 1930), Marruecos (Morocco, 1931), El expreso de Shanghai (Shanghai Express, 1932) o El diablo es una mujer (The Devi is a Woman, 1935).

The Scarlet Empress es un filme sumamente estilizado y barroco, con una puesta en escena caracterizada por el horror vacui en la que el director austríaco pone de manifiesto su extraordinaria formación expresionista.

El guión corre a cargo de Manuel Komroff, que adapta libremente el diario de Catalina II de Rusia. Se trata de un texto cargado de humor, sobre todo en su primera parte, y en el que se economiza la narración con la utilización de intertítulos que aclaran hechos y remarcan el paso del tiempo.


 Resulta muy interesante la evolución del personaje de Dietrich; niña ingenua y soñadora al principio, mujer ambiciosa y sensual al final. Conseguirá atraerse a la Iglesia y al Ejército para derrocar al tarado de su marido, utilizando casi siempre sus indudables encantos sexuales.

A Sternberg no le preocupaba demasiado la veracidad histórica de su película, ya que siempre fue un director de pretensiones estilísticas y visuales. En este sentido nos encontramos ante su obra cumbre, con unos decorados audaces y alocados por su singularidad y dimensiones, sobre los que destaca el magnetismo del rostro de la Dietrich, magistralmente plasmado por la fotografía de Bert Glennon.


Podría resaltar muchas secuencias del filme, pero me quedo con una especialmente encantadora. Me refiero a aquella que se desarrolla un establo, y en la que la hermosa Dietrich, llevándose continuamente pajitas a la boca, intenta inútilmente no caer en los brazos John Lodge, que se las retira una y otra vez hasta que consigue besarla.

Estamos, en definitiva, ante una de las obras estilísticamente más atrevidas y rompedoras del Hollywood clásico, que antecede en muchos aspectos al Eisenstein de Iván el terrible.

Macbeth (ídem, 1948) de Orson Welles.

Siglo XI, tierras de Escocia. Macbeth (Orson Welles) es un noble al que, tras su participación en una batalla en la que se gana el favor de su monarca, tres brujas le profetizan que acabará convirtiéndose en rey. Su ambición desmedida y la presión que sobre él ejerce su mujer (Jeanette Nolan), le harán incurrir en la traición y el asesinato para ver cumplida tal predicción.


Alucinada, minimalista y poderosamente expresionista adaptación de la obra clásica de Shakespeare. De claras influencias eisensteinianas, la cinta supone uno de los trabajos más geniales de su director.

Rodada en apenas unas semanas con un presupuesto irrisorio.  El Macbeth  de Welles, a la vez primitivo y vanguardista, constituye un brillante ejemplo de cómo el genio y la creatividad de un verdadero cineasta, pueden elevar un producto de serie B a la categoría de obra de arte.


El autor de Ciudadano Kane, traslada con maestría el texto teatral a un espacio puramente cinematográfico, a través de una puesta en escena milimétricamente medida y planificada, que se aleja por completo del estatismo de las tablas gracias a los precisos y elaborados planos secuencia y a las barrocas angulaciones que dotan de movilidad al filme.

Los personajes de esta tragedia, cubiertos de pieles curtidas, se mueven en un marco de sombras plagado de abismos y cielos encapotados, en el que las rocas rezuman agua y vapor; y en donde el paganismo y la brujería se imponen sobre un, todavía, primigenio cristianismo.


Los claroscuros predominantes, son la perfecta extensión del estado mental de un protagonista atormentado y acuciado por fantasmas interiores que se derivan de una personalidad débil, incapaz de hacer frente a su mujer y a los designios del hado.

Welles, que como actor era capaz de anular a cualquiera que estuviese a su lado, borda su papel; al igual que Jeanette Nolan, cuya Lady Macbeth se convierte en la verdadera causante del drama.

Filme de imprescindible visionado. La mejor adaptación al cine de Macbeth junto a la impresionante Trono de sangre (Kumonosu jo, 1957), de Akira Kurosawa.


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