“Nuestro
gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y
esfuerzos tienden a huir de esa soledad”.
(Guy
de Maupassant)
Helsinki.
Koistinen (Janne Hyytiäinen) es un solitario guardia de seguridad nocturno que
cree encontrar el amor en Mirja (Maria Järvenhelmi), una mujer a la que conoce en
una cafetería.
El
gran realizador finlandés Aki Kaurismäki (Orimattila, 1957), uno de los pocos
cineastas actuales que han conseguido crear un universo fílmico propio, cierra
su llamada “trilogía de los perdedores”, de la que también forman parte Nubes pasajeras (Kauas pilvet karkaavat, 1996) y Un
hombre sin pasado (Mies vailla
menneisyyttä, 2002), con Luces al
atardecer, pequeña gema cinematográfica cuyo título parece homenajear a la
obra maestra de Charles Chaplin Luces de
la ciudad (City Lights, 1931). El
filme, de hierática y depurada puesta en escena, trata temas como la soledad,
la resignación vital o, en última instancia, la esperanza.
Lo
primero que sorprende de Luces al
atardecer, es la estructura de su trama, muy habitual dentro del cine negro
estadounidense. En ella, un pardillo corriente se deja
engatusar por los cantos de sirena procedentes de una mujer fría (fatal) que
lo conduce a la absoluta ruina emocional y material. Pero esto no es una
película de Robert Siodmak o Robert Aldrich, sino una de Kaurismäki, quien
logra llevar el argumento a su personalísimo terreno. Hay matones y embustes, sí,
pero no caben ni los disparos ni la venganza. Ni siquiera hay lugar para el
trágico final que suele coronar a ese tipo de obras. Aquí todo es estoica resignación
y, en menor medida, también esperanza (la que representa para el protagonista el personaje de la abnegada Aila). Por muchos palos que le den al personaje
de Koistinen (Kaurismäki lo equipara simbólicamente y de manera sutil a la
figura de un perro fiel, como el que aparece un par de veces a lo largo de la
película), por muy calamitosas que sean sus circunstancias, éste siempre consigue
mirar hacia delante, hacia el (negro) futuro. Esta es la principal moraleja del
filme, que no deja de ser una suerte de cuento urbano moderno.
El
autor de Le Havre, tan sencillo y a
la vez tan complejo en su propuesta formal como en su día lo fueron Robert Bresson,
Yasujiro Ozu o Jean-Pierre Melville (sus principales referentes
cinematográficos junto al citado Chaplin), vuelve a regalarnos una maravillosa obra repleta
de cuidados planos (sean generales, primeros planos, planos detalle, de
conjunto o de situación, casi siempre fijos), miradas perdidas y largos silencios,
y envuelta por las notas de la música de Giacomo Puccini y los melancólicos tangos de Carlos Gardel.




























