Clásicos del western: El pistolero (The Gunfighter, 1950) de Henry King.

“He cumplido treinta y cinco años y ni siquiera tengo un buen reloj”.

Jimmy Ringo (Gregory Peck), de quien se dice que es el revólver más rápido del Oeste, llega a la pequeña ciudad de Cayenne, donde, después de varios años, pretende hablar con su esposa, Peggy (Helen Westcott), convertida ahora en maestra de escuela, para convencerla de que ha abandonado sus correrías de forajido y quiere iniciar una nueva vida junto a ella y su hijo. Sin embargo, dispone de poco tiempo, ya que los hermanos de un joven al que mató en defensa propia, lo persiguen para acabar con él.


Soberbio western de Henry King que retrata de un modo realista y desesperanzado, aquí no tiene cabida la redención, el drama de un pistolero incapaz de romper con su delictivo pasado. El guión de William Bowers y William Sellers parte de una idea original del también realizador André de Toth: “La idea me vino en un bar. Descubrí que en este tipo de locales la gente intentaba siempre provocar a tipos como Errol Flynn o Clark Gable. Cada vez que uno de ellos entraba en un bar o un restaurante, siempre había algún joven que quería presumir y no se le ocurría otra cosa que tratar de pincharlos y provocarlos. Pensé que en el Oeste debía de pasar lo mismo”.


Buena parte de la acción se desarrolla en unas pocas horas, casi a tiempo real, y en unos pocos decorados. Ringo espera impaciente en el interior de un bar la respuesta de su esposa, que se hace de rogar. Mientras tanto, debe hacer todo lo posible por evitar meterse en líos. No se lo pondrán fácil, puesto que, además de los vengativos hermanos que vienen de camino, tiene que lidiar, entre otras cosas, con un joven fanfarrón que desea labrarse un nombre a su costa. Es su sino, en el saloon de cada pueblo hay algún mequetrefe con ínfulas de pistolero que quiere hacerse famoso. Quizá su cruz sea merecida, aunque ésta soporte más pecados de los realmente cometidos. Así era el Oeste, matabas a uno y te contaban diez. Ya dijo Napoleón que una retirada a tiempo es una victoria; pero para Ringo es tarde, ha tardado demasiado en reinsertarse. No como el sheriff de Cayenne, al que interpreta Millard Mitchell, antiguo compinche de Jimmy que sí supo hacerlo y ahora es un ciudadano respetable.


Desde un punto de vista formal, la película destaca por su sobriedad. Es un western de espacios cerrados. King apenas utiliza la música. Se centra en dotar de tensión al relato. Gregory Peck, por su parte, realiza una de las mejores composiciones de su carrera. Transmite a la perfección el hastío y el desgaste de un hombre que se sabe derrotado de antemano.

The Gunfighter es un filme formidable. Muy superior a otros westerns psicológicos posteriores de mayor renombre.


Las quince mejores películas del cine británico de todos los tiempos.



Barry Lyndon (ídem, 1975) de Stanley Kubrick.



Breve encuentro (Brief Encounter, 1945) de David Lean.



Eyes Wide Shut (ídem, 1999) de Stanley Kubrick.



El sirviente (The Servant, 1963) de Joseph Losey.



Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948), de Michael Powell y Emeric Pressburger.



El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969) de Terence Fisher.



El tercer hombre (The Third Man, 1949) de Carol Reed.



Another Year (ídem, 2011) de Mike Leigh.



Repulsión (Repulsion, 1965) de Roman Polanski.



Secretos y mentiras (Secrets and Lies, 1996) de Mike Leigh.



El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell.



El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934) de Alfred Hitchcock.



Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets, 1949) de Robert Hamer.



La leyenda de Vandorf (The Gorgon, 1964) de Terence Fisher.



El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957) de David Lean.

La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles.

“Como los tiburones, enloquecidos con su propia sangre, devorándose a sí mismos”.

Michael O´Hara (Orson Welles), marinero irlandés, es contratado por Arthur Bannister (Everett Sloane), un rico abogado criminalista, para que trabaje en su yate privado como compensación por haber ayudado a su hermosa mujer, Elsa (Rita Hayworth). Fuertemente atraído por la fémina en cuestión, Michael se inmiscuirá en un falso asesinato.


Pese a resultar mutilada en la sala de montaje, The Lady from Shanghai, inspirada en la novela negra de quiosco If I Die Before I Wake, de Sherwood King, constituye uno de los títulos más fascinantes de la carrera de Orson Welles. Un filme perfecto en su imperfecta perfección.

Según se cuenta, el proyecto surge como consecuencia de un préstamo de 25.000 dólares que Welles había recibido del presidente de Columbia, Harry Cohn, para financiar la puesta en escena teatral de La vuelta al mundo en ochenta días. A cambio, el enfant terrible se comprometió a dirigir una película protagonizada por la que por entonces seguía siendo su mujer, la estrella Rita Hayworth. En realidad, ambos estaban ya prácticamente separados, lo que viene a explicar la desglamourización a la que la actriz fue sometida por parte de su ex, quien la obligó a cortarse su famosa cabellera y teñírsela de rubio platino.


Debido a los recortes sufridos, la trama se vuelve ininteligible por momentos. Además, cuesta tragarse la ingenuidad del protagonista. Da igual, ustedes saben que en una obra del autor de Ciudadano Kane, más que lo que se cuenta, lo que de verdad importa es el modo en que se cuenta. Y ahí no hay peros que valgan. Impresionante su imaginería visual. El filme, de turbadora atmósfera expresionista, está repleto de los primerísimos planos, las angulaciones de cámara, los ampulosos planos secuencia y el juego de picados/contrapicados característicos de su director. Son varias las secuencias antológicas que contiene: el encuentro entre Michael y Elsa en el acuario, la persecución en el interior del teatro chino, el alucinado paseo del protagonista por la “Casa de los locos” o el tiroteo final en el laberinto de los espejos. Esta última, fragmentada como la propia película, supone una de las escenas más inolvidables de la historia del séptimo arte.


Lo dicho, amputada, desigual, imperfecta pero decididamente genial. Casi una obra maestra.


The Lords of Salem (ídem, 2012) de Rob Zombie.

“Realmente, el mundo está poblado de brujas; unas más benignas, otras más implacables; pero el reino no sólo de la fantasía, sino el de la realidad evidente pertenece a las brujas”.
(Reinaldo Arenas)

Ciudad de Salem. Heidi (Sheri Moon Zombie) es una locutora de radio que presenta un exitoso programa nocturno dedicado al rock duro. Un día, recibe un vinilo promocional de una banda llamada “The Lords”. Tras escucharlo, comienza a sufrir terribles pesadillas y alucinaciones.


Si entendemos que una buena película de terror es aquella que logra generar inquietud en sus espectadores, debe afirmarse entonces que The Lords of Salem, el último trabajo del singular cineasta y músico Rob Zombie, se erige como una espléndida muestra de dicho género. Y es que más allá de lo irregular de su guión, de los efectismos visuales que lo aderezan, de la pobre interpretación de su actriz protagonista (el bombón de Sheri Moon Zombie, mujer y musa del director), y de algún que otro momento ciertamente risorio, el filme, deudor en muchos aspectos de La semilla del diablo de Roman Polanski, posee imágenes de enorme poder y capacidad turbadora.


La cinta se abre con una aterradora mirada al pasado de la ciudad, a ese tiempo en el que los aquelarres nocturnos cubrían de horror las interminables horas de la madrugada. En torno a una hoguera, la bruja Margaret Morgan (Meg Foster) y sus acólitas, viejas de carnes pútridas y flácidas, invocan al señor de las tinieblas entre blasfemias que no es lícito reproducir. Luego la acción se traslada al presente. Heidi, tendida sobre su lecho, descansa antes de partir hacia la radio. Zombie introduce de inmediato un elemento inquietante en la trama. Al asomarse al pasillo comunal del pequeño apartamento donde reside, la chica observa que la puerta del fondo, la número cinco, está abierta. Pregunta si se trata del nuevo inquilino, pero nadie le responde y la puerta se cierra. Poco después, cuando comenta lo sucedido a su casera, ésta le asegura que ese apartamento está vacío. Aún más desconcertante es lo que acontece algo más tarde, al regresar del trabajo junto a un compañero. Heidi coloca en su equipo de música el vinilo que le ha sido enviado; una melodía siniestra y primitiva comienza a sonar. La locutora parece sentirse mal, una espantosa visión la invade. Como veremos al día siguiente, esa música también causará un efecto curioso en otras mujeres de Salem tras escucharla en la radio. ¿Qué misterio oculta el disco de vinilo? ¿Por qué la casera y sus excéntricas hermanas son tan amables con Heidi? ¿Qué es lo que provoca que las pesadillas y alucinaciones que la protagonista padece sean cada vez más horripilantes? El personaje de Bruce Davison, a quien Heidi conoce en su emisora cuando éste presenta un libro sobre brujería, nos ayudará a revelar todas las claves.


La parte más sorprendente y original de la película es su tramo final, mezcla de surrealismo irreverente con alucinadas imágenes de demonología avanzada. Un Zombie absolutamente desbocado. El espectador quedará estupecfacto sin saber si aplaudir o pitar. Lo que está claro es que The Lords of Salem no dejará indiferente a nadie. Yo, a título personal, la he disfrutado mucho.


Las diez mejores películas de Howard Hawks.





Río Bravo (Rio Bravo, 1959).



El sueño eterno (The Big Sleep, 1946).



Scarface, el terror del hampa (Scarface, 1932).



Río Rojo (Red River, 1948).



Tener y no tener (To Have and Have Not, 1944).



Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, 1939).



La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, 1958).



El Dorado (ídem, 1966).



Me siento rejuvenecer (Monkey Business, 1952).



Luna nueva (His Girl Friday, 1940).

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