Soundtracks: Río Rojo (1948) de Dimitri Tiomkin.

Por Antonio Miranda.


‘’Os voy a colgar’’.

Obra de gran trascendencia en la historia del western y en la propia del compositor.

La primera escena es narrada hábilmente por el maestro ruso. Dos claras vertientes identificadas con las dos que muestra en la composición de dicha secuencia: la aventura épica que a punto está de iniciarse y, por otro lado, el conflicto amoroso al despedirse de la mujer (que refleja el lado más sentimental y social del filme), unas notas bajadas de tono y ligeramente oscuras; la agilidad del músico, como si de un acróbata se tratara, sucede en seguida, girando este tono trágico con el que describe a la mujer (al amor) en la despedida con el que adopta cuando el protagonista, tras matar a uno de los indios que les atacan (gran asociación música-imagen, con uno de los recursos que entonces comenzaban a florecer en la música del séptimo arte, marcando golpes de cuchillo con golpes de orquesta), descubre en su víctima la pulsera que le regaló a la dama y que tanto dará que hablar, sutilmente, durante el metraje. Ahora, el tono ya no es dramático, oscuro…sino todo lo contrario. Observemos la curiosa oposición que ejerce Tiomkin: mujer en vida (música ligeramente oscura), mujer muerta (música dulce y evocadora). Esta escena, en la que los dos amigos aguardan el ataque de los indios, es magistral. Tensión, dramatismo, evocación y el protagonista que, frío y rudo, opta por mantenerse vital y aislado de cualquier tipo de sentimentalismo. Lo rechaza, lo ignora; no así la música, que ejerce de marcada, oculta y misteriosa alma de Tom Dunson. Magistral.


La narración de la película, a nivel musical, es de un nivel altísimo; nos encontramos ante  una pequeña odisea, una aventura llena de singularidades y peripecias. Un ejemplo de la maravilla explicativa que usa Tiomkin lo tenemos, igualmente, al inicio de la obra: la aparición del chico, que llega desde la tragedia de los indios con la caravana, y su diálogo con los dos protagonistas es, simplemente, fastuosa. Merece la pena centrarse en este pequeño momento y aislarse en él y sus notas, el diálogo, el pensamiento del niño. Estudiar brevemente este momento es alcanzar a comprender cómo se va a desarrollar el trabajo del compositor ruso para Río Rojo; recuerdos del pequeño, los repentinos golpes que recibe, la aparición de la pistola… Todos los detalles de este par de minutos deberían ser vistos y oídos por cualquier amante del arte en sí; cómo el compositor apoya, componiendo absolutamente más imágenes que música, el recorrido completo de la escena. Si tras su estudio nos atreviéramos a escuchar, sólo escuchar, la secuencia, todos seríamos capaces de narrarla exactamente como sucede en la película sin necesidad de tener las imágenes delante.

Dimitri Tiomkin.

En el filme quedan intercalados pequeños momentos de intensidad más intelectual que aventurera, si bien este último matiz es el principal en la obra de Howard Hawks y se hace mayor cuando la caravana de ganado parte hacia Missouri. Aquí es donde Tiomkin desgrana al máximo el uso del tema principal de la película, directo, sencillo y optimista y versionado, a partir de aquí, en todo momento. La música, definitivamente, cuenta, explica y deja los momentos más trascendentales, siempre dialogados, al silencio. En mi opinión, los únicos en los que el compositor se adentra en los personajes, concretamente en el principal, es al inicio, antes comentado, sobrepasando la linde de la imagen, y cuando es desnudado de sus poderes por los hombres que le acompañan. Aquí, Tiomkin usa una metodología próxima a la escena inicial en la que muere el indio y ve la pulsera de su mujer. Ahora no golpea, ahora hiere con la orquesta. ‘’Os voy a colgar’’. Esta escena, musicalmente hablando muy poderosa, resume el recorrido de Tom Dunson durante toda la película y ‘’grita’’ el drama interno que el ganadero sufre y que jamás saldrá de su propio interior. Tiomkin mata a Dunson, así, drásticamente, sin contemplaciones, arañando su alma, mostrándola al intrépido y atento espectador y se mete al tiempo en las mentes y deseos de su ahijado y compañeros, que no lo hacen, que no disparan sobre él, apiadándose de su vida casi de forma inexplicable. Es extraordinario cómo el compositor acaba con Dunson que, al tiempo, sigue vivo y presente en la película de forma casi fantasmagórica. Una metafórica y maestra forma de componer cine y que, en este caso, adelanta el final gracias a la gran composición del maestro Tiomkin.

En resumen, composición estudiada y muy cuidada basada casi por entero en múltiples variaciones de un tema principal y con pequeños toques de magnificencia con los que Dimitri Tiomkin guía y resume los aspectos más intensos del filme.



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