Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, 2012) de Derek Cianfrance.

“El cielo gobierna los acontecimientos del mundo sin ser visto; esta acción oculta del cielo es lo que se llama el destino”.
(Confucio)

Luke (Ryan Gosling) es un motorista especializado en acrobacias que trabaja en un espectáculo de feria. Cuando descubre que su antigua novia, Romina (Eva Mendes), ha tenido un hijo suyo, decide abandonar ese modo de vida para intentar establecerse como mecánico en un taller. Sin embargo, la necesidad económica lo empuja a convertirse en un hábil atracador de bancos.


Hay encuentros que determinan nuestro futuro y otros que nos abren la puerta del pasado. Derek Cianfrance sorprendió a muchos (a mí me decepcionó) con Blue Valentine (2010), melodrama romántico que retrataba la progresiva decadencia de una relación de pareja formada por Ryan Gosling y Michelle Williams, y que supuso su debut tras las cámaras. Ahora, el director estadounidense vuelve a la actualidad con el estreno de The Place Beyond the Pines, un ambicioso drama criminal y familiar que constituye un paso adelante en su carrera como cineasta de talento a seguir. Es un trabajo desigual, complejo e imperfecto. Quizá excesivo, pero tremendamente interesante.


La película se estructura en tres partes de unos cuarenta y cinco minutos de duración cada una, siendo la última de ellas la que tiene menos fuerza. En la primera, que se abre con un impresionante plano secuencia, se sigue la complicada relación que el motorista Luke mantiene con la que había sido su novia. Ryang Gosling interpreta de nuevo a un tipo de pasado oscuro y carácter impulsivo, como ya hiciera en Drive, aunque aquí cambia el coche por la moto. Pese a que vuelve a salir airoso, el actor canadiense corre el riesgo de encasillarse en su rol de antihéroe lacónico si no lo abandona con prontitud. Su encuentro con el agente de policía novato al que compone un estupendo Bradley Cooper, sirve como punto de partida para el inicio del segundo acto del filme, el mejor en opinión de quien suscribe estas líneas. En este tramo, el personaje de Cooper deberá hacer frente a sus remordimientos y a la corrupción de un cuerpo de policía totalmente viciado, encabezado por Ray Liotta (otro que casi siempre interpreta el mismo papel). La última parte de la película tiene lugar quince años más tarde, y está protagonizada por los hijos de los personajes de Gosling y Cooper (Dane DeHaan y Emory Cohen respectivamente), que se conocen y hacen amigos en el instituto. Así, el círculo queda cerrado. La relación de ambos está condenada de antemano por lo sucedido tiempo atrás entre sus progenitores, que, como ellos, constituían las dos caras de una misma moneda.


El filme posee una factura visual impecable, sólidas interpretaciones y un buen pulso narrativo. En su debe, señalar que le sobra algo de metraje (ciento cuarenta minutos son demasiados) y que su ambiciosa estructura tripartita le resta cohesión dramática. De todos modos, su calidad se sitúa bastante por encima de la media, erigiéndose como una de las producciones más atractivas llegadas este año desde el otro lado del Atlántico.


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