Clásicos del western: Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1943) de William A. Wellman.

“Es peor cometer una injusticia que padecerla, porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”.
(Sócrates)

Nevada, 1885. Gil Carter (Henry Fonda) llega a una pequeña población del oeste en busca de su antigua novia, una mujer de dudosa reputación. Le acompaña su amigo Art (Harry Morgan). La inesperada noticia del asesinato de un conocido ranchero provoca que, ante la ausencia del sheriff, se forme un grupo de linchamiento del que tanto Gil como Art formarán parte.


Pese a tratarse de una modesta producción, su coste apenas superó el medio millón de dólares, The Ox-Bow Incident es uno de los mejores westerns americanos de la década de los cuarenta. El filme, con guión del productor Lamar Trotti, quien adapta una novela de Walter Van Tilburg Clark publicada tan sólo unos años antes, constituye un crudo alegato contra el linchamiento; práctica, desgraciadamente, muy extendida en los Estados Unidos incluso durante la época de filmación de la película, cuando aún era frecuente que, en determinados territorios, grupos de ciudadanos se reunieran para dar escarmiento público a supuestos delincuentes, casi siempre negros.



Al margen del magnífico y conciso guión, exento de sensiblerías, tiempos muertos y discursos morales, la cinta funciona gracias al brío narrativo imprimido por Wellman, cineasta que sigue sin recibir el reconocimiento que su obra merece (es el responsable de excelentes títulos como El enemigo público, Ha nacido una estrella, Beau Geste, Cielo amarillo, Más allá del Missouri, El rastro de la pantera…), y a la intensidad de las composiciones de un buen puñado de grandes intérpretes de la talla de Henry Fonda, Dana Andrews, Harry Davenport, Francis Ford (hermano del gran John), Jane Darwell o un jovencísimo Anthony Quinn, entre otros. Asimismo merece ser resaltada la fotografía en blanco y negro de Arthur Miller, la cual otorga a la puesta en escena un carácter marcadamente sombrío que se adecua a la perfección al relato expuesto. Mucha atención también a lo interesantes que resultan algunos secundarios, como el autoritario ex oficial sudista que quiere que su hijo sea partícipe del linchamiento para endurecer así su personalidad, o el reverendo negro que en su día presenció la ejecución de su propio hermano.


El filme se cierra de manera emotiva, con Henry Fonda leyendo la carta que el personaje de Dana Andrews, una de las tres víctimas de la enfurecida turba, ha escrito a su mujer e hijos. Creo que no hay modo más acertado de concluir la reseña que transcribiendo aquí el contenido de la misma. Léanla, invita a la reflexión.

“Mi querida esposa:

El señor Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mí. Supongo que hay otros hombres buenos aquí, pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima, porque dentro de poco esto habrá terminado para mí; sin embargo, ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás, porque entonces no viola sólo una ley, sino todas. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro, o los jueces, abogados y alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia, y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien sino más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido? Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga.

Tu esposo, Donald”.


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